Sábado | 13.01.2007
Montevideo, Uruguay | 20:29
 Que Pasa
Pandillas que azotan Centroamérica
Amarás la muerte
Con el aprendizaje realizado en las calles de Estados Unidos, los integrantes de las maras de El Salvador, Honduras y Guatemala roban, asesinan, trafican y dominan. Y reciben abundantes remesas del "becerro de oro", para gastar en armas y tatuajes.

RAFAEL RUIZ, EL PAÍS DE MADRID

Acá es así, a hierro. Matas o mueres". La muerte es su única religión; los tatuajes, su lenguaje. La fotógrafa Isabel Muñoz ha logrado entrar en las cárceles de El Salvador para retratar un mundo tan violento como aún desconocido: el de las maras, las pandillas que tienen atemorizadas a las sociedades de varios países de Centroamérica. Un trabajo inédito que produce escalofríos. ¿Qué lleva a tantos jóvenes a relacionarse así con el diablo?

Satanás aparece en una espalda maltratada, en un torso mezclado con cruces y vírgenes, en un antebrazo, deslizándose por una ingle, trepando hasta asomar por el cuello, abrazando a una mujer desnuda, empitonándola; su rabo, muy largo, enroscado en la pierna, del muslo al tobillo. Los mareros se quitan la camiseta, y su lenguaje enmarañado queda expuesto en toda su violencia y crueldad.

Seis semanas retratando a decenas de miembros de maras, las pandillas juveniles montadas en la Costa Oeste de Estados Unidos en los años 80, a raíz de los exilios masivos por las guerras civiles centroamericanas, como respuesta a una sociedad anglosajona, blanca y protestante que les apartaba; pandillas que operan en México en el contrabando de personas hacia el norte, que participan en el tráfico de drogas e incluso desempeñan labores de sicarios, y que extorsionan y amedrentan a las sociedades de varios países de Centroamérica, sobre todo Guatemala, Honduras y El Salvador. Isabel Muñoz logró entrar en seis hacinadas y peligrosas cárceles de El Salvador -cuatro de hombres y dos de mujeres; desde el penal de alta seguridad de Zacatecoluca hasta Ciudad Barrios- gracias a ganarse la confianza de los líderes y a un trato: "Vengo a retratarlos como guerreros".

Eso excitó su orgullo y sus poses. Ellos suelen hacer las cosas a lo macho. Y éste era un caso nuevo, distinto, para alardear de su valentía. Mirar fijamente la cámara y exhibir sus marcas de guerreros del siglo XXI. Isabel Muñoz tuvo que dejar de lado prejuicios y juicios, la repugnancia que provoca acercarse a la piel y la mirada de criminales que han cometido múltiples asesinatos sin pensárselo dos veces. En las celdas les enseñó su trabajo del pueblo surma de Etiopía; les explicó cómo también ellos, guerreros de hoy, pero anclados en otro tiempo, usan los tatuajes del cuerpo para expresarse. Esa definición de guerreros, quizá sentirse por una vez con una identidad y un sentido para el mundo; el permiso del líder del grupo, sin el que no se hace nada, y un truco tan simple como efectivo, hablarles del fútbol español, del Real Madrid o del Bara, equipos de los que son fervientes seguidores, sirvieron para descorrer rejas y entrar en un olor denso a hombres encerrados, violentos y sin nada que perder; colocar una tela blanca como fondo, absurda en ese ambiente, pero neutral, dignificante, y disparar y disparar. Y por una vez en su vida, les llevó a ellos a quedarse quietos y dejarse disparar, a posar en un trabajo valioso, inédito, arriesgado. "A veces, sí, sentí miedo. Porque detrás de la mirada de algunos no conseguía ver nada".

La vida en la piel

"Prácticamente no hablábamos", cuenta Muñoz. "A mí, como mujer, me despreciaban. Y además intuía que si les preguntaba mucho de sus vidas surgía la sospecha y podía llegar un momento en que dijeran: se acabó. Tenía que hacerles ver que lo que realmente me interesaba era el lenguaje de sus cuerpos. Un lenguaje que se está perdiendo, porque las leyes antimaras permiten detener a un joven por el mero hecho de llevar tatuajes, sin más cargos".

Tatuajes que son sus currículos. Aunque con interpretaciones no siempre fijas. Calaveras. Serpientes. Tumbas que se amontonan en su piel y en las paredes de sus celdas: son sus chicos, sus homeboys, sus homis, sus compañeros de clika (grupo dentro de la mara, una especie de célula) que están hule (muertos). Mujeres desnudas en poses provocativas, escenas de sexo: un código de la cárcel; son dibujos que se marcan en las celdas, y cuantos más haya, más experiencia carcelaria. A fin de cuentas, para muchos mareros, acabar en un penal es como graduarse, pasar a su particular universidad. Iconografía católica de cruces y vírgenes inquietantemente enredadas con el diablo. Telarañas que son sus vidas, sus marañas. Sus madres. Los nombres de la mara, la M-13, o Salvatrucha (salva, de salvadoreño; trucho, de espabilado, de andar listo) o MS, y sus enemigos, la M-18, repetidos hasta abigarrar los músculos, con números y con letras, con números romanos y con letras góticas, guiños de guerreros medievales. El payaso de carcajada grotesca, que muestra la doble vida: alegría de cara al exterior, con los compañeros de la clika, y amargura por dentro. Y las lágrimas tatuadas, con toda su leyenda: para unos significan asesinatos; para otros, gente querida que se ha ido. En todo caso, iconos de muerte. Sus únicos principios: vivir la vida loca despreciando la vida, la propia y la de los demás. Isabel Muñoz: "Es lo que más me impresionó. La muerte es su única religión. La muerte para ellos es una liberación. Supone dejar de sufrir".

"Fue duro", continúa. "Hay algunos, los misioneros, los que han dedicado su vida a cumplir misiones de muerte, encargos para matar a decenas de batos, de muchachos, sólo por pertenecer a otra pandilla, o por traicionar la propia, que no son capaces ni de sostenerte la mirada". Pero en ese proceso de mirarles a la cara, de mantener sus ojos enmarcados en el objetivo, sus frentes y mejillas definitivamente marcadas para señalar la pertenencia a un grupo que de pequeños les prometió seguridad frente a un entorno que no les daba nada…, en ese viaje desde la estética de sus cuerpos dibujados hasta su interior, Isabel Muñoz se asomó al abismo: "A pesar de todo, ves que son personas, y continuamente me preguntaba, me pregunto, cómo serían esos hombres, bloqueados por la violencia y las drogas, cómo serían si de pequeños hubieran visto otras cosas, hubieran tenido acceso a otras motivaciones, otras oportunidades. Y me siento hasta culpable por descubrirles un alma y dotarles de una dignidad en mis fotos, pero me pregunto que habría hecho yo de encontrarme en su lugar. En un entorno destrozado sólo encuentran afecto, al menos algo de afecto y solidaridad, en la mara. Se ven arrastrados, y luego ya no hay salida".

De los niños de la calle a las maras hay sólo un pequeño tobogán. No es un juego, es una pequeña pendiente que marca la vida. Tor Trix, líder de una de las clikas de la Salvatrucha en la capital guatemalteca, comentaba el año pasado en la prensa de ese país: "Mira, bato, el rollo aquí es sencillo; sólo se trata de vivir la vida…, la vida loca. De vivir el día a día, de hacernos el paro (apoyarnos) entre todos los batos; el resto de la banda (gente) pela (no importa); de ellos tenemos que vivir nosotros y se tienen que aguantar". En otra entrevista en Clarín de Argentina, El Satanás, de 19 años, jefe de una clika en Tegucigalpa, contaba: "Broder (hermano), acá es así, a hierro. Matas o mueres". En otra entrevista en La Prensa de México, El Carnalito, de 15 años, miembro de una clika de Tapachula (México, frontera con Guatemala), la de Los Más Locos, cuenta, mientras aspira pegamento de una bolsa de nailon: "He recorrido todo México en tren con los que van en busca del becerro de oro (Estados Unidos), y los que se resistieron a darnos para el bajón o puro (comida o drogas), ya no lo cuentan". Se jacta de haber matado a seis. "La mara es mi vida, carnal, es lo único que tengo y tendré en este apestoso mundo. Mi madre era una gran puta que me abandonó con diez años en un prostíbulo. Me violaron, pero después, con mis homies, me vengué. Me llamaba José, pero creo que nunca supo quién de tantos hombres con los que tenía relaciones era mi padre. Varias veces oí, cuando tomaba y fumaba piedras (dosis de crack), que había abortado cinco veces".

Josué, de más de 30 años, líder del penal de Chalatenango, en El Salvador, donde dos pandilleros fueron asfixiados en la ducha hace poco, declaraba hace un año en un reportaje: "Ni me enjabonaba la cara para no dejar de ver ni un instante".

La tribu

Y el niño de la familia rota de un barrio hecho de barro se convierte en un grano más de esa marabunta depredadora que arrasa lo que encuentra a su paso, otra hormiga carnívora con el cerebro embotado por la sangre y las drogas. Por el bazuco (o porquería), la droga más adictiva, mortífera y barata; restos de la cocaína base, la escoria de su proceso de transformación, que destruye el tejido cerebral de forma irreversible. Pasta base, como se la conoce en Uruguay.

Castigo y más castigo

Con las leyes de Mano Dura y Super-Mano Dura, promulgadas en Honduras y El Salvador en 2003 y 2004 más con intereses electoralistas que de eficacia social, se encuentran entre la espada y la pared; sólo se les da a elegir entre la mara y nada. Lamentable encrucijada entre nada y nada.

En la prensa extranjera no se da cuenta habitual de los enfrentamientos, pero a veces trascienden noticias que hielan la sangre. Día 21 de septiembre de 2005: "El asalto de pandilleros a un correccional guatemalteco deja 14 muertos y diez heridos graves. Las autoridades contaron que dos de los fallecidos fueron degollados y que una de las cabezas aún no había aparecido". Las cifras son escalofriantes: se habla de entre 50.000 y 250.000 mareros en México, Estados Unidos y Centroamérica, y de hasta 15.000 víctimas por año a manos de la marabunta. El problema se ha traspasado en esta década a los países centroamericanos, porque Estados Unidos, una vez que aprendieron allí, inició una política de deportación para negar que el problema sea suyo. En los primeros siete meses de 2006 envió a El Salvador 1.515 jóvenes con antecedentes penales, un 30% más que en el mismo periodo de 2005.

La llave para que Isabel Muñoz entrara en la vida loca, en ese mundo demencial de violencia tatuada, se la dio Pepe Moratalla. Es una de las personas que mejor conocen a los mareros de El Salvador; un salesiano nacido en España hace 58 años que ha puesto en marcha el polígono industrial Don Bosco, en Las Iberias, uno de los barrios más problemáticos de San Salvador, donde trabaja en la educación y búsqueda de salidas de 600 chavales, muchos ex mareros, muchos en cumplimiento de condena. El padre Pepe, que ha logrado el respeto de los líderes de las maras, la policía y las ONG, insiste en que el poder destructor de las maras, "como el de Satanás", es la oscuridad, el reino de las tinieblas: "Para atajar un mal hay que hacer un diagnóstico serio, profesional. Y no lo tenemos. Hasta ahora, lo único que se ha hecho es un acercamiento sensacionalista desde los medios de comunicación, morboso, o a través de las leyes represoras, sin promover medidas de reinserción. Son leyes inadecuadas de sociedades que han fracasado. Estamos hablando de muchos miles de jóvenes, que son los que han de construir una sociedad, un futuro. Están deshaciendo las juventudes de países enteros. Es muy serio. Y no se actúa". En Centroamérica, más del 50% de la población tiene menos de 24 años.

Ese interés por dar luz al diablo es el que llevó a Moratalla a colaborar con Isabel Muñoz, a tratar de que estos retratos devuelven la dignidad humana a los retratados, para ponerles miradas y caras a la telaraña, a la maraña de la mara, a las tinieblas de la marabunta.

Las pistolas de Guatemala

JOSÉ ELÍAS, EL PAÍS DE MADRID

Fruto tardío de los conflictos que ensangrentaron Centroamérica en la década de los ochenta, un floreciente mercado negro siembra de armas la región. Sólo en Guatemala se estima que están en poder de particulares, sin ningún registro, entre 2,5 y 3 millones. A lo anterior se suma un nuevo fenómeno: la fabricación artesanal de escopetas por parte de las maras, responsables, según las autoridades, de por lo menos el 70% de los asesinatos en el país.

En una de las 55 tiendas autorizadas de la capital guatemalteca, donde cualquier ciudadano mayor de 25 años puede adquirir una, alguien pregunta por el valor de una pistola calibre 3,80. Uno de los clientes se le acerca y comenta: "No compre juguetes. Como están las cosas en Guatemala, hay que usar magnum o 45". En estas armerías se puede comprar un revólver o pistola desde 300 dólares. El límite de munición que se venden a un particular es de 500 por día.

>Un gallinero lleno de zorros

JOSÉ ELÍAS, EL PAÍS DE MADRID

Se siente la presencia del diablo". Arturo, nombre ficticio del protagonista de un accidente de tráfico, describe con horror su llegada a una cárcel guatemalteca. Nada más traspasar la "puerta maldita", dos miembros del comité de orden -integrado por reos, normalmente los más crueles y con largas condenas por su récord criminal- le condujeron hasta el pabellón donde quedaría recluido. En el transcurso de la caminata, de apenas 300 metros, le quitaron el reloj y los zapatos, ante la indiferencia del guardia que les acompañaba. Fue sólo la primera de una serie de vejaciones. Una vez en el pabellón, el jefe del sector le obligó a desnudarse. Mientras otros registraban su ropa en busca de objetos de valor, quien estaba al mando le sometió a un aberrante registro físico para ver si llevaba dinero o drogas ocultos en el cuerpo. Como éste fue negativo, sufrió una primera paliza y se le dio a conocer un listado de obligaciones: tenía que levantarse temprano para hacer la talacha (limpieza de sanitarios y celdas, en la jerga carcelaria); si quería un colchón y mantas, tendría que pagar por ello, y su acceso al rancho estaría condicionado a pagos a esa mafia de reos que impone su ley a los compañeros de infortunio.

Quienes se comprometen a pagar la extorsión están libres de esas tareas y, de acuerdo a sus posibilidades económicas, consiguen no sólo comodidades, sino acceso a licores, drogas y hasta prostitutas. Su seguridad física y el respeto a objetos como radios, televisores o teléfonos móviles, están garantizados por guardaespaldas que, es preciso decirlo, observan un celo y una fidelidad absolutas hacia su protegido.

La ferocidad de los internos y las redes del crimen organizado han provocado que Guatemala sea uno de los países donde se han registrado los más espeluznantes motines de la historia carcelaria de Centroamérica. Muchos han estado protagonizados por la rivalidad entre las maras: en agosto de 2005, un enfrentamiento entre las maras Salvatrucha y 18 causó 36 muertos y 60 heridos.

El hecho de que las autoridades hayan cedido el control interno a los prisioneros se traduce en que las 571 cárceles guatemaltecas, que albergan a 6.950 reos, lejos de cumplir con su misión de educar a los presos para devolverlos como ciudadanos productivos a la sociedad, son auténticas universidades del crimen. Raterillos de poca monta se han convertido en asesinos consumados tras su paso por las penitenciarías, donde sobrevivir bajo la ley de la selva es el primer gran reto para los detenidos, en un ambiente donde los derechos más elementales de las personas son conculcados con total impunidad.

Esta situación, en palabras del director del Sistema Penitenciario de Guatemala, Alejandro Giammattei, es consecuencia del abandono de la red carcelaria por parte del Estado, especialmente a partir de 1990. Esto ha generado un vacío de poder que se ha traducido en el imperio de las mafias en el interior de las cárceles. Estas bandas han pasado de explotar a los reos más débiles a formar redes de tráfico de alcohol, drogas, prostitutas e incluso armas en el seno de los presidios. El crimen organizado adquiere auge porque sus jefes pueden ordenar acciones desde el mismo interior de las celdas.

De bato loco a líder de la clika

JOSÉ ELÍAS, EL PAÍS DE MADRID

Detrás de los tatuajes que cubren los cuerpos de los mareros, existe una sofisticada estructura organizativa y jerárquica que rige a las maras, para profesar su propia religión: "vivir la vida loca".

No cuentan con líderes únicos e indiscutibles, y tampoco profesan adoración o respeto a ningún "dios todo poderoso", pero sí conducen su existencia bajo una filosofía cuyo principal fundamento es el desprecio a la vida... a la propia y a la de los demás.

"Eso de que nuestros jefes son los cholos de Los Ángeles, son pajas (mentiras)", explica Tor Trix, líder de una de las clikas más peligrosas de la capital guatemalteca. Los Gánsters, como se denomina la clika, es una de las más de 300 ramificaciones que tiene en Guatemala la Mara Salvatrucha.

El Tor Trix pasó a dirigir esa agrupación a finales de 2003, cuando el Chero, un pandillero de origen salvadoreño y fundador de la clika, fue abatido a tiros por un rival de la mara 18.

Para convertirse en el sucesor de el Chero, relata este pandillero de 23 años, le bastó con haber asesinado a "unos 18 batos" de la mara 18 desde 2001, cuando se incorporó a Los Gánsters tras ser deportado de Los Ángeles, a donde viajó de forma ilegal y donde se "profesionalizó" en "vivir la vida loca".

"La neta (verdad) es que no cualquiera puede llegar a estar arriba. Para eso se necesita tener huevos, para que te respeten, te quieran y te cuiden", dice al explicar que su clika está organizada en 11 células distribuidas en igual cantidad de territorios en el norte de la capital guatemalteca.

Cada célula, detalla, tiene un jefe, nombrado por él y reconocido como tal por todos los batos, que se encarga de garantizar que sus integrantes respeten los que quizá sean los únicos principios que para ellos valgan la pena: lealtad y solidaridad.

El peor delito que un pandillero puede cometer en perjuicio de la pandilla es abandonarla e integrarse a su archirrival, la mara 18. Ese acto es considerado como "la máxima traición", y se paga con la vida, que se ejecuta sin mayor trámite y de forma despiadada. Igual suerte corren aquellos que se atrevan a negar apoyo, droga, comida, dinero, protección o algo que esté a su alcance y que no proporcionen "de buena onda" a sus compañeros.

Y es que la mara es "como una hermandad", o como una secta religiosa en la que se les hace creer a sus integrantes que formar parte de ella los hace ser "diferentes" al resto de la gente, según Tor Trix, quien con estudios de bachillerato, cual tuerto en el país de los ciegos, sabe imponerse ante los "batos locos" como si de su líder espiritual se tratara.

Diferentes, pero tan transnacionales como la globalización misma, las maras han trascendido fronteras más allá de Los Ángeles, México y Centroamérica, y con la misma filosofía de vida han establecido clikas en países tan lejanos como Australia, Japón y Alemania, asegura Tor Trix.

Sus códigos de comunicación, lenguaje, estructura organizativa y filosofía de vida han llamado la atención de investigadores sociales que buscan "descubrir" sus significados y fundamentos, sin que hasta el momento, según el entrevistado, "le hayan entrado bien a nuestro rollo".

"Mira bato, el rollo aquí es sencillo: sólo se trata de vivir la vida... la vida loca. De vivir el día a día, de hacernos el paro (apoyarnos) entre todos los batos; el resto de la banda pela (no importa), de ellos tenemos que vivir nosotros y se tienen que aguantar", resume.

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MURAL. Dos miembros de la mara Salvatrucha muestran sus tatuajes frente a un mural de su pandilla en una cárcel de Tegucigalpa, Honduras.
Foto: AFP
ARMAS. Miembros de Salvatruchas detenidos con un rifle automático, escopetas, carabinas y pistolas.
Foto: AFP
FUGADO. Rahan Osiris Ramírez de la 18, recapturado luego de fugar de prisión.
Foto: AP
SALVADOREÑOS. Miembro de la mara 18 en Soyapango. (El Salvador)
Foto: AFP
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