GABRIEL SOSA
La nueva sensación estadounidense del arte abstracto ha declarado que lo que más le gusta de las inauguraciones en las galerías son las galletitas y los niños. Sus películas favoritas son Shrek y La era del hielo, y sus pinturas, que alcanzan cotizaciones de hasta 250.000 dólares, se llaman Dinosaurio, Muela Careada, Hadas o Dedos. Marla Olmstead tiene siete años, y vende sus obras desde los dos.
Pablo Picasso una vez dijo que le había llevado toda su vida aprender a pintar como un niño. Marla es la primera niña que cobra sus pinturas como si fuera Picasso. Un cuadro de Marla se vende en promedio entre 10.000 y 40.000 dólares, pero algunas obras pueden llegar a valer 250.000. Un coleccionista tiene uno colgado junto a un Renoir. Gran parte del éxito comercial de Marla se debe a su marchand, Anthony Brunelli, un galerista del norte de Nueva York (de donde también es Marla), que se especializa, por ejemplo, en vender obras de Marla a cristianos evangélicos luego de explicarles que el color amarillo en un cuadro representa la presencia de Dios.
La carrera artística de Marla comenzó cuando su padre, Mark Olmstead, gerente de una fábrica de papas chips y artista aficionado (descendiente del arquitecto que diseñó Central Park) le dio pinturas para que jugara. Una amiga de la familia, dueña de un restorán, les pidió los cuadros para adornar el local, y para evitar que los clientes los compraran, los cotizó a 250 dólares cada uno. La gente los compró igual.
Desde ese momento, todo fue ascenso en la carrera de Marla. En 2004, cuando Marla tenía cuatro años, Brunelli le organiza su primera muestra, y las cotizaciones no paran de subir. Pronto se abrió una elegante página web (www.marlaolmstead.com), para promocionar sus cuadros y vender ediciones limitadas de reproducciones firmadas por la niña, a 650 dólares cada una, para los menos pudientes.
La polémica inevitable no demoró en llegar: los cuadros que se venden son demasiado complejos y sofisticados para que los pinte una niña de esa edad, y los títulos de algunos de los primeros ("Un sueño de Pollock", por ejemplo) sonaban a manipulación. Un sicólogo infantil, en un programa de televisión, dijo que: "Cuando vemos a Marla pintar sola, hace lo mismo que los niños de su edad".
Para disipar dudas, se subieron a su página web videos que la muestran pintando. Los videos, muy editados y sin sonido, la muestran trabajando en ambientes impolutos, sin una sola mancha de pintura, y cada tanto mirando de reojo a la cámara, donde está su papá, el ahora millonario artista aficionado.