La directora María Inés López y la maestra y psicóloga Julia Urti se reunieron muchas veces para planificar la reunión de padres donde promocionarían los festejos de los 70 años de la escuela 204 para niños con problemas de conducta. Redactaron una carta para que los alumnos les llevaran a los padres y les hicieran ver la importancia de la reunión. Además, llamaron por teléfono a las casas de muchos de ellos reclamando su presencia el día del encuentro con los docentes.
Sólo tres padres asistieron.
Uno de ellos fue José Luis Silva, de 43 años, padre de Cristian, de 13. Silva dijo que su hijo llegó a la 204 porque en la escuela de Manga, a la que concurría, "tenía problemas con los demás niños porque era hiperactivo. La maestra de la escuela tenía que dedicarle mucho tiempo sólo a él, y claro, no podía". Un psiquiatra infantil del hospital Pereira Rossell le dio el pase a la 204. "Acá tienen menos niños y pueden dedicarse a ellos".
"Ha progresado bastante. Él es medio lento… es distinto a los demás chicos, que de repente entienden más. Él está haciendo una cosa y al poco tiempo se distrae y se pone a hacer otra cosa. Pero acá viene con ganas", dijo en un salón escolar. "Antes estaba marginado, pero acá es uno más, y por suerte este año termina".
Silva es guardia de seguridad, trabaja de la una de la madrugada a las 9 de la mañana y gana 4.200 pesos por mes. Es padre soltero: "la estoy luchando solo", dice. La madre de Cristian lo abandonó cuando tenía un año y su hermano Alexis, hoy el cocinero del hogar, tenía 6 meses. Quienes oficiaron de "madres" de los niños fueron la abuela y la bisabuela paterna.
Elizabeth González está sentada al lado de Silva. Es la mamá de Maikol, de 10 años. Ella cree que el niño, desde que está en la 204, maduró mucho. "Antes era desastroso. Estaba en la 226 del Cerro. En primer año pasó más suspendido que en clase. Le pasaba lo mismo que le pasó al padre de él cuando era niño: se paraba, se sentaba, agarraba un lápiz, lo tiraba, insultaba… era terrible".
Maikol no llegó a vivir con el papá, que lo dejó cuando tenía apenas dos meses. Sin embargo, cuando creció lo conoció. El chico insistió tanto para conocer al padre que un día la madre se lo presentó. "Si le interesa, que venga él a buscarme a mí", le contestó el niño y nunca más lo volvió a ver.
La semana anterior a la reunión de padres Maikol le pegó sin querer un golpe en el estómago a la maestra Elizabeth Cuello, que debió ir a atenderse a una emergencia. Le había dado una crisis nerviosa, Cuello intentó calmarlo y recibió el golpe. "Ellos quieren hacer su voluntad, entonces no miden fuerzas", dijo la madre, generalizando.
El niño está medicado desde los 4 años. Durante años tomó Ritalin y ahora toma Carbazepina 400, otro ansiolítico que termina en "pina" y cuyo nombre la madre no recuerda, más otro medicamento para la angustia porque "él es muy cerrado, no cuenta sus problemas y llora en silencio".
La madre de Maikol está muy contenta con la escuela 204, y dice que los niños son muy concientes de por qué están ahí. "Cuando entra un chico nuevo, viene y me cuenta: `mamá, entró un niño que no tiene mamá`. Se apoyan entre ellos porque muchos ven lo que les pasó a ellos", piensa González.
"Estos niños se negaban a ir a las anteriores escuelas y a ésta se mueren por venir. Maikol toma dos ómnibus para venir y otros dos para volver, y vienen aunque la maestra de ellos no venga".
González trabaja 11 horas por día en una empresa de limpieza y gana 4.500 pesos. Pasa tanto tiempo fuera de casa que el chico la extraña y la cela, cuando la ve con su actual pareja.
A su lado, sentado en un banco de escuela, hay otro González. Se llama Ruben Carlos González y es padre de Gabriela, una niña de 11 años. Gabriela sí tiene la suerte de vivir con sus dos padres y tres hermanos en la Gruta de Lourdes. Antes iba a la escuela Los Junquillos del barrio, pero era muy agresiva. Un psiquiatra del hospital Piñeyro del Campo la medicó con ansiolíticos y la derivó a la 204.
"El problema de ella es que no sabe hablar y va enseguida a las manos. Ojo, ella no es de insultar, pero quiere imponer su voluntad. Y no es así".
Así y todo está mucho mejor, dice el padre. Llegó hace tres años y hoy tiene nivel de quinto. "Acá se desarrollan como para pensar más en los demás. Están cuidados y se dan cuenta de todo". De la misma forma que Maikol es confidente con su madre, Gabriela lo es con su padre: "Ella viene y me cuenta: `hoy llegó un niño al que el padre le pega`".