ANTONIO LOZANO, EL PAÍS DE MADRID
Voy a compartir un secreto con todos ustedes: todo lo que he escrito en mis novelas es verdadero, cuanto he reunido en mis memorias, falso."
Razones no le faltaban a Orhan Pamuk para no prestarse a hacer de guía de excepción en Estambul. En un país dominado por fuerzas políticas nacionalistas y en el que la libertad de expresión es un chiste malo, la resistencia del escritor a guardar silencio ante los atentados a los derechos humanos y a hurgar en los dos máximos tabúes nacionales (los genocidios armenio y turco) lo ha convertido en persona no grata para diversos sectores de la sociedad y en el blanco fijo de los amenazantes ataques de la prensa conservadora. Con un juicio por "denigrar públicamente lo turco", iniciado en diciembre de 2005 y desestimado al mes siguiente, el desencuentro tocó techo. Tres años antes, Pamuk me comentaba lo siguiente: "Me malinterpretan más en Turquía que en Europa, pues allá la gente es más provinciana, hipersensible y xenófoba. Cuando ven lo mucho que me traducen, me toman por un diplomático y enseguida se sienten ofendidos por mis textos. Los columnistas me acusan de escribir para Occidente. Con frecuencia escucho reproches del tipo: "¡No le cuentes estas cosas a Europa!" "¡Se nota que estás buscando el Nobel!". Si esto mismo lo hiciera un periodista desconocido de un pueblo de Anatolia, sería apaleado y metido en prisión".
Ahora, durante la entrevista, Pamuk dirá: "Toda la política turca se sostiene en la rabia de las clases bajas, del campesinado, de los habitantes del interior de Anatolia; se basa en agitar el conflicto entre religión y laicismo. Como cito en mi libro, no temo a Dios, sino a los que creen demasiado en él. El futuro de mi país está en la Unión Europea y todo puede resolverse con más democracia. No me da miedo la política, pero mezclar mis libros con ella es una forma de estropearlos".
El drama de Pamuk es que sus contados pronunciamientos políticos ensombrecen su obra de ficción, sin duda una de las más personales, originales, estimulantes, creativas y fantasiosas de la literatura actual, una fusión imprevisible y alegremente desconcertante de las más variopintas fuentes occidentales y orientales. Abrir El libro negro, Me llamo Rojo o Nieve no está tan lejos de perderse por los laberínticos y bulliciosos mercados de Estambul, donde late la ilusión de una potencialidad infinita de caminos extraños y objetos sorprendentes.
Uno puede reconstruir su vida, ordenar sus recuerdos, provocarle una cesárea a su memoria de muchas maneras. Pamuk recurre a su ciudad porque ésta es la forja de su identidad, uno más de sus órganos vitales. El escritor se mira en el espejo de su niñez y adolescencia, y el reflejo le devuelve calles, edificios, mercados, suburbios, ruinas, incendios, carteles, barcos atravesando el Bósforo... Paisajes, familiares y rincones que ya sólo existen en la necrópolis de su mente se alternan con las huellas dejadas por novelistas foráneos (Flaubert, Nerval) que, a su vez, se cruzan la mirada con desaparecidos referentes de la cultura local. El impacto del devenir histórico nacional en el estado anímico del alma nativa, compuesto de amargura y derrotismo, circunvala la obra, mientras Pamuk completa el puzzle de su educación sentimental y artística.
Al mismo tiempo, Estambul. Ciudad y recuerdos invita, de forma tan sugerente como desafiante, a esa medular reflexión a la que se enfrenta todo lector inquieto que recorre un libro hilvanado con la traicionera mecánica de los recuerdos (labor condenada de antemano al fracaso): desgranar qué hay de invención, idealización y pose en una narrativa de subjetividad presuntamente controlada. Sea como fuere, lo que hace único al libro es que, como en el caso del I Ching, uno puede tirar los dados y abrir cualquier página sabiendo que merecerá la pena. Pongamos la 363: "Cuando una profunda tristeza y una intensa amargura se filtran de la ciudad a mí y de mí a la ciudad, noto que ya no me queda nada que hacer: yo, como la ciudad, soy un muerto viviente, un cadáver que respira, un miserable condenado a la derrota y a la suciedad, tal y como me hacen notar las calles y las aceras. En esas ocasiones, ni siquiera me da la más mínima esperanza ver el Bósforo, que se estremece como un pañuelo por entre edificios nuevos y feos que se desploman sobre mi espíritu con todo su peso".
La expedición "¡Sí, sí, sí, nos vamos a Estambul a ver a Pamuk!" había llegado a destino en pleno período de circuncisiones y en medio de los preparativos del Ramadán. El taxista que me había llevado al aeropuerto, ex camionero que frecuentaba la ciudad, me había conminado fervorosamente a comer una escudella catalana en un restaurante situado bajo un puente no especificado, propiedad de un barcelonés.
En aras de algo más de sabor turco, llegamos al Shiny Club, un restaurante muy cool situado en una azotea con espectaculares vistas. Una fiesta privada provoca que los supervivientes de una primera y devastadora criba prosiga la noche en un bar normalucho, en vez de hacerlo en uno de rabiosa moda. Peor les va a los cuatro finalistas, quienes al solicitar consejo sobre un local típico son dirigidos a un club de salsa (quizás esto fuera, a fin de cuentas, reflejo de la multiculturalidad que azota el lugar, pues más adelante seríamos informados de que sus mejores restaurantes eran italianos).
Al día siguiente, las horas previas al encuentro con Pamuk se dedican al ejercicio mancomunado del "turisteo", consistente en colocar el calzado en bolsas de plástico, de cara a poder penetrar en Hagia Sophia y la mezquita del sultán Ahmet I, y en recabar datos curiosos de boca del guía, como que el calificativo guiri proviene de la palabra turca giri (entrada) o que la película Expreso de medianoche "no tiene verdad, porque no fue filmada por gente de aquí, sino por grecochipriotas".
Así llegamos a la suite 1109 del hotel The Grand Central Palace, donde provistos de portafolios, cafés, pastitas y botellines de agua matamos la espera poniendo en fila sus grabadoras y conjurándose para reservar las preguntas más incómodas, o sea políticas, para el final. Pamuk llega sonriente y elegante (camisa Ralph Lauren, pantalones y americana azul), estrecha manos.
"Con Estambul quería apresar con exactitud el pasado de un niño en una determinada ciudad, mas no a través de la nostalgia, porque no es lo mismo narrar bonito que ver sólo lo bonito -dice Pamuk-. Mi motor era la precisión y mi memoria, visual. Walter Benjamin escribió que hay dos tipos de libros sobre ciudades: los escritos por foráneos, que insisten en lo exótico. Y los escritos por los locales, que acaban siendo "memorialescos". Decidí construir el mío a medias con recuerdos y reflexiones. Quería bascular entre la visión de un niño de ocho años y un adulto de 50 sin que se notaran las costuras".
Y sigue: "Las diferencias sociales y de clase me han marcado más que las religiosas. El no ser más creyente, producto de pertenecer a una familia no religiosa, me generó de niño un sentimiento de culpabilidad, pero más traumático resultó ser un niño bien, y no de barrio, especialmente en los 50 y los 60, cuando dar muestras de felicidad y de riqueza era de mal gusto".
Dice Pamuk: "Dejando a un lado la pluma, el té y el café, lo que más necesito es un cierto grado de irresponsabilidad. A mí me resulta esencial para poder escribir. Necesito de esta irresponsabilidad juguetona para darle un giro a todo cuanto conforma la vida, para darle la vuelta a cualquier acontecimiento, para buscar la ironía infantil que esconde el más grave de los dramas, para organizar las sutiles ambigüedades de las que emerge la ficción. Pero ahora (a raíz del juicio) se espera que me pase el día puntualizando y puntualizando mis declaraciones. Este perdido espíritu de irresponsabilidad -esta libertad infantil- es lo que espero recuperar".
Nueve meses después de estas declaraciones, la plegaria parece sobradamente atendida con el anuncio del inminente punto y final a una nueva novela, El Museo de la Inocencia, y el proyecto de continuar convocando recuerdos en un libro que empezaría donde acaba Estambul y llegaría hasta la publicación de El Libro Negro.
Pamuk, que asegura detestar los cruceros por el Bósforo tanto como las alfombras por su insoportable hedor a turista, se aviene a emprender uno marcado por el viento y una mareja que reparte promesas de mareos no consumados. Desemboca en un palacete de segunda fila de un sultán, pero lo suficientemente bueno como para satisfacer las exigencias del monarca saudí, quien hacía poco lo había reservado para su excelencia misma y su numeroso séquito. Cenando en su restaurante con el estrecho lamiéndonos casi los pies, el traductor de Pamuk al español, Rafael Carpintero, comenta las asombrosas diferencias entre las diversas traducciones de los libros del escritor.
Pamuk confiesa que escribe con pluma y que tiene la manía de guardar todos los cartuchos de tinta que va utilizando, de cara a hacer un recuento final. También suelta un comentario sobre las colosales banderas turcas que ondean con intimidante orgullo por la urbe que, de recogerlo la prensa amarilla de su país, le garantizaría un nuevo juicio por infamias.
Recién apurado el postre, sin esperar a los cafés, abandona el salón. Pero allá afuera nos queda su Estambul. Nuestro Estambul. Estambul.