Sábado | 02.12.2006
Montevideo, Uruguay | 09:32
 Que Pasa
adriana faranda, de 56 años, fundadora en 1973 de "Lucha Armada del Poder Proletario" y luego dirigente Nº1 del grupo terrorista "Brigadas Rojas" de Italia
"Pedir perdón a las víctimas sería otra forma de violencia"
La ex guerrillera se arrepiente de los secuestros y asesinatos que cometió en los `70. Dejó que sus víctimas la insultaran en la cara y les regaló una casa.

ENRIC GONZÁLEZ, EL PAÍS DE MADRID

En 1978 participó en el secuestro y asesinato del dirigente democristiano Aldo Moro. Faranda no estaba de acuerdo con la ejecución y abandonó la organización terrorista. En 1979 fue condenada a cadena perpetua. En la cárcel participó en el proceso de disociación que extinguió los grupos armados italianos nacidos en los setenta. Renunciaban a la lucha armada y confesaban sus delitos, pero sin denunciar ni implicar a ninguno de sus ex compañeros y sin renunciar a su ideología, lo que les distinguía de los arrepentidos y de quienes colaboraban con la Policía para reducir la condena. Faranda, en libertad desde 1995, acaba de publicar El vuelo de la mariposa, relato sobre la fallida revolución.

-El escritor Erri de Luca dice que, a pesar de que pasaron 30 años, la herida no empezará a cerrarse hasta que un indulto clausure ese pasado.

-Quizá tiene razón Erri. No debería darse una amnistía, creo, porque supondría la cancelación de los delitos, pero sí un indulto, que cerraría el capítulo incluso para quien sigue en la cárcel porque no ha querido arrepentirse ni disociarse. Pero indulto sin revisión histórica sería insuficiente.

-La disociación funcionó muy bien.

-En las cárceles muchos compañeros, entre los primeros Valerio y yo, nos dimos cuenta de que la lucha armada no era un instrumento válido para transformar la sociedad. Pusimos en duda uno de los principios del marxismo-leninismo, que el fin justifica los medios. Las Brigadas Rojas eran un grupo clásico, fiel a la dictadura del proletariado. Veíamos que nuestra lucha armada se había convertido en una guerra privada entre nosotros y el Estado, sin relación con las condiciones de vida de aquellos a quienes supuestamente dábamos voz.

-¿Cómo se vivió la disociación en el interior de las Brigadas Rojas?

-Para nosotros no eran importantes las posiciones individuales, sino conseguir que la lucha armada fuera desprovista de legitimidad. No queríamos actuar en términos militares, como los arrepentidos, que permitían que se detuviera a otras personas y que la lucha armada fuera frenada por la vía militar. Nos interesaba acabar con la lucha armada en términos políticos.

-Se dividieron en tres: ¿arrepentidos, disociados e irreductibles?

-Sí, los irreductibles se limitaban a reconocer errores tácticos coyunturales y hablaban de `retirada estratégica`, para justificar el fin de las operaciones armadas sin renegar de su pasado. Querían llegar a un enfrentamiento armado con el Estado, pensaban que la guerra no había terminado.

-¿Hubo después relaciones entre disociados e irreductibles?

-No he tenido contactos con nadie de aquella época. No por precaución, porque incluso quienes no se disociaron de la violencia quedaron, en la práctica, disociados.

-Usted, al salir de la cárcel, quiso hablar con familiares de sus víctimas.

-Tuve contactos con familiares de mis víctimas con la intermediación de personas religiosas. Querría recordar a sor Teresilla, recientemente desaparecida.

-¿Es usted religiosa?

-Estudié en colegio de monjas y llegué a la universidad en el 68... En situaciones difíciles me he encontrado rezando. Creo que no todo se acaba aquí.

-¿Por qué quería hablar con sus víctimas?

-Quien ha cometido errores irreparables, que han provocado dolor inmenso a otras personas, desea expresar su amargura. Pedir el perdón de las víctimas sería una nueva forma de violencia: ponerles ante el dilema de perdonar o no añadiría dolor al dolor. Nos acercábamos porque así podían echarnos en cara su propio dolor.

-¿Cuántos ex terroristas se reunieron con sus víctimas?

-Digamos que unos seis o siete.

-¿Qué sacaron ustedes del gesto?

-Nos reforzó en nuestra convicción de eliminar la violencia. Y nos dio esperanza para salir adelante sin que nos aplastara el peso de todo lo que habíamos hecho.

-Usted tuvo un gesto económico.

-Yo tenía una casa. Cuando recuperé la facultad legal de comprar y vender, como algunas familias de las víctimas sufrían dificultades porque el Estado no había pagado aún las indemnizaciones, pensé que era justo ayudar. Vendí la casa y repartí lo que obtuve entre las víctimas a través de un sacerdote, don Di Liegro. Entregué la suma a Caritas y la organización lo distribuyó de forma anónima entre las familias.

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