Sábado | 25.11.2006
Montevideo, Uruguay | 10:08
 Que Pasa
Capturando desertores del sistema escolar
Maestra a domicilio

La escuela especial 204 cuenta con docentes itinerantes que en representación de la institución visitan las zonas centro, este y oeste, llegando a escuelas de la periferia montevideana para aplicar el método pedagógico-conductual con niños difíciles. La maestra María de los Ángeles Refresquini, por ejemplo, atiende chicos de la escuela 149 del Cerro o 327 de Casabó. Son niños que en lugar de tomarse tres ómnibus diarios ida y vuelta para ir a la 204, se van a las otras porque les quedan más cerca.

En la 149 Refresquini tiene un proyecto para insertar adolescentes desertores del sistema de educación formal. El mismo se instrumenta con talleres de peluquería, carpintería, y hasta de malabares ("para darle otra mirada a eso que vemos mucho en las esquinas para ganarse la vida, sería como darle un vuelo artístico", dijo la directora de la 204, María Inés López).

La educadora Analía Macedo previene que niños en edad preescolar lleguen en un futuro a ser matriculados en la 204. Trabaja regularmente en el jardín de infantes 234 pero visita otros en la zona centro, en procura de identificar casos de mala conducta. "Aunque parezca mentira ya hay casos de violencia constatada en etapa preescolar, que antes no se veían", dijo López.

También está la maestra Virginia Bueno, quien además de trabajar en una escuela de Camino Maldonado, coordina con la Unidad de Diagnóstico Integral (UDI), el programa Todos los Niños Pueden Aprender y policlínicas del este para identificar casos de niños agresivos y de mala conducta, para luego atenderlos. Además, visita a Brian.

No todos los alumnos de la 204 van a clase. Brian ya no concurre porque pone en peligro la débil armonía del aula. Veamos: los alumnos del "Pequeño Comcar" van a esa escuela porque son un peligro potencial en cualquier escuela normal, y Brian, que antes iba a la 204, ya ni siquiera va a la escuela… por el mismo motivo. La maestra Bueno le da clases a domicilio dos veces por semana en su casa de la Unión.

El día de la visita para esta nota, acompañando a la maestra, Brian estaba por demás impaciente. Habían pasado las 14 horas y la maestra no había llegado (era motivo suficiente para semejante ansiedad). "¿Qué onda contigo?", fue lo primero que dijo al cronista, ni bien bajó del auto. Y ofreció su mano para estrecharla.

Por demás excitado, le resultó muy difícil a la maestra mantenerlo concentrado y lograr que respondiera preguntas o realizara ejercicios escritos. No quiso que se le pregunten cosas a su abuela. Después se negó a pensar la posibilidad de concurrir alguna vez a la escuela con el fin de readaptarse para su reintegro en 2007, cuando tenga 13 años. Beto sólo quería comer galletitas, tomar un té y probarse los lentes de sol del visitante.

En el único momento que se distrajo y le prestó atención a la maestra, su abuela Élida contó que ella lo crió desde chiquito a base de leche de vaca y gotitas de limón en la mamadera cuando no podía amamantarlo, luego de que su madre lo abandonara en un contenedor de basura. Élida y su hija, la madre de Brian, han estado distanciadas, pero en los últimos meses han vuelto a verse. La tutora del chico dice que su hija siempre tuvo hombres inconvenientes a su lado.

Élida tiene más de 70 años y hace limpiezas como empleada doméstica, ocasionalmente. Ese es uno de los motivos por los cuales Brian no concurre a la escuela: la abuela no lo puede llevar y no se anima a dejarlo ir solo porque teme que se duerma en el ómnibus como efecto secundario de las medicaciones psiquiátricas, o bien que haga otros amigos ("él es muy dado") y no llegue nunca a la escuela.

Cuando hay partido de fútbol en el estadio Centenario o alguna otra cancha, Élida se acerca a pedir alguna moneda con una latita con una ranura, con la compañía de Brian.

El niño no conoce a su padre y extraña a su madre, aunque se siente muy a gusto con la abuela. Dice que tiene amigos en la 204, aunque después de mencionarlos, aclara que si los llegara a ver, los mataría a palos, que prefiere tenerlos lejos.

Aquel día Brian y la maestra repasaron números. Bueno le preguntó cuál es el último número par anterior al 100, y él, después de pensar muchísimo, le dijo que… 19, o 36 hasta que finalmente, muy ayudado por la maestra, dijo: 99. Costó hacerle entender que en realidad es 98, porque 99 es impar.

Después de juegos para hacerlo razonar llegó la parte divertida para Brian. A modo de premio, la maestra sacó un juego de mesa y los tres comenzamos a jugar. Con trampa ganó la primera vez, pero perdió la segunda.

Le mandó un beso al marido y a los hijos de la maestra, y le dijo que la esperaría dentro de dos días. Y al final prometió que meditaría eso de volver a la 204 una vez cada 15 días, como para irse adaptando nuevamente a encontrarse con sus ex compañeros.

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