En un mes en el que no hubo muchas razones para reír, murió Ricardo Espalter evitando cualquier tentación por los aplausos. Para hacernos reír evitaba su propia risa. Para ahorrar lágrimas se fue en el más absoluto de los silencios.
Como la vida imita al arte, los uruguayos nos parecemos cada vez más a Ricardo Espalter o, mejor dicho, a esos otros espalteres que lo habitaron a lo largo de su larga y exitosa carrera de capocómico.
Fue el más emblemático de los humoristas nacidos del lado oriental del río Uruguay, y sin embargo fue el menos uruguayo en su forma de hacer reír.
En un país de humor verbal, aquella cara de goma, inocente y triste al mismo tiempo. era la desazón en medio de la tempestad que rescataba nuestra propia desdicha.
Se fue Espalter pero nos dejó un país pródigo de políticos orates y lleno de farmacéuticos que en realidad nacieron para la música. Nos hizo entender que todos somos un poco chatarreros "zangolotudos" tratando de zafar de nuestro destino de buen salvaje.
Sus amigos dicen que Espalter, el hombre, era quisquilloso y un poco pesimista, un atributo del ser nacional que tampoco le era ajeno. Al fin y al cabo era uno de los nuestros, un cacho de nosotros.
La leyenda dirá que era un hombre hosco que resguardaba el ser humano para su más íntimo círculo. También dirá que tenía el don de descubrir nuestra Marieta Rivarola interior, en su escandalosa sordera, en su despistada soledad, en su incómoda avidez de otras vidas debajo de aquellas faldas invictas.
Cacho Espalter no era filósofo, sino un cómico limitado a su función de burlar las fronteras de nuestros egos, casi siempre injustificados. ¿Quién no se ha sentido alguna vez el enfermo postrado al que todos golpeaban justo en la herida?
Los apremios a los que nos sometía con sus criaturas permitieron inconfesables sonrisas de alivio, y la comprensión visceral de que somos más patéticos de lo que estamos dispuestos a admitir. Al reírse de nosotros y con nosotros, seguramente se reía de sí mismo. Por eso lo queríamos tanto.
Espalter se nos reía en la cara. Nos ridiculizaba en el mejor de los sentidos. Porque la sátira es un espejo necesario, aunque ese espejo a veces pueda resultar insoportable. Murió en un tiempo en el que ya no hay programas de humor en la televisión uruguaya. Para lo que hay que ver, mejor así.