DANIEL MAZZONE
El antinorteamericanismo de los latinoamericanos parece una sobreactuación destinada a compensar la inacción que nos mantiene en el atraso y la pobreza, pero lo más grave es que oculta las debilidades propias mezclándolas en forma confusa con cuestiones reales que deberían discutirse seriamente con Estados Unidos. El contencioso con Estados Unidos es central para América Latina, pero no "la" cuestión central que el ruido ambiente sugiere. ¿Qué puede haber más importante para un país o una región que su propia estrategia de desarrollo? Sólo desde allí pueden determinarse convergencias y divergencias con los demás, incluidas las potencias. Pero si América Latina no sabe a dónde va, cada instancia abrirá discusiones interminables y erráticas que se cerrarán de modo inoperante.
El aporte de Estados Unidos no lo niegan ni siquiera quienes lo insultan. Que se sepa, nadie rechaza sus avances tecnológicos, ni los créditos, las inversiones o las órdenes de compra. Hasta es posible que al emigrar aspiren a la green card. Hay, por lo visto, un ancho campo para cooperar con Estados Unidos. Sin embargo, como potencia mundial desde hace un siglo, y hegemónica desde los 80, Estados Unidos es, también, un vecino complicado. La enorme asimetría entre el primer imperio global de la historia y nuestras repúblicas dispersas difícilmente asegure otra cosa que un relacionamiento conflictivo. Dos ejemplos del siglo XX lo ilustran: la base aeronaval en 1940 y el Plan Cóndor en los años 70.
En 1940, Estados Unidos argumentó la necesidad de una base aeronaval para combatir la influencia nazi en el Río de la Plata. Con eficacia legislativa, diplomática y periodística, Herrera demostró la exageración y desbarató el proyecto pactado en secreto por el gobierno de Baldomir, cuya construcción habría modificado la historia de Uruguay. En el caso del Plan Cóndor, a mediados de los setenta, sin el contrapeso de las instituciones republicanas, las dictaduras de la región fueron compelidas a operar como vasallos en función de los intereses estratégicos de la gran potencia en el marco del enfrentamiento con la Unión Soviética. El mundo de la guerra fría no se andaba con pequeñeces de matices. ¿Podría volver a ocurrir? Sin duda. Pero no si la región supera su dispersión estéril.
Constanza Moreira, directora del Instituto de Ciencia Política (Udelar), afirma en Le Monde Diplomatique de marzo, que Uruguay enfrenta "la disyuntiva de integrarse a la región o dejarse seducir por los cantos de sirena de Estados Unidos".
Sin embargo, el desafío de su inserción internacional es, para Uruguay y la región, un problema que viene de lejos y por tanto tiene su historicidad. En la segunda mitad del siglo XIX, Estados Unidos sembró su territorio de puertos, rutas y ferrovías, además de expandirse hacia el oeste y el sur, a expensas de España y México. En 1860 ajustó cuentas entre el norte industrial y liberal y el sur agrícola y esclavista, mediante una guerra civil que pese a sus 800.000 víctimas, no interrumpió el funcionamiento de las instituciones republicanas fundadas en 1787. En 1898 irrumpieron en el escenario internacional, ocupando posiciones españolas en el Caribe y el Pacífico.
En ese mismo período, América Latina desaprovechó el empuje de la independencia, desperdigándose en repúblicas irrelevantes que guerrearon entre sí hasta el paroxismo de la Guerra del Paraguay en 1870. Mientras las potencias integraban sus mercados, nuestros dirigentes desarticulaban la escasa unidad existente y liquidaban la protoindustria colonial. A comienzos del siglo XX, Estados Unidos producía un tercio del PBI mundial y América latina entraba a la modernidad por la puerta más pobre tras una larga cadena de errores.
Moreira parece sostener que todo se juega ahora y divide a la región con categorías de la guerra fría. Habría "un Cono Sur `progresista` (con) la Venezuela de Hugo Chávez y más tarde la Bolivia de Evo Morales (…) ingrediente que faltaba para la consolidación de un Mercosur `alternativo`". El artículo abriga dudas en cuanto al "corrimiento hacia la izquierda de la Concertación en Chile", o las intenciones del ministro Danilo Astori, quien "había sido elegido con el objetivo explícito de `tranquilizar a los mercados`". De los datos del análisis se desprende que la retórica de la izquierda regional fue insuficiente para resolver la integración una vez completado el dominó "progresista". Pero la analista resiste considerar la hipótesis de que sean los propios latinoamericanos y no Estados Unidos el principal impedimento. En medio del ruido antiimperialista ambiente, suele perderse de vista la realidad concreta. El diario argentino La Nación del 4 de agosto -y es sólo un ejemplo- informaba que "la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP) y la embajada de Estados Unidos pusieron en marcha (una) tecnología inteligente (para) monitorear unos 7.000 millones de dólares originados en transacciones entre Estados Unidos y Argentina".
La buena noticia era que se daba un importante paso hacia el control del contrabando y el lavado de dinero, actividades delictivas del crimen organizado que jaquean a nuestros Estados carentes de la capacidad logística que sí poseen esos enemigos poderosos. La mala, es que fue el gobierno norteamericano quien asumió la capacitación del personal y los 250.000 dólares del costo del equipamiento tecnológico, es decir, quien tuvo a su cargo la iniciativa.
Los análisis sesudos debieran basarse con más frecuencia en los datos reales. Las frases vacías, las categorías viejas y las consignas incendiarias impiden ver el camino -humilde pero productivo- de la acumulación de recursos humanos y técnicos capaces de gestionarnos con eficacia. El ejercicio de la soberanía real suele hacer innecesario todo despliegue de una gestualidad exagerada.