En el horario vespertino de la escuela 204 se desarrolla el proyecto "La ciudad perfecta" que lleva adelante el educador especial Freddy Núñez, con la colaboración de las maestras Elizabeth Cuello, Alejandra Curato, Karina Fernández y Mariana De Mori.
"Trabajan en el concepto de una ciudad perfecta donde puedan ser felices y no les falte nada", dice la directora María Inés López. "Tocan todas las áreas: matemáticas y geografía porque están haciendo una maqueta con escalas y mediciones, la parte motriz la ejercitan cortando y serruchando una madera compensada y construyen las casas en manualidades. Están trabajando en ciencias porque les quieren poner electricidad (han probado testers), los de nivel cuarto están estudiando el agua, los de quinto la electricidad. Todos trabajan valores: aprenden normas de tránsito y de convivencia, en definitiva".
El proyecto escrito establece que el "campo de acción" es el "relacionamiento a través de talleres lúdicos, recreación, musicoterapia, deportes, construcción de juegos (con clavos, martillos, madera y material que se pueda reciclar y tenga un contenido ambientalista), informática, electricidad y lo no curricular, que motiven y estimulen el aprendizaje académico, conocer las pautas y reglas del buen comportamiento, reforzando así la tarea docente".
La tarde de visita para esta nota estaba prevista la primera salida de paseo de los niños de la tarde. El destino era la sucursal más cercana de Tienda Inglesa (Batlle y Ordóñez 3770), por lo cual debían caminar varias cuadras cumpliendo estrictamente las normas aprendidas en varios meses de clases. A saber: no debían levantar papeles del piso (la norma, para ellos, no es "no tirar papeles al piso"), no tocar timbres, no dialogar con la gente que pasa, cruzar semáforos sólo en verde y no revisar lo que hay dentro de contenedores de basura, por ejemplo.
Un alumno se autoexcluyó del paseo. Fue Quique, el niño de 10 años que en un ataque de ira quiso atacar a un compañero primero y a un docente después. es el mismo niño que fue violado cuando tenía 4 por un padrastro, con una conflictiva relación con su madre y varias fugas del hogar de INAU (donde ahora está nuevamente). Quique no quiso ir a Tienda Inglesa porque temía tentarse y robar.
Todos los demás, una decena de niños de 9 a 13 años, estaban fascinados. Hacía más de un mes que los docentes venían planificando la salida a Tienda Inglesa, como quien planea el viaje de fin de cursos escolar a Punta del Este, pero irían a 11 cuadras de allí. Núñez y las maestras se tomaron un mes para la instrucción de las mencionadas reglas de comportamiento en el trayecto.
Federica, de 11 años, estaba enojada y no quería ir. O al menos eso decía. Según Núñez, eran solo celos porque quería ir a su lado, pretendía una atención especial. Otros dos niños no paraban de pelearse, tanto que al llegar a General Flores y Luis A. de Herrera, antes de cruzar el semáforo frente al monumento a Herrera, uno de ellos le propinó un golpe tan fuerte al otro, que el segundo desistió y dijo que no seguiría adelante. Con la anuencia de Núñez volvió a la escuela.
Alberto y Valentín, en tanto, mantenían otro duelo personal para ver quién llamaba más la atención, quién amenazaba más veces a los docentes con abortar el paseo, quién intentaba zafarse con mayor vehemencia de la mano del maestro cuando éste intentaba acercarse para apaciguarlos. Fue empate.
El primero se portó tan mal que lo reprimieron haciéndole ver que no volvería a salir en un próximo paseo.
Cuando los tres docentes y los alumnos de la escuela 204 llegaron al hipermercado fueron interceptados por una encargada que les avisó que debían haber pedido autorización con anticipación, para que una guía les mostrara las instalaciones del centro comercial. Núñez se ofuscó y empezó a protestar diciendo que eso era "antidemocrático" y que venían como meros clientes, como cualquier otro.
La encargada habló con alguien por teléfono y los dejaron pasar. Los niños sacaban las pelotas inflables y se las pasaban, corrían por los pasillos y demostraban su enorme curiosidad infantil.
Lo maravilloso, para ellos, fue llegar a los productos electrónicos para el hogar. Mientras ocho de los niños se tiraron al piso para ver Las Crónicas de Narnia en una televisión de 36 pulgadas (y adultos que hacían compras los miraban incrédulos), otros tocaban una y otra vez los monitores de pantalla plana, asombrados porque dejaban su huella y la impresión de sus dedos quedaba marcada por un instante.
Pasaron por las cajas sin haber comprado nada, y aunque hubo miradas sospechosas de algunos empleados, nadie se animó a pedirles que mostraran los bolsillos de las túnicas. Eso sí, se llevaron unos 30 suplementos gratuitos con ofertas.
El regreso a la escuela fue más tranquilo. Pero no mucho más.