JUAN G BEDOYA, EL PAÍS DE MADRID
JRGEN HABERMAS (Düsseldorf, Alemania, 1929) es uno de los grandes filósofos contemporáneos. Sus posiciones bioéticas, sobre política europea o contra la guerra de Irak, le colocan en primera línea como intelectual comprometido. En enero de 2004 debatió en Múnich sobre los fundamentos morales prepolíticos del Estado liberal con Joseph Ratzinger, antes que el inquisidor romano fuese elegido Papa. Su obra Entre naturalismo y religión acaba de publicarse en España.
Pese a sostener aún hoy que "la vida de un filósofo es pobre en acontecimientos externos", Habermas, que cumplió 77 años, lleva décadas en la cresta de la ola, esta vez a cuento de una polémica desagradable para él: la acusación de que se relacionó con el nazismo, insinuada en la autobiografía del historiador Joachim Fest Yo, no. ¿Acaso sirvió Habermas a los 16 años en el Ejército alemán en la II Guerra Mundial, como hizo el papa Joseph Ratzinger, dos años mayor? El filósofo ganó el pleito que inició contra Fest por difamación, y despacha el asunto casi con displicencia, absolutamente tranquilo.
-No tengo más remedio que preguntarle por el pleito que le ganó a Fest. ¿Qué sensaciones tiene?
-Diré sólo que el Tribunal Superior de Hamburgo ha prohibido a la editorial Rowohlt, a petición mía, la difusión del pasaje correspondiente por ser intencionadamente difamatorio.
-En su último libro parece reducir su no relación con el nazismo a una mera cuestión de edad. "Tuve la suerte de un nacimiento tardío", dice. ¿Tan sencillo como eso?
-Únicamente he mencionado la feliz circunstancia de que nosotros éramos lo bastante mayores como para poder recordar aún nuestra juventud bajo el régimen nazi, pero demasiado jóvenes como para poder hacernos culpables de los crímenes de ese régimen. Pero reflexiones de este tipo no disculpan a quienes en aquella época se convirtieron en criminales o en cómplices. Lo peor de nuestro gravoso pasado estriba en la circunstancia de que un régimen obviamente criminal fuera respaldado durante tanto tiempo por una parte tan amplia de la población.
- Usted ha dicho que "en los puestos oficiales los intelectuales dejan de ser intelectuales".
-Existen magníficos ejemplos de intelectuales que al mismo tiempo han ocupado cargos, como André Malraux, Octavio Paz o Jorge Semprún. Pero, en la medida en que hablan por un partido o por un gobierno, cambian de lado. Nada se puede objetar a esto.
-Usted debatió hace dos años con el entonces cardenal Ratzinger. Meses después el teólogo dogmático fue aupado al pontificado. ¿Mejorará la relación de esa poderosa Iglesia con la modernidad?
-Me parece elogiable que el papa subraye la racionalidad de la fe cristiana. Pero en su discurso atribuyó este mérito a la helenización del cristianismo y a su relación con la metafísica griega. Esto contiene una doble provocación. Por un lado, la modernidad piensa más bien posmetafísicamente. ¿Debemos, pues, volver más atrás de estos modos modernos de pensar? Por otro lado, la imbricación de la racionalidad de la fe cristiana con una vía filosófica específicamente occidental también plantea la pregunta por la exclusividad del acceso a la fe: ¿no hay caminos, en otras tradiciones, que conducen a una fe "racional", compatible con la renuncia a la violencia propia de la democracia y de los derechos humanos?
-Se le creía a usted, como diría Max Weber, un filósofo "carente de oído musical para la religión". ¿Qué escucha ahora, ante las nuevas convulsiones entre religiones y culturas?
-Ciertamente, soy amusical ante la religión, como Weber. Pero en mi opinión, en la esfera pública política los ciudadanos seculares y religiosos, como miembros de la misma comunidad política, deben abordarse con respeto mutuo y disposición a aprender recíprocamente, es decir, con los oídos abiertos. No creo en un choque inevitable de civilizaciones. Combatir el odio y la violencia exige una autoconciencia tranquila, no afán de provocar. En la misma medida en que la guerra contra el terrorismo no es una guerra, tampoco ese imaginario islamofascismo es una magnitud espiritual que nos amenace.