Encarcelando la intimidad de los guerreros anónimos

| El fotógrafo español Álvaro Ybarra siguió a los marines durante todo 2006. Sólo el 16% está en el frente de batalla. Los demás comen hamburguesas.

TRABAJO. El soldado Seigtz en su primer día de tareas. Transporta a los muertos a Bagdad. 260x169
TRABAJO. El soldado Seigtz en su primer día de tareas. Transporta a los muertos a Bagdad.

LOLA HUETE MACHADO, EL PAÍS DE MADRID

Una guerra es más que un fusil y un soldado", dice Álvaro Ybarra Zavala, bilbaíno, de 27 años y con una carrera ya bien avanzada como reportero gráfico por las zonas conflictivas de este mundo desde que empezara en la fotografía a los 19 años. Ybarra ha visto, vivido y fotografiado ocho conflictos armados.

"Las personas que fotografío son seres humanos, no sujetos inertes perfectos para una imagen". Por ahí va su filosofía. Sus obras, sobre Irak, Líbano o Burma, van a parar a clientes de todo el mundo. A Newsweek principalmente, pero también a Le Monde o The Sunday Times. A la guerra de Irak le dedicó todo 2006, en idas y venidas a ese país y a Estados Unidos, pegado a los marines de la Compañía Bravo. "Sabían que yo era contrario a la guerra; se los dije al llegar. Sabían que quería fotografiar a las personas detrás del uniforme. Vivía con ellos, patrullaba con ellos tres veces al día, dormía, compartía su día a día". Así lo aceptaron. Y asegura no haber sufrido censura en sentido estricto. "Los marines son más profesionales que el Ejército. Son reservistas, gente con estudios, adultos. Con ellos nunca he visto faltas de respeto… Sus registros son con autorización, nunca si dentro hay mujeres solas. El Ejército entra de cualquier modo. Me siento más seguro con los primeros".

Los soldados que se encuentran en primera línea son apenas un 16% del total. "Son los que sufren. El resto vive seguro en las bases. Se ocupan de la logística, beben y comen hamburguesas".

Su material gráfico -aquí se ofrece una muestra- consta de cuatro escenarios. Uno: el contexto de violencia generalizado, cómo convive la gente en la calle. Dos: los sentimientos encontrados en los que navegan a diario los soldados, el día a día de una compañía. Tres: el sentir de las familias de los soldados y la política alrededor del conflicto. Cuatro: la muerte de unos y otros. Y eso era lo que más preocupaba: "Que les fotografiara heridos o muertos". Que alguien los exhiba en sus últimos momentos, derribados, perdidos. Estas víctimas de los tiros cruzados, estos escudos humanos cobran, le dijeron, 2.000 dólares por su trabajo.

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