JUAN MIGUEL PETTIT
Kiev, LA CAPITAL DE UCRANIA supo de la oscuridad del estalinismo, del terror nocturno de los bombardeos alemanes durante la II Guerra Mundial y del espanto de la ocupación nazi. Liberada por el Ejército Rojo, fue luego parte de Unión Soviética. Cuando esta desapareció, paso a ser desde 1991 un auténtico símbolo urbano de una transformación que no termina. Parte del país sueña mirando hacia el este, donde ve en Rusia el aliado y el camino a seguir. La otra parte sueña con la Unión Europea. Las dos fuerzas dividen al país, a los electores y al propio gobierno, que alberga en su seno fuerzas políticas centrífugas: un presidente proeuropeo, Youshenko, y un primer ministro pro ruso, Yanucovich, que apenas tienen en común el nombre: ambos se llaman Víctor. Por si pocos flagelos habían caído sobre Kiev, en los días siguiente a la explosión de Chernóbil se pensó que iba a ser necesario evacuar a sus casi dos millones de habitantes. Como otras veces, la ciudad sobrevivió. En una colina, cortada por el río Dnieper, en Kiev es posible toparse con recuerdos del pasado y recuerdos del futuro. La combinación de fuerzas en una transición democrática todavía en curso, hace que, tanto en las ferias como en el rumbo político del país, a veces se confundan unos con otros.