Líbano, miles de bombas después

| La guerra pasó. Y la solidaridad entre paisanos también. Ahora el desafío de los libaneses es frenar el regreso de las luchas entre las 18 religiones. La divinidad en la política y viceversa. | Un comando israelí irrumpió con furia en un negocio de Baalbek. El dato era muy correcto: estaba Nasrallah... el tendero.

JUAN MIGUEL MUÑOZ, EL PAIS DE MADRID

Los más atacados, los chiitas, son ahora los más optimistas a 100 días de la guerra con Israel. Pero en las otras comunidades que forman Líbano, desde cristianos hasta drusos, cunde el desánimo. Desde las alturas que dominan Beirut se divisa nítido el suburbio de Haret Hreik. No porque sea sencillo distinguir este barrio chiita en medio del enorme enjambre de torres de la capital libanesa. Una nube de polvo se eleva sobre este populoso vecindario, donde incontables excavadoras trabajan a destajo para retirar miles de toneladas de escombros. Edificios de diez plantas fueron derribados hasta los cimientos por la aviación israelí durante la guerra de 34 días que emprendió el estado judío.

Cien días después del estallido del conflicto, dos sentimientos predominan entre los libaneses, sea cual sea el credo que profesen entre las 18 confesiones religiosas que conviven en el azotado país árabe: ansiedad e incertidumbre. "Ahora tenemos que limpiar el polvo en la vida política interna. Debemos mantenernos unidos, como lo estuvimos en la guerra. Los cristianos han de abrir sus puertas a los chiítas, como hicieron durante los ataques israelíes", afirma Ghassan Youssef, un ejecutivo bancario, cristiano de 37 años, que trabajó en Estados Unidos, Canadá y Arabia. "Durante la guerra, los hospitales, los bancos, la prensa funcionaron mejor que en tiempos de paz", apunta Youssef.

15.000 casas destruidas

La guerra concluyó, y las eternas disputas sectarias florecen. Limpiar ese polvo político es una tarea ciclópea. Pocos creen que vaya a desatarse una guerra civil como la que desangró Líbano entre 1975 y 1990, pero todos auguran una vida política muy turbulenta. Y no sólo por la incapacidad de la clase dirigente -una amalgama de antiguos señores de la guerra reacios a abandonar sus hábitos feudales- para pactar el destino de este pequeño y atribulado país, sino porque Estados Unidos, Irán, Francia, Siria e Israel están metiendo sus zarpas. Los 1.200 muertos, las 15.000 casas destruidas y los daños por 3.000 millones de euros causados por la aviación israelí -80 puentes destrozados, carreteras llenas de socavones, fábricas e industrias arrasadas- serán superados. Los libaneses son expertos en remontar tragedias.

Hoy reina el desconcierto en este país del tamaño de Rocha y cuatro millones de almas. No es el caso de Mohamed Mehd. A sus 25 años es dueño de una pequeña pero coqueta peluquería en el barrio de Shiyya. Mehdi está convencido de que no habrá otro conflicto con Israel a corto plazo, atisba una batalla entre las tribus libanesas. Otra más. "Será una pelea entre los chiitas y las fuerzas del 14 de marzo", señala en alusión a la coalición de partidos contrarios a las maniobras del gobierno sirio, que quiere seguir moviendo los hilos. "Tengo amigos drusos y cristianos. Desde hace semanas no les veo. Tienen miedo de acercarse".

La tensión se palpa en una ciudad. La avenida de Tarik Saida, que separa el barrio chiita de Hejeij del cristiano de Ein el Remmene, es sólo uno de los ejemplos de los inmensos obstáculos a la convivencia. Los vehículos blindados del ejército montan guardia permanente. Una noche de mediados de setiembre, seguidores de ambas confesiones se enfrentaron a guantazos. A la siguiente ya había armas de por medio. El 22 de setiembre, cientos de miles de personas celebraron en un suburbio beirutí "la Divina Victoria" contra Israel y la reaparición del líder de Hezbollah, Hassan Nasrallah, cuyo apellido significa la victoria de Alá.

Comienzan a reverdecer disputas en cualquier escenario. En un reciente partido de fútbol entre el club Nejme y un equipo de Malasia por la Copa de Asia sucedió algo poco habitual. Los aficionados sunitas y chiitas ocuparon gradas separadas. Pronto unos y otros comenzaron a insultar a los líderes políticos rivales. Los sunitas arremetieron contra Nasrallah. Los chiitas, contra Saad Hariri, hijo del ex primer ministro asesinado en febrero de 2005.

Para Líbano las consecuencias son trágicas: esperaban más de un millón de turistas, llegaron un millón de refugiados y ahora emigra medio millón de personas. No sólo huyen los jóvenes, que siempre podrán retornar y rehacer su vida si los avatares políticos y bélicos lo permiten. El hastío se extiende. Alrededor de 14 millones de personas, libaneses o con derecho a la nacionalidad, viven en los cinco continentes.

Jamal Bizri, dentista de 48 años, sunita, originario de Sidón y portador de larga coleta, es la viva imagen de la frustración. "Nos sorprendió la guerra. Vivíamos un momento político bueno, había muchos proyectos y planes de inversión. Todo se ha hundido", comenta en su clínica del barrio beirutí de Hamra. Jamal sólo espera el instante de abandonar Líbano. Su clínica está huérfana de clientes. La guerra estalló en el momento más inoportuno, cuando se esperaba más de un millón de turistas, potenciales pacientes, procedentes de los acaudalados países del golfo Pérsico. "Estoy pensando en Australia, Canadá y en Grecia".

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Hezbollah provoca rechazo en amplias capas de la población, incluso entre mucha gente pudiente, la gran mayoría cristianos, quienes observaron la guerra a salvo desde las piscinas de mansiones de lujo y gusto refinado en la zona montañosa al noreste de la capital.

Los de Nasrallah luchan por el poder a brazo partido con aliados como el arribista general maronita Michel Aoun, y sabe que el tiempo juega a su favor. De los cuatro millones de libaneses, alrededor de un millón son chiitas y es la comunidad que más crece en población. No existe censo oficial y por ahora se mantiene el sistema de reparto de poder no proporcional entre las confesiones.

Los recelos hacia la alianza de Hezbolá con el régimen de Damasco son notorios. Circula este chiste por Beirut: "El palestino grita `viva Palestina` y se lanza a morir contra Israel; el libanés chilla `viva Líbano` y se lanza a morir; el sirio dice `viva Siria` y lanza al libanés a morir contra Israel".

¿Hezbollah ganó? Fueron capaces de mantener paralizado, mediante el lanzamiento de casi 4.000 cohetes katiusha, el norte del estado judío durante un mes. En la ciudad carteles en árabe y en inglés tienen el sello de Hezbollah. En infinidad de esquinas se observan enormes pancartas con fotografías de edificios derruidos y varias leyendas: Made in USA. Trade mark y The new middle Beast, un juego de palabras con el proyecto para Oriente Próximo que pregona Washington y la palabra bestia.

Salvo la excepción que confirma la regla, ningún libanés se mostraría dispuesto a reunirse con un israelí, al margen de que la legislación libanesa lo prohíbe. "¿Hablar con un israelí? Definitivamente, no. Sé cómo actúan. Me lo contaron mis abuelos, mis padres, y ahora lo he comprobado yo mismo", afirma tajante el peluquero Mohamed, leal a Hezbollah.

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