Probándose el traje de la derrota

| Cuando la gente se encuentra en Bagdad, se despide para siempre. No se sabe qué pasará un minuto después. Hace cuatro años, Estados Unidos invadió Irak en guerra civil. Hoy coexisten cinco guerras étnicas en donde mueren 15.000 iraquíes por mes.

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AFP, THE NEW YORK TIMES, NEWSWEEK, EL PAÍS DE MADRID

Bush se ha convertido en el sargento reclutador más eficaz de Al Qaeda. Antes de la invasión de Irak de marzo de 2003, la CIA tenía un plan secreto para envíar a Bagdad cientos de banderitas de Estados Unidos. La idea era que los ciudadanos de la capital iraquí pudieran agitarlas, en un éxtasis colectivo de alivio y gratitud, cuando los soldados estadounidenses desfilaran triunfantes por sus avenidas. La CIA planeaba filmar estas escenas, la versión árabe de la liberación de París de 1944, y retransmitirlas por las televisiones del mundo. A los 60 días, según cálculos del aparato de inteligencia exterior de la superpotencia, comenzaría la retirada de sus tropas.

El guión de la vida real resultó ser algo diferente al de las fantasías de los estrategas de Washington. Vivir en Bagdad -fuera de la llamada zona verde, donde residen protegidos los diplomáticos, políticos, generales y otras eminencias- es vivir dentro de una película de terror 24 horas al día, siete días a la semana. Todo indica que, lo mire uno por donde lo mire, la situación empeorará. Para un ciudadano normal de la capital iraquí, la vida es una pesadilla cuya única salida es la muerte.

Siempre hay un asesino al otro lado de la puerta, a la vuelta de la esquina. La pesadilla se vuelve incluso más atroz al saber que el asesino que le espera a él, o a su mujer, o a su hijo, o a su padre, o a su madre puede ser un psicópata, como los de Stephen King, que se deleitará en oír los chillidos de su víctima, en hacer que sufra un dolor inimaginable antes de morir. De las 100 personas (media conservadora) que padecen muertes violentas en Irak cada día, la mitad habrá tenido la mala suerte de encontrarse camino del trabajo, de compras en el mercado, en el lugar donde explotó una de las enormes bombas que sacuden Bagdad con la misma frecuencia que en una ciudad de Europa Occidental hay un accidente de coche. Pero la otra mitad muere de manera más horriblemente calculada, si cabe. Secuestrados por la noche, los arrastran a lugares donde los someten durante horas a golpes, torturas y mutilaciones no mortales antes de acabar con ellos: a veces, a tiros; a veces, decapitados. 50 cada noche, día tras día, sin fin.

Naciones Unidas maneja un número de 3.709 iraquíes muertos en octubre de 2006, tres cuartas partes de ellos en Bagdad. Un estudio hecho por la Universidad Johns Hopkins de Baltimore llega a una cifra de 15.000 iraquíes muertos al mes desde la invasión de Estados Unidos y sus aliados hace casi cuatro años.

La gente que se encuentra con amigos en Bagdad "se despide". Es decir, se dicen adiós para siempre, porque lo lógico es suponer que no habrá ocasión de volver a verse. Con suerte será una bomba la que acabará con ellos y no uno de los Hannibal Lecter iraquíes cuyo concepto de lo que le exige su dios es maximizar el impacto psicológico del terrorismo que practican.

Los soldados de un regimiento estadounidense tienen una rutina matinal consistente en recorrer la ciudad retirando los cuerpos mutilados de los asesinatos de la noche anterior, como los recogedores de basura de una ciudad en paz. Es una tarea peligrosa por muchos motivos; uno de ellos, que los asesinos, sabiendo quién se encargará de llevar los cuerpos a las morgues, colocan minas bajo sus víctimas para intentar sacar doble provecho de su actividad nocturna.

Ni estadounidenses ni iraquíes imaginaron el horror en que se sumiría Irak tras la invasión. Una guerra que el entonces secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, dudó que fuese a durar más de "seis meses". Cuatro años después, Washington, con continuas bajas, no sabe cómo salir del avispero mesopotámico. Pero para los iraquíes es bastante peor. Muchos, como Abu Ammar y Hasem, han sido expulsados de sus casas por el sectarismo en que se ha hundido el país. Más de dos millones han huido a los países vecinos. Buena parte echa de menos los tiempos de Sadam Husein, porque, como cuenta la viuda S., Irak se ha convertido en una "cárcel para las mujeres". Las protestas contra la guerra se sucedieron esta semana por todo el mundo.

No hay silencio en Bagdad. Cuando dejan de oírse explosiones, disparos o sirenas de ambulancias, las alarmas de la policía violan cualquier atisbo de sosiego. En medio de esta situación, el aire se llena con el estruendo de los helicópteros que desplazan a los prebostes estadounidenses volando bajo, muy bajo, para evitar ser objetivo de quienes les disputan su presencia.

A ras de tierra, el paisaje urbano resulta irreconocible. Enormes mamparas de hormigón han troceado la ciudad en zonas de exclusión accesibles sólo para quienes se han hecho dueños y señores de esas parcelas, en muchos casos sin otra justificación que la fuerza de las armas. Reina entre ellas, la fortaleza militar en la que viven los diplomáticos y contratistas norteamericanos y británicos, y a su sombra, la mayoría de las instituciones de Gobierno del nuevo Irak. Es la llamada Zona Verde por sus jardines sí, pero sobre todo, por contraposición a la zona roja, sinónimo de peligro, donde viven los seis millones de habitantes de esta capital maldita.

Nadie se ocupa de regar las palmeras, y una capa de polvo ha envejecido 100 años los edificios y sus habitantes. Ya no hay parejas de novios haciéndose fotos frente al Monumento a la Libertad en la plaza de Tahrir, ni artesanos golpeando el cobre en el zoco de Al Rashid, a la sombra del palacio abasí y la Universidad de Al Muntansiriya. Rusafa, la orilla oriental y el verdadero corazón de la ciudad, es ahora un cadáver en descomposición que evitan la mayoría de los bagdadíes. Los puestos de control policiales han convertido Saadún, la 18 de Julio de Bagdad, en una pista de obstáculos, y sus vecinos sufren un atasco permanente durante las horas en que no hay toque de queda.

Pero en ningún lugar como en Mansur, en la orilla occidental, se hace visible el deterioro acelerado de los últimos cuatro años. El barrio diplomático por excelencia, lugar de residencia de las grandes familias, era hasta la víspera de la invasión un distrito de villas ajardinadas que aún, tras una década de sanciones, mantenía una presencia señorial. Hoy sus calles no sólo están cortadas por barreras, obstáculos y puestos de control, sino que en muchos lugares, sus ocupantes (políticos, embajadas extranjeras o grandes empresas) las han cerrado completamente con muros de hasta ocho metros de altura cuyas puertas de hierro sólo se abren ante la contraseña adecuada.

"Es una zona de guerra", admite el político Ahmed Chalabi, también vecino de Mansur, durante el trayecto desde la casa de su hermana hasta sus oficinas, a apenas 200 metros, en un vehículo blindado y con escolta. Y desde esa burbuja de aire acondicionado no se respira el hedor de las basuras que se queman en las esquinas. No hay recogida, como no hay electricidad (apenas entre tres y cinco horas al día), ni servicios públicos dignos de ese nombre. La inseguridad ha matado la ciudad. En la calle Mansur, una amplia avenida en la que tiempo atrás se encontraban algunos de los mejores restaurantes de la ciudad, todo está cerrado. Najwa, que resistió los bombardeos estadounidenses con una sonrisa esperanzada, hace meses que ha cerrado su tienda de flores. La agencia de viajes Delta también ha desaparecido y con ella el rastro de Jawad al Dalal y su familia que, muy probablemente, forman parte de los dos millones de iraquíes refugiados en los países vecinos. Otros dos millones se hallan desplazados dentro de Irak. La violencia sectaria desatada desde el atentado contra el santuario chiíta de Samarra en febrero de 2006 ha sacudido todas las bases de convivencia de Bagdad. La capital era la única ciudad verdaderamente iraquí de Irak, ya que no se limitaba a albergar a representantes de todas sus comunidades religiosas y étnicas, sino que lo hacía en barrios mixtos y mezclados, con algunas excepciones como el chií Ciudad Sáder, un gueto de exclusión económica y social ya en tiempos de Sadam.

Ese cambio para peor no es una mera percepción. Está cuantificado. En las primeras semanas de 2007, antes del nuevo plan de seguridad puesto en marcha el 14 de febrero, Bagdad sufría una media de 1.047 atentados semanales frente a los 904 de la segunda mitad de 2006 o los 408 de mediados de 2004. Son datos del Pentágono, que no contabiliza muertos iraquíes, pero las cifras de víctimas van en proporción. De acuerdo con las más ponderadas, en 2006 murieron 34.500 civiles en todo el país de los 65.000 documentados desde el principio de la invasión (a los que hay que sumar 6.500 agentes de las fuerzas de seguridad).

Todos contra todos

"No existe verdadero deseo de coexistencia", resume Mohamed Abu Baker, un portavoz del Parlamento iraquí. Husein Abdulhadi se resiste a aceptarlo. Chiíta originario de Basora, pero tempranamente trasplantado a la capital que siente como suya, ha levantado su nuevo hogar en Al Qadisiya, un barrio mayoritariamente sunita donde ha establecido buenas relaciones con la mayoría de los vecinos. "¿Cuál es la alternativa? ¿Encerrarnos cada uno en nuestra casa? Eso es enterrarnos en vida. Todos somos iraquíes y este temor recíproco de las comunidades sólo lleva a nuestra destrucción", subraya.

Pero reconoce que no se fía del segundo hijo de los Al Duleimi, que viven dos casas más allá. "Anduvo preguntando a los amigos de mi hijo cómo respondería yo si el Ejército del Mahdi nos atacara; le dije que no planteara cuestiones hipotéticas, que llegado el momento vería mi respuesta". Pero la presencia de los sadristas (seguidores de Múqtada al Sáder) no es hipotética. Los altavoces de la vecina mezquita de Al Baya`eq, bajo su control, se encargan cada viernes de recordar quién tiene el poder con un discurso que es cualquier cosa menos conciliador. Esa retórica que hiere los oídos de Abdulhadi, un hombre religioso, pero moderado, suena a provocación entre los sunitas.

A las siete y media de la tarde, en un extraño momento de sosiego, entre el paso de varios helicópteros y el tableteo de una ametralladora, se oye la llamada a la oración de los musulmanes. Falta media hora para que el toque de queda vacíe la ciudad. Un grupo de amigos se reúne frente a un masguf, la típica carpa del Tigris, pero no puede hacerlo a orillas del río, en la famosa calle de Abu Nawas. Sus cafetines y restaurantes hace mucho que cerraron por falta de clientes. Es Ammar, un colega iraquí, quien ha traído al hotel ese pescado convertido en seña de identidad de los bagdadíes. Su sabor desata recuerdos. "Sadam era un criminal, pero teníamos seguridad", concluyen los presentes.

Se ha discutido mucho en las tribunas de opinión del mundo occidental sobre si lo que hay ahora en Irak es una guerra civil. En una guerra civil hay dos bandos que se disputan dos territorios. En una guerra civil existe una lógica política. Ambos lados tienen cierto interés en que se cuente al mundo su versión de los hechos; ambos bandos suelen considerar que matar a un periodista no les dará buenos resultados políticos. Pero hoy, además de una guerra entre chiítas y sunitas, lo que hay es una contienda entre todo tipo de milicias por pequeños territorios de la ciudad. El control de un barrio cambia de manzana a manzana. Los contactos que antes servían para evitar peajes, y que ofrecían cierta protección, ya no sirven. Porque al cruzar una calle o dar la vuelta a una esquina es otro bando el que impone la autoridad.

En 2004, el National Intelligence Estimate, un informe producido por 16 servicios de inteligencia de Estados Unidos, anticipaba que "el peor escenario" en Irak era una guerra civil. El informe de la misma agrupación de agencias para 2007 afirma que el término guerra civil no abarca el grado de complejidad que tiene hoy el conflicto iraquí, ya que ahora, además de un enfrentamiento general entre chiítas y sunitas, hay violencia entre diferentes facciones chiítas, hay una explosión de violencia meramente criminal y hay ataques de insurgentes sunitas o grupos afiliados a Al Qaeda contra los soldados norteamericanos. Es decir, no hay una guerra; hay cuatro o cinco. O como John McLaughlin, un antiguo director de la CIA, lo definió en una entrevista con The New York Times: "La guerra civil es jugar a las damas; esto es ajedrez". La partida más sangrienta, más caótica nunca vista. Una en la que la desigualdad entre los contrincantes ha resultado ser abrumadora. Si bien de lo que se trata es de una guerra -como dice George W. Bush- entre las fuerzas del bien, que él como presidente de Estados Unidos representa, y las del mal, encarnadas por Osama Bin Laden, está claro quién está ganando. Bin Laden puede que no esté viviendo en las cuevas de la frontera entre Pakistán y Afganistán en circunstancias tan amenas como Bush en la Casa Blanca, pero cada noche se tiene que ir a dormir con una gran sensación de satisfacción, de seguridad incluso más absoluta de la que tenía antes de que su dios es más fuerte, inteligente y bondadoso que el del también fundamentalista presidente americano.

Desde hace meses, casi nadie, ni siquiera el Pentágono, duda de que Irak se encuentra sumido en una atroz guerra civil de todos contra todos. Pero la mala noticia es que la mayoría de los expertos considera que el conflicto no ha hecho más que empezar y que quedan años de masacres por delante. También existe un pesimismo creciente sobre la presencia de tropas extranjeras: si se quedan es malo, pero si se van de golpe también.

"Desde 1945 se han producido entre 100 y 150 guerras civiles. Irak es sin duda una de ellas. Las investigaciones sugieren que las guerras civiles con una intervención militar exterior duran más y son más sangrientas", explica Nicholas Sambanis, profesor de la Universidad de Yale experto en guerras civiles. "En Irak es todavía más cierto porque se trata de una guerra con numerosas facciones que pueden permitirse el lujo de seguir luchando. Si se produce una retirada completa, la consecuencia a corto plazo será sin duda un aumento de la violencia. Pero no sabemos lo que ocurrirá a largo plazo", agrega Sambanis.

Para algunos la guerra civil empezó en otoño de 2003, mientras que otros consideran que fue en 2004, cuando Estados Unidos entregó el poder formalmente al Gobierno iraquí, de mayoría chiíta. "Tras el bombardeo de la mezquita Askariya de Samarra, en febrero, pasó de una guerra civil de baja intensidad a un conflicto de intensidad media", explica Larry Diamond, profesor de Stanford, experto en procesos democráticos, que pasó unos meses en Irak como asesor del gobierno de ocupación antes de abandonar el país espeluznado por cómo se estaban haciendo las cosas. "Samarra fue el detonador de una bomba que llevaba mucho tiempo esperando para estallar", afirma Peter Harling, analista del Internacional Crisis Group, con sede en Damasco.

Como si fuesen muñecas rusas, en Irak hay varias guerras civiles a la vez: milicias chiítas, que infiltran el Ejército y la policía, contra milicias sunitas y viceversa -con limpieza étnica al más puro estilo balcánico-, chiítas contra chiítas y sunitas contra sunitas por el control de territorios, suníes contra turcomanos que a su vez también combaten con los kurdos en el norte del país. También está la insurgencia nacionalista baazista que se enfrenta con las tropas estadounidenses y Al Qaeda, que recluta a musulmanes de todo el mundo para realizar atentados suicidas y que ha hecho todo lo posible para inflamar los odios sectarios. Los enfrentamientos entre la insurgencia sunita y los yihadistas árabes son cada más frecuentes. "Y tampoco se puede olvidar la violencia criminal", agrega Peter Harling, del ICG.

Algunos estudiosos creen que una guerra civil se produce cuando hay más de 1.000 muertos por año, otros hablan de 100. "Con respecto a Irak no creo que estas cifras importen, porque las estimaciones más conservadoras consideran que han muerto 60.000 personas desde 2004, lo que convertiría a esta guerra en el noveno conflicto civil más letal desde 1945", asegura James Fearon, profesor de Stanford, autor de varias obras sobre conflictos civiles y que testificó en el Congreso estadounidense sobre la situación en Irak.

Las matanzas sectarias, los cadáveres que aparecen maniatados, torturados y con tiros en la cabeza en Bagdad, los coches bomba contra civiles se han convertido en una terrorífica rutina. Pero los expertos aseguran que no hay nada nuevo, que la guerra civil iraquí tiene sus ecos más recientes en el conflicto interno de Líbano (1975-1990). Y el peligro de que se prolongue durante tantos años no es inimaginable.

"Las políticas estadounidenses han tenido efectos devastadores y la Administración Bush tiene mucha culpa de lo que ocurre actualmente. Pero una retirada repentina desataría más violencia", explica Harling, del ICG. "Una retirada aumentará los asesinatos", explica Fearon. Larry Diamond resume con una frase una situación sin salida a corto plazo: "Las tropas estadounidenses evitan que las cosas se desmoronen completamente; pero también forman parte del problema".

Los ataques que Bin Laden orquestó el 11 de setiembre de 2001 en Nueva York se pueden ver hoy como una trampa en la que Estados Unidos cayó, con consecuencias catastróficas. Bush declaró en un discurso que dio en agosto de 2002 en Crawford, el pueblo de Tejas donde tiene su rancho, que su país era "la mayor fuerza para el bien de la historia". Cuando siete meses más tarde invadió Irak, precipitó una cadena de acontecimientos que han conducido hoy a un antagonismo entre el islam y el mundo occidental nunca visto desde las Cruzadas. Como el propósito final de Bin Laden es, precisamente, vengar la victoria cristiana de las Cruzadas, reconquistar terreno perdido en la Edad Media y someter la especie humana al reino del islam más radical, lo que ha acontecido es lo que no se hubiera atrevido, ni en sus fantasías más extravagantes, a imaginar.

La peor consecuencia de la ingenuidad con la que Bush ha caído en la trampa que Bin Laden le tendió es el horror cotidiano que padece la población civil de Irak. Aunque no se debe olvidar el peligro y el miedo a los que están sometidos los soldados estadounidenses. Las fuerzas de ocupación se ven obligadas a ejercer hoy, ante todo, funciones policiales, protegiéndose tanto a sí mismas como a la sociedad civil, misión que les ha costado más de 3.000 vidas y 30.000 heridos de gravedad. Irak es ahora Apocalipsis now.

¿Cómo se ha llegado a esto? ¿Cómo se ha cometido lo que el ex vicepresidente Al Gore define como "el peor error estratégico de la historia estadounidense"? Se han propuesto muchas teorías: el factor petróleo; la agenda ideológica de los neoconservadores dentro de la Administración de Bush; la necesidad de los americanos de venganza tras el ataque del 11de setiembre; la psicología edípica, incluso, de George Bush, hijo... La verdad, como se va entendiendo al pasar el tiempo, es que es una mezcla de todos estos elementos, y más.

Aunque la primera responsabilidad recae en los votantes estadounidenses por haber elegido como presidente -no una vez, sino dos- a un hombre que se habría encontrado al límite de sus posibilidades si hubiera estado a cargo de un negocio de coches de segunda mano en su pueblo de Crawford. Las últimas encuestas demuestran que si Bush se presentara a elecciones hoy, perdería de manera abrumadora.

Votando por Los Chiflados

Pero ahora ya es tarde. Bush optó por rodearse de un grupo de ideólogos que diez años antes habían despotricado sin mayor peligro en los foros políticos de la más extrema derecha de Washington. En aquellos tiempos, incluso los republicanos los llamaban the crazies ("los chiflados"). Gente como Paul Wolfowitz, Richard Perle, Douglas Feith y William Kristol; los personajes que más influencia tuvieron sobre el presidente a la hora de ir a la guerra, junto al ex secretario de Defensa Donald Rumsfeld -un personaje (ahora que uno lo ve con cierta distancia) extraído de la película de Peter Sellers y Stanley Kubrick, Doctor Insólito- y de Dick Cheney, que trabajó en el gobierno de George Bush, padre, pero también era visto en aquellos tiempos como un loco felizmente enjaulado por gente como el general Colin Powell. Años después, Colin Powell tuvo la desdicha de verse ocupando el cargo de secretario de Estado en el Gobierno de Bush, hijo. Después de que renunciara Powell, su jefe de gabinete, Larry Wilkerson, dijo en una entrevista con la revista GQ que Wolfowitz, el número dos del Pentágono cuando la invasión a Irak, era "un utópico" como Lenin. "Nunca vas a conquistar la utopía", observó un profético Wilkerson, "pero vas a hacer daño a mucha gente en el intento".

Todos estos crazies estaban unidos por su fe absoluta no sólo en la superioridad histórica de la democracia y el american way of life, sino también en la necesidad de exportarla al resto del mundo; de forzar a toda la humanidad a adorar el mismo dios, empezando por los países árabes, cuya importancia prioritaria se basaba en sus enormes reservas petrolíferas. Y hacerlo, en este caso, por el uso de la fuerza. La oportunidad no se hubiera dado -el pueblo estadounidense jamás hubiera apoyado semejante aventura- si no hubiera sido por el ataque del 11 de setiembre.

Tanto el presidente Bush como la mayor parte de los norteamericanos están programados para entender su lugar en el mundo como el del vaquero bueno -el pistolero que lleva sombrero blanco- en las películas de John Wayne. La película empieza cuando los malos agreden a los buenos. El desenlace es tan previsible como satisfactorio. El jefe de los buenos persigue a los malos, a cuyo jefe mata el bueno en la escena final.

Si Bush hubiera logrado su objetivo -articulado en sus discursos en términos sacados palabra por palabra de las películas de John Wayne- es probable que no hubiera sentido la necesidad de extender su "guerra contra el terrorismo" a Irak. Si las tropas que envió a Afganistán al mes de los atentados de Nueva York hubieran capturado o matado a Bin Laden, el final hubiera sido más limpio y feliz. Pero como no se logró, y como el pueblo norteamericano (animado por la mayoría de los medios) exigía venganza, y como Bush sentía una vergüenza terrible por lo que muchos en la derecha interpretaron como cobardía de su padre al no haber invadido Irak y acabado con Husein tras la guerra del Golfo en 1991, y como los manipuladores de la opinión pública al servicio de Bush lograron convencer a la mitad del pueblo americano (y a casi todos los soldados) de que Husein había sido cómplice de Bin Laden en el ataque del 11 de setiembre, y porque se convencieron a ellos mismos -por procesos mentales que oscilaban entre el autoengaño y la mentira- de que Sadam poseía armas de destrucción masiva, y porque Irak no es Ruanda o Sudán y debajo de su suelo hay un océano de petróleo, y porque los neoconservadores vieron la oportunidad por fin de hacer realidad sus sueños delirantes de imponer una pax americana en el mundo, y porque Irak no es ni Corea del Norte ni Irán y se llegó a creer que la guerra se ganaría en cinco minutos, y porque la ignorancia en Washington de las realidades del mundo árabe era tal que se creyó también (el mismo Cheney lo predijo) que la gran mayoría de los iraquíes reaccionarían a una invasión con un júbilo atenuado únicamente por la frustración de no tener a mano banderitas norteamericanas que agitar durante los desfiles triunfales de las tropas liberadoras; por todo eso se invadió Irak.

Hoy, Sadam está muerto, pero Bin Laden, que sepamos, sigue vivo, y aunque no lo estuviera, el potencial destructivo de Al Qaeda, cinco años después de que Bush anunciara la guerra contra el terrorismo que Bin Laden simboliza, sigue intacto. Y con más adeptos que nunca. Irak, mientras tanto, es una visión del infierno en la Tierra. Lo asombroso es la capacidad que tiene el ser humano -y en este caso, Bush y su gente- de engañarse a sí mismo. Cheney, preguntado en una entrevista reciente sobre cómo veía ahora su afirmación de principios de 2003, según la cual las tropas norteamericanas serían recibidas en Irak como liberadoras, respondió que básicamente eso era lo que había ocurrido. El mismo Bush hizo una visita relámpago a Bagdad en junio del año pasado y declaró al regresar: "He estado en la capital de un Irak libre y democrático". Cualquier ciudadano iraquí o soldado norteamericano en Bagdad creería que se trata de una broma de pésimo gusto.

Ahora, la única respuesta al desastre que se le ocurre a Bush -que en marzo volvió a repetir: "Vamos a triunfar en Irak"- es proponer el envío de 30.000 soldados más. Se trata, o de más autoengaño, o de un cinismo total. Porque aumentar el número de tropas no va a solucionar nada, pero si va a asegurar que sea el próximo presidente el que tenga que buscar una solución.

El cambio de Rumsfeld por Robert Gates en el puesto de secretario de Defensa ha ofrecido por lo menos la posibilidad de que, un día de éstos, gente con un cierto grado de sensatez recupere el control de la política exterior estadounidense. Preguntado en el Congreso hace dos meses si veía una solución en Irak, Gates respondió: "Es mi impresión, francamente, que no hay ideas nuevas para Irak". Preguntado sobre quién había sido el responsable del 11 de setiembre, Sadam o Bin Laden, contestó (a diferencia de cómo lo siguen haciendo hoy Cheney y Rumsfeld): "Osama Bin Laden". Preguntado también sobre quién representaba un peligro mayor para Estados Unidos hace cuatro años, Sadam o Bin Laden, respondió una vez más: "Bin Laden".

Las cuatro o cinco guerras que hay actualmente en Irak se intensificarán ante la huida del árbitro estadounidense que las inició, con la posibilidad adicional, como ha advertido Gates, de que se incorporen tropas de los países vecinos a la contienda, algunos actuando de lado de los chiítas; otros, de los lados de los sunitas, y todos combatiendo por una porción de la riqueza petrolera del país. Y si el precio del petróleo se ha disparado desde la invasión de marzo de 2003, ahora explotaría hasta las nubes. En caso de una conflagración militar regional, el suministro de petróleo al resto del mundo se podría ver drásticamente afectado. A esto es a lo que se refiere Al Gore cuando habla del "peor error estratégico de la historia de Estados Unidos" El impacto sobre la economía mundial sería entonces, para regocijo de Bin Laden, devastador. Y todos, sin excluir los habitantes del pacífico pueblo de Crawford, en Tejas, sentirían en carne propia algo que se aproxime al dolor y miedo que sufren, y seguirán sufriendo 24 horas al día, todos los días de sus vidas, los habitantes de Irak, cuya única salvación es la muerte, cuyo único consuelo es la esperanza de que sea rápida.

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