Sábado | 20.01.2007
Montevideo, Uruguay | 09:29
 Que Pasa
Seis Días con Greenpeace
Estoy verde
Gastan millones de dólares y hacen mucho lobby para defender el medio ambiente. Tienen tres millones de socios en el mundo. Pero en Uruguay perdieron seguidores.

NAUSÍCAA PALOMEQUE

Uno se descuelga del helicóptero con una cuerda y bloquea una topadora con una cadena de acero. El otro engancha los pies en los patines del aparato y con las manos levanta un cartel. Llevan la remera del jaguar y tienen algo para decir: Paren los desmontes.

Son activistas de Greenpeace Argentina en una campaña para frenar la extinción de bosques nativos en el norte argentino, donde se pierden 250.000 hectáreas por año, el triple que el promedio mundial. Los desmontes implican irregularidades en la venta y el uso de las tierras, así como la expulsión de comunidades campesinas y aborígenes. La campaña de Greenpeace busca que se apruebe una ley de ordenamiento territorial que controle y regularice la situación.

Las intervenciones se hicieron en la provincia de Chaco: la primera el 7 de noviembre en la estancia Don Panos del empresario argentino Eduardo Eurnekián, a 200 kilómetros al sur de Resistencia. Las dos siguientes fueron el 9 y el 10 de noviembre en el campo de Delfino Martínez, 240 kilómetros al noroeste de Resistencia.

Las acciones tuvieron un presupuesto de 40 mil dólares, más 8 mil que costó la tecnología satelital que estrenaron. Y fueron financiadas con las donaciones de los 30 mil socios de la sede de Buenos Aires, que cubre Argentina, Uruguay y Paraguay, dijo el jefe de campañas, Emiliano Ezcurra. La mayoría son argentinos, en Uruguay hay muy pocos socios y la cifra bajó mucho después que intervinieron en Botnia: antes de la acción eran 213 socios, hoy son 33, según registros de la sede.

El promedio de donaciones por persona y por mes es de 100 pesos uruguayos y hay 300 donantes que aportan entre 400 y 2.400 pesos. Según explicaron, no aceptan dinero de empresas ni de partidos políticos ni de gobiernos. Si un empresario quiere participar, debe hacerlo a título personal.

Los voluntarios no cobran ni pagan la cuota y los integrantes del staff trabajan 8 horas de lunes a viernes y cobran entre 8.000 y 55.000 pesos, en el rango más alto. Todos los años publican una síntesis de los gastos y la reparten entre los activistas en distintos barrios de Buenos Aires. El presupuesto anual de Greenpeace Internacional es de unos 195 millones de dólares, tienen tres millones de donantes y un millón de "ciberactivistas".

Los voluntarios no pueden trabajar más de seis horas, ni más de tres veces por semana. "Que no sea una explotación laboral encubierta, para eso están los que cobran", dijo Hernán Giardini, coordinador de la campaña de bosques.

Preparando una acción

Visitar los lugares donde se denuncian desmontes, elegir dónde se hará la acción, diseñarla, hacer contactos, analizar los riesgos, contratar abogado, helicópteros, camionetas, rapelistas -los que se tiran de los helicópteros-, fotógrafo y camarógrafo, coser y pintar una bandera de 60 metros de largo y 25 de ancho, entrenar a los activistas, organizar el viaje y la estadía llevó dos meses de preparación.

A la dirección de Greenpeace llega información de desmontes todas las semanas, llaman por teléfono, envían mensajes de textos o e-mails desde el norte argentino. Cuando comenzaron a pensar en intervenir, Giardini empezó a escribirles para confirmar la información. Durante tres semanas recorrió el Chaco y Formosa y Noemí Cruz, salteña y guaraní, buscó lugares en Salta y Santiago del Estero. Quedaba poco tiempo, ya que en verano comienzan las lluvias y disminuye la actividad.

Cuando eligieron el lugar, viajaron a Don Panos con baqueanos preocupados por el tema y buscaron un lugar cercano a la ruta que permitiera mostrar el desmonte y desplegar la bandera. Analizaron cómo operaba la seguridad y cuánto tiempo podrían permanecer allí antes de que llegara. También tuvieron que localizar un sitio para aterrizar los helicópteros. Como no podía llamar la atención, Giardini se acercó al lugar con un gps, un aparato que permite ubicar la latitud y la longitud del sitio para después localizarlo en internet con fotografías satelitales y ver el desmonte.

Para la acción buscaron que participaran muchos chaqueños. Cuanto más sean es más probable que la seguridad reaccione en forma pacífica. Y chaqueños para involucrar al interior: "si no, quedamos como los porteños de Greenpeace que venimos a salvar el interior, que haya chaqueños le da una dimensión nacional", dijo Giardini.

Pero nunca habían hecho una acción allí, había pocos voluntarios y sin entrenar. Por eso decidieron llevar a la mayoría desde Buenos Aires.

La salida

Chacaritas, domingo siete de la mañana. La vereda de la oficina de Greenpeace en Buenos Aires está llena de bolsos y gente que entra y sale. Llevan paquetes y mochilas con ropa, cinta plástica, martillos, piolas. En la calle, un ómnibus espera a los 23 voluntarios. La mayoría son veinteañeros, de clase media, llevan ropa cómoda: vaqueros, remeras y championes. Varios llevan tatuajes: el símbolo de amor y paz y signos tribales.

Gisella tiene 22 años, estudia diseño gráfico y es voluntaria de Greenpeace desde 2005. Se acercó a la organización a través de la página de internet, llenó un formulario y a los 15 días la llamaron. "Me gustó lo de la no violencia, no prepoteamos a nadie, vamos a reclamar por un derecho que creo que es de todos. Me encanta tener un grupo que me da seguridad y me tiene confianza. Me encanta hacer algo para defender la naturaleza. Además, entrenar y viajar está buenísimo".

En el piso del taller quedan restos del trabajo hecho. Estuvieron confeccionando hasta último momento una de las banderas que desplegarán. El taller es un garaje de unos diez metros de largo por cinco de ancho con mesas de trabajo, máquina de coser, clavos, pinzas, tarros. Esa mañana sonaban los Redonditos de Ricota. Como el espacio no alcanzaba, fueron a los parques de Palermo para desplegar las banderas.

Los voluntarios se enteraron que viajarían a último momento. "Nos dijeron que teníamos que hacer unas banderas, estuvimos cosiendo, cortando, pintando, sin saber bien para qué era. Yo no pregunto, me imagino que no se puede saber todo por una cuestión de cómo se manejan, enseguida empiezan a volar las noticias y no resulta lo que querés hacer. Llegado el momento, lo que tenga que saber, lo voy a saber", dijo Gisella.

"¡Nos vamos!", grita Roxana Florelli, asistente de logística, de 28 años. Abre la puerta corrediza de la sede y apura para que salgan todos. Desde allí pasarían 12 horas en ómnibus hasta llegar al Chaco.

"¿Estamos todos?". Florelli controla la asistencia y le da a cada uno la "lista crítica", un papel con los nombres y los teléfonos de los responsables de la campaña. Enseguida empiezan a circular el mate y los bizcochos. Adelante, los miembros del staff van tranquilos: leen, trabajan en sus computadoras personales, llaman por celular, miran el mapa en silencio. Están preocupados por la lluvia, si continúa, tendrán que postergar la acción.

Atrás hay una fiesta. Allí no se habla de lluvia ni de ecología. Tampoco hay tecnología. Recostados en los asientos, Gonzalo Straho, coordinador de los voluntarios, de 32 años y Florelli cantan y se abrazan. Straho es profesor de historia y director de teatro. Florelli es diseñadora gráfica y corre en motos todo terreno.

Los demás voluntarios, parados en los pasillos o arrodillados en los asientos, acompañan coreando y silbando todo el repertorio imaginable: desde Nostalgia hasta Te voy a hacer los calzones. El ómnibus para en pocos lugares, en algunas estaciones de servicio para ir al baño y para almorzar, refuerzos, jugo y más bizcochos.

"¿Si preguntan qué decimos? Estamos paseando, somos estudiantes de biología", pregunta y responde el encargado de prensa Gonzalo Girolami, de 35 años, cuando sube un policía a revisar el ómnibus. Si se descubre quiénes son, podría suspenderse la acción, que tiene que ser sorpresiva. Rápido, el bolso con la bandera queda detrás de otro. Todos tranquilos y en silencio. El oficial sube y pide la lista de pasajeros con los documentos y revisa poco. El viaje continúa. Risas.

No quieren llamar la atención, por eso el ómnibus con los voluntarios sigue hasta Corrientes, donde esperan hasta recibir novedades. El resto baja en Resistencia.

Llueve en Resistencia. A los cinco minutos aparece una camioneta conducida por Leonardo Silva, director de logística, de 31 años. Dice pocas cosas y se mueve mucho. En el hotel está el director de política, Juan Carlos Villalonga, el fotógrafo Julio Pantoja y el jefe de campaña Giardini, que llegó esa tarde con uno de los helicópteros y los pilotos desde Córdoba.

Cena en Resistencia. Siete integrantes de Greenpeace y una periodista uruguaya. Todas las conversaciones derivan inevitablemente en el conflicto de las papeleras. "Los medios uruguayos recortaron todas nuestras declaraciones, dejaban sólo la parte que sugería que estábamos con Kirchner o con Gualeguaychú", "Piensan que somos unos loquitos cuando nosotros planteamos una plan de producción serio", "No logramos transmitir el mensaje que queríamos", "Argentina y Uruguay discuten las cosas desde el nacionalismo". Frases como esas iban y venían en una mesa redonda.

Después la discusión se fue a América Latina. "Somos más europeos que latinoamericanos, porque, ¿qué es ser de Latinoamérica? Yo me identifico más con un español que con un boliviano, conozco más de España que de Bolivia, es así, te guste o no", dice Villalonga y agrega: "hay que pensar que el centro donde se difunde lo latino es Miami, no me gusta, pero es así, es la globalización, ¿qué es ser latinoamericano? Es otra cosa, pero también es Shakira". "No, no, no, eso es porque no se conoce, hay que difundir lo autóctono, yo no me siento europeo", contesta Giardini y Pantoja agrega: "yo no tendría ningún problema en vivir en Nueva York".

Pantoja es tucumano, su trabajo más importante le llevó seis años y retrató familiares de desaparecidos. Villalonga tiene 46 años, dice que la ecología es un forma eficaz de incidir en política y que los movimientos de militancia social suelen afiliarse ideológicamente con la izquierda, aunque él nunca fue de izquierda. Giardini tiene 29, está en Greenpeace desde hace dos años, es licenciado en comunicación y trabaja en radio.

También se discute cómo ingresar al campo: "si venís con nosotros tenés que obedecerme en todo, yo tengo la última palabra", dijo Silva, dando cuenta de una estructura que parece militar.

Toman dos botellas de vino, que se pagan entre todos. La organización cubre los gastos de comida, pero si toman alcohol, corre por cuenta de ellos.

Van a esperar un día para salir, para asegurarse que no llueva y haya buena luz para filmar la acción.

Acción pura

Martes de mañana. "A internet", dice Silva para que la gente se reúna en la sala del hotel. Se fija que no haya nadie más, sube a un banquito y mira por la ventana.

-Ya saben que estamos acá. Me siguió una patrulla. Pensé que había zafado y apareció de nuevo.

- El abogado le dijo a Cali (Villalonga) que la Policía ya sabe que estamos acá, contestó Giardini.

Villalonga habla todo el tiempo por celular: diputados molestos por la cantidad de llamados recibidos por activistas pidiendo que voten la ley de desmontes, otros afines que le cuentan cómo van las discusiones en la Comisión del Congreso. "Hacer lobby es parte de mi trabajo. Es casi lo más importante".

Deciden cambiar los coches y salir por separado. El grupo de prensa lleva el equipo de cámara y fotografía, los handies y los chalecos. Hay que pasarse repelente y usar sombrero, porque el Chaco está lleno de insectos, incluidas las vinchucas. Como paseando, el camarógrafo da varias vueltas a la plaza. Girolami mira para atrás tratando de ver si los siguen. No viene nadie.

La estancia de Eurnekián queda a 170 kilómetros de Resistencia. En el viaje Girolami le cuenta al fotógrafo la acción en Viena con Evangelina Carrozo. La asamblea de Gualguaychú desconocía lo que sucedería, sólo lo sabía la familia de Carrozo y un par de amigos. Primero pensaron en llevar una comparsa, pero era muy costoso y optaron por la reina del carnaval. "Fue increíble, era una protesta con altísimas chances de no hacerse y salió muy bien".

Paula Brufman, coordinadora de Greenpeace, había viajado a Gualeguaychú para conocer a Carrozo y ver si daba con el perfil. Ella aceptó, comprobaron si no era diabética, si no era asmática, si estaba medicada, si había riesgos de que se pusiera nerviosa y pudiera fracasar. Brufman y Carrozo se acreditaron como periodistas de un diario de Morón.

A 70 kilómetros de Resistencia, en una ruta que no tiene vigilancia, la Policía espera. Tanta tecnología no pasó desapercibida. Tampoco pasaría inadvertida en Roque Sáenz Peña, cuando el encargado del hotel preguntaba si eran periodistas internacionales. Allí dirían que eran estudiantes de arte buscando paisajes.

La Policía sabía que estaba Greenpeace, suponían que iban más al norte, según había averiguado el abogado, Rolando Núñez, quien se adelanta al coche de Greenpeace. El policía hace una seña para que siga, pero Núñez sabe que tienen la intención de frenar el auto con los activistas. Estaciona en la banquina, baja, agarra una filmadora y va a saludar al oficial. La cámara intimida. "Es un elemento terrible, porque el policía no quiere ser reconocido", admitió Núñez.

Uno detrás del otro, los coches siguen el viaje. Caminos con polvo, mucho polvo, mucho calor y muchos mosquitos. A los costados de la ruta domina el verde y el amarillo: las plantaciones de soja y algodón y los campos de girasoles. Árboles, muy pocos. En media hora de viaje circulan siete camiones con troncos.

Saltando la tranquera

Frente a una tranquera de la estancia se encuentran todos. Los activistas se bajan del ómnibus corriendo con la bandera. Llevan puesto las remeras amarillas con las manchas del jaguar, el símbolo de Greenpeace, mochilas en la espalda, clavos y estacas en las manos.

La estancia está rodeada con alambres y la tranquera está cerrada. Los activistas trepan y saltan al campo de Eurnekián, uno de los casos denunciados por Greenpeace en el informe Desmontes S.A. Allí también son acusados Franco Macri, Américo y Nicolás Gualtieri, John Kahlbetzer y Benjamín Romero.

A los dos minutos aparece una camioneta del lugar. Se acercan, hablan por celular y salen por otra tranquera rumbo a la estancia. Son trabajadores de Don Panos. El abogado inicia su tarea. No pusieron la cadena en la tranquera, ventaja para Greenpeace -piensa- y la abre. Si la Policía pregunta, entraron por allí y no violaron una propiedad privada, aunque lo hicieron.

Ingresar a una propiedad privada sin permiso es un delito. Pero para Greenpeace terminar con los montes nativos es un delito mayor que procuran combatir sin violencia. Ese es el argumento que esgrimen.

Hay una explicación filosófica y legal, dice Emiliano Ezcurra, director de campañas, de 35 años. "Damos testimonio, colocamos nuestros cuerpos entre el agresor y el agredido, desobedecemos una regla para evitar una dolencia mayor. Ingresamos en forma pacífica, aplicamos lo que hacía Gandhi, la desobediencia civil. Somos pacíficos, pero no pasivos".

Argumentan que sus acciones no son violentas porque respetan varias reglas: no poner en riesgo la vida de nadie, no destruir la propiedad ajena, ni evadir las consecuencias legales y económicas de sus actos. "Lo único que violás es lo que considerás inmoral y te hacés cargo. Si los dueños del campo deciden que nosotros les aplastamos la soja, saben a quién hacerle juicio. Siempre hay riesgo, pero se procura que haya diálogo". Varios activistas han estado detenidos y están procesados por otras acciones.

Movimientos como Greenpeace existen porque entienden que los estados son ineficientes y hay temas que requieren acciones inmediatas. Así lo explica Ezcurra: "Si el Estado funcionara en cuestiones ambientales, no habría cosas que hacer y habría muy pocas ONGs, si funcionara a la perfección en las cuestiones de pobreza seguramente no existiría Caritas. Las grandes instituciones están en crisis. Los movimientos sociales son respuestas de personas ante problemas que los preocupan y ven que no hay nadie que haga algo al respecto".

En fila india los activistas corren llevando la bandera. A un costado hay un bosque frondoso de árboles enormes, al otro, kilómetros de plantaciones de soja. Florelli y Villalonga encabezan la fila, Giardini va y viene filmando la acción. No es sencillo llevar una bandera de tela de avión de 60 metros de largo, hace mucho calor y con el viento y el movimiento se embolsa y se abre.

Giardini indica el lugar, se meten en el campo de soja y comienzan a clavar las estacas para desplegar la bandera. La lona es enorme y con el calor de la soja comienza a inflarse, como un globo aerostático que crece y empieza a cinchar. Algunas estacas se salen y en los bordes la tela comienza a rajarse. No estaba previsto tanto calor a las 8 de la mañana. Silva corre de una punta a otra indicando que se acuesten, que gateen, que claven nuevas estacas. "Este es el verdadero espíritu del jaguar", dice uno, deslizándose panza abajo por la bandera. "Vamos a filmar. Estírense lo más estéticamente posible", grita Silva y trepa por la bandera.

El ruido del helicóptero irrumpe en la estancia. Los handies fallan y Villalonga y Giardini empiezan a hacer señales con los brazos. El helicóptero se acerca, en él viene el fotógrafo que captará las imágenes para la prensa. Afuera, Girolami prepara la repercusión mediática con una lista de periodistas para llamar.

La camioneta de Don Panos aparece de nuevo. Dos paisanos se bajan. Atónitos, miran el helicóptero y la bandera. "Se tienen que retirar, esto es una propiedad privada. El administrador les va a explicar todo lo que quieran, pero tienen que sacar la bandera", dice el hombre, que gira cada vez que ve la cámara de fotos. Villalonga empieza a negociar, "Somos de Greenpeace. Ya nos vamos, ya terminamos, es difícil sacar la bandera, un minuto y salimos. Encantados vamos a charlar con el administrador, dennos un momento". "Ya les di diez minutos, se tienen que ir". Ninguno quiere hablar.

Villalonga procura ganar tiempo. El helicóptero es biplaza y el piloto tiene que acercarse para que el fotógrafo saque las fotos, volver al campo donde aguarda el camarógrafo, dejar al fotógrafo, y regresar para hacer las tomas para los noticieros y el canal de Greenpeace.

Ir al lugar de los hechos, dar testimonio de lo que está sucediendo y mostrarlo: ese es el objetivo de una intervención de Greenpeace. Una acción sólo tiene sentido si llega a los medios de comunicación masiva.

Militancia hoy

La acción tiene que ser de mañana y con luz para que las tomas sean buenas y llegar a los medios a tiempo, tienen que competir con las noticias del día y meterse en la agenda.

La idea del cartel es que se vea la transición entre el desmonte y el bosque en pie. El mensaje dice: Eurnekián, matar el bosque no es negocio. "Si la protesta es buena, tiene que dejar claro que hay una situación de contienda que obligue a tomar posición: el monte, el cartel en el medio y la soja", dijo Villalonga.

Las imágenes también funcionan como garantía para los activistas, pueden frenar una reacción violenta.

La filmación tiene que ser rápida y contundente: no más de dos minutos y medio. La acción es transmitida por un sistema satelital a las agencias de noticias.

Al camarógrafo suele tocarle la parte más difícil. "Soy especialmente incómodo, generalmente no quieren que graben", dice Hernán Pérez Aguirre, quien también trabaja para Discovery Channel. Por eso, en situaciones violentas ha cambiado y escondido las cintas. Incluso, en una campaña contra la deforestación en Amazonas lo encañonaron en la cabeza.

Los medios también forman parte de la militancia de los simpatizantes de Greenpeace. Según cifras de la sede, hay 250 mil "ciberactivistas" -que participan recibiendo y reenviando mensajes en correo electrónico- y 15 mil "móvil-activistas", que reciben los mensajes de texto en sus celulares. Les pidieron que enviaran mensajes a los diputados para que aprobaran la ley de desmontes. "Los vuelven locos, es una presión, porque se dan cuenta que Greenpeace no está solo", dijo Giardini.

Para participar en una acción hay que estar entrenado: información, práctica en gomones, natación y algunos escalado. Todos los voluntarios hicieron el "entrenamiento de no violencia": practican para reaccionar en forma pacífica ante distintas situaciones, si hay un accidente, si alguien se lastima, si los detienen, si se asustan. Para eso miran videos de acciones, analizan situaciones y errores cometidos.

También hacen ejercicios en pareja: uno actúa como policía y el otro como activista, el primero insulta y ataca y el otro tiene que quedarse quieto, nunca salir corriendo ni levantar los brazos más allá de la altura de los hombros. Si sacan una foto en ese momento, podría parecer que el de Greenpeace es el agresor. "Si se ve una imagen de un policía corriendo a una activista, es la imagen de un ladrón, frente a la Policía tenés que dejar que te lleven, que te peguen. El machete contra la flor enerva a la gente", dijo Villalonga.

Además, el voluntario tiene que firmar un documento que dice que actúa por su propia voluntad. Es una garantía de que no va a demandar a Greenpeace si hay algún inconveniente. Para participar en una actividad hay que ser mayor de edad, pero no para ir a la sede, adonde van niños de 12 años y señores de 80.

Haciendo lobby

El mensaje está listo. Los voluntarios sacan la bandera, se van en silencio al ómnibus para comenzar el viaje de regreso. Villalonga y Giardini se trasladan a la estancia para hablar con el administrador.

La estancia es lujosa y tiene vigilancia. Muy amable, José Babugia, el administrador, los recibe e intercambian ideas con Villalonga.

-No es un plan contra Eurnekián, de todos los casos que investigamos elegimos empresas líderes y conocidas, como las de Macri o la de los hermanos Gualtieri. Procuramos que el gobierno nos acompañe votando una ley de ordenamiento territorial que regule los desmontes y que los empresarios también nos acompañen.

-Entiendo que es una empresa conocida y forma parte de las que están dentro de un régimen que hoy es insuficiente o inadecuado y nos gustaría participar y discutir. Tu objetivo hoy es lograr resonancia para impulsar una norma. Me interesa que vean lo que estamos haciendo, no escondemos nada. La compañía está en sintonía, tenemos mucha investigación que puede ayudar y, ya que se tomaron la molestia de venir hasta nuestra casa, quisiera que la conozcan. La puerta está abierta, es un compromiso de caballeros.

-Totalmente. Me comprometo a hacerte llegar todo el material.

Babugia muestra fotos de la empresa promoviendo que se planten árboles en un acto con niños discapacitados, ofrece un asado para todos los voluntarios. Greenpeace no acepta. En el recorrido por la estancia el gerente muestra las reforestaciones que están realizando. Intercambian nombres y teléfonos, se dan la mano y Greenpeace se retira prometiendo llamar y seguir charlando. "Esta actitud es la más inteligente que pueden tener. Si se violentan y sale en los medios, se perjudican mucho más", concluyó Villalonga.

Al otro día la prensa de Resistencia habla del tema. "A mí no me interesa. Como a los de Buenos Aires no les interesa el interior, a nosotros no nos importa el monte", dijo un quiosquero. En el periodístico de la mañana, la radio Facundo Quiroga entrevista a Giardini y los chaqueños llaman por teléfono.

Uno de ellos es Chala, como le dicen a Osvaldo Maldonado, un campesino que vive en la localidad de Tres Isletas, y está muy preocupado por los desmontes. Allí también están desmontando. Dijo que no saben quiénes son los dueños y que las topadoras trabajan toda la noche con silenciadores.

Buscando topadoras

El rancho de Maldonado es muy humilde, paredes y piso de barro, baño y horno afuera, cocina techada con latas y unas ollas de hierro donde su mujer hierve leche. Los pollitos y las gallinas van y vienen por todos lados, son el juguete de sus hijos, muy rubios y de ojos celestes. La esposa de Maldonado es hija de ucranianos y tiene rasgos europeos, como la mayoría de los habitantes de Tres Isletas, descendientes de Europa oriental. Pero la mujer tiene la piel curtida y su flacura es de una campesina del Chaco, es la segunda provincia más pobre de Argentina.

Como muchos en la zona, Maldonado no tiene papeles que lo reconozcan como dueño del lugar donde vive desde hace 20 años y está muy preocupado porque están llegando con papeles de propiedad y podrían quitarle su lugar. Él y su mujer son analfabetos y no saben cómo defenderse legalmente. Tampoco saben cómo sobrevivir en otro sitio.

Maldonado está muy preocupado: "No necesitamos estudios para darnos cuenta de lo que está pasando. Hace diez años no se sentía el calor de hoy, con los árboles estaba más fresco, ahora las tormentas son más duras, el árbol te frena todo, si no, el viento te tumba. Desde que empezaron los desmontes tenemos más inundaciones y sequías. Cuando llueve el monte chupa el agua y si llueve poco, la tira al aire para que llueva. Antes conseguías agua para tu casa con diez o 12 metros, hoy tengo que cavar 20 a 25". La impresión de Maldonado coincide con la información científica sobre los desmontes y sus efectos en el clima.

También le preocupa a Aldemar Píriz, otro campesino chaqueño, que dice que cada vez tiene menos trabajo: "La soja es una agricultura sin agricultor. Vienen empresarios brasileños, paraguayos, qué sé yo".

El miércoles llega otro director de Greenpeace a Resistencia: de ahí en más Ezcurra será el responsable de las acciones con topadoras. Entre palabras que está aprendiendo en japonés porque está ayudando en la organización nipona de Greenpeace y la música de Chayanne que se sabe de memoria, da una clase completa sobre bosques, tipos de árboles y proyectos sustentables. En 1987 la fundación llegó a Buenos Aires y él comenzó como voluntario, hasta que ingresó como telefonista, siete años después. Hoy es director de campaña.

Se enoja cada vez que ve maderas de quebrachos en los alambrados y en las tranqueras: "No podés usar un árbol tan noble para hacer una tranquera, no podés topar los árboles más jóvenes, no podés cortarlos en forma indiscriminada y encima quemarlos. Esa madera podría servir, tiene que haber una explotación que genere empleo".

Gladis Escobar vive en la zona desde que nació, tiene 28 años y cinco hijos, y está asustada con los incendios que se hacen después de topar los árboles. Hace cuatro meses estaba haciendo pozos de agua para los animales y tuvo que salir corriendo: "el remolino de viento traía hojas y brazas y el fuego llegó al borde de la casa".

No es fácil encontrar las topadoras trabajando y filmarlas. Las que se usan de noche no permiten hacer tomas, y después de la acción en Don Panos, algunas suspendieron su trabajo. Otros estaban esperando.

Así pasó en Tres Isletas. Bloquear una topadora es una maniobra muy complicada. Cuando el rapelista se tira, la soga se puede enganchar en el motor de cola o en el piso, el helicóptero puede quedar agarrado y formarse una turbulencia. Por eso los que participan en la acción tienen certificado. Esta vez son dos helicópteros: detrás del que traslada a los activistas, gira uno más chico con el camarógrafo.

Silva tira bengalas naranjas para que el piloto divise dónde está bajando el activista y con el humo ver cómo se comporta el viento. El rapelista se tira, se desengancha, va caminando hasta las topadoras y con unas cadenas de acero bloquea los controles y las palancas. La cadena sólo puede romperse con una sierra potente que en medio del monte no suelen tener.

Había tres capataces con binoculares. "¿Qué estás haciendo? ¡Los vamos a matar! ¡Te vamos a surtir a trompadas!". El helicóptero sigue volando y se ubica arriba de la topadora. Silva se engancha en los patines del helicóptero con un cartel que dice: Paren los desmontes.

No había posibilidad de diálogo, cuando uno de los lugareños se va hasta una casilla a buscar algo Greenpeace decide retirarse.

La filmación estaba lista, pero faltaba la fotografía. Así que esa misma tarde salieron a buscar otras topadoras. En un paraje rural, los lugareños enseguida supieron que estaba Greenpeace y se acercaron. Habían visto y escuchado los dos helicópteros y las camionetas. Además aparecieron los periodistas locales.

Ante tanta visibilidad, el equipo de Greenpeace decidió mentir y decir que se iban para Santiago del Estero, donde también hay desmontes. Pero al otro día volvieron al mismo lugar a buscar otras topadoras. Habían investigado y sabían que estaban topando en toda la región.

También decidieron quedarse porque no podían trasladarse a otra provincia, tenían que devolver los helicópteros y el presupuesto destinado para la campaña se estaba terminando.

La acción se concreta en otro campo de Tres Isletas. Maldonado, contento, les regala un queso casero y los abraza. De regreso, con el obsequio de Maldonado y viendo cómo pasan los camiones con troncos de árboles, Silva y Giardini planean nuevas campañas. Mientras, escuchan un disco de León Gieco en la cuatro por cuatro que alquilaron.

Los resultados de estas acciones se verán con el tiempo. Las cosas no salieron según sus planes y Greenpeace no logró que la ley de desmonte se aprobara en diciembre. Por eso seguirán haciendo campañas para conseguirla este año.

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ACCIÓN. El activista de Greenpeace se descuelga del helicóptero para trabar una topadora en un monte cercano a Tres Isletas, en la provincia argentina del Chaco.
Foto: El País
INVASIÓN. Ingreso a la estancia Don Panos, de Eduardo Eurnekián.
Foto: El País
MEDIÁTICOS. Equipo de prensa transmitiendo las imágenes por vía satelital.
Foto: El País
INFLADA. Una activista en medio de la acción con la bandera, cuando se está rompiendo.
Foto: El País
PANORAMA. Los desmontes en Tres Isletas.
Foto: El País
CELEBRACIÓN. Activistas bromeando y posando al final de las acciones con las topadoras.
Foto: El País
VIAJE. Voluntarios de fiesta en el ómnibus.
Foto: El País
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