Sábado | 19.08.2006
Montevideo, Uruguay | 09:49
 Que Pasa
El triunfo del 1° de enero de 1959 retratado por el enviado de El País
El maestro cubano
El reportero Carlos María Gutiérrez siguió a los guerrilleros cubanos, los fotografió, documentó la epopeya castrista y dio a conocer los postulados del nuevo régimen.

CARLOS MARÍA GUTIÉRREZ

Según los comunicados oficiales de la dictadura que acaba de ser derribada en Cuba, Fidel Castro es un comunista, en comunicación directa con el sovietismo internacional, de los que habría recibido armas para continuar la lucha. Para algunos círculos del Departamento de Estado, es un peligroso nacionalista, con una furibunda tendencia a la expropiación de industrias. Los comunistas cubanos lo han calificado de reaccionarios, católico y defensor del latifundio. Y desde otros sectores internos, a medida que el Movimiento 26 de Julio se fue afianzando, el joven abogado de 32 años inexpugnablemente situado desde hace dos años en su guerra de guerrillas de la Sierra Maestra ha sido en forma sucesiva, un ambicioso candidato a dictador, un instrumento en manos de líderes de partido que no mostraban la cara, un simple miembro de la famosa Legión del Caribe y, en fin, un sanguinario pistolero sin sentido alguno de estadista. Pero desde las infractuosidades selváticas en las montañas de Oriente, Fidel Castro desdeñó durante más de dos años todas esas calificaciones, dejando simplemente que los hechos hablaran por él.

La carrera política de Castro se inició en las tradicionales luchas estudiantiles de la Universidad cubana (donde los jefes del grupo no titubeaban en mezclar los balazos a los argumentos de las asambleas) y adquirió sentido cuando, una vez recibido de abogado, militó en las filas de la Ortodoxia, el partido del ardoroso Eduardo Chibás. Después que Chibás, en la culminación de una espectacular campaña por la moralización administrativa del país se suicidó frente a un micrófono, Castro fue de los jóvenes que descreyeron definitivamente de los viejos partidos políticos y de los dirigentes encallecidos en el reparto de los bienes públicos. Pero recién a partir de 1952, cuando un puñado de compañeros asaltó el Cuartel Moncada, fue detenido y condenado a presidio, comenzó su carrera de héroe nacional. En diciembre de ese año -cuando desde su exilio en México, planeó y realizó la invasión de una Cuba armada por el dictador hasta los dientes, con sólo 82 hombres (70 murieron en el episodio) y se internó en la Sierra Maestra "para ser héroe o estar muerto dentro de un mes"- sus actividades estaban proponiendo al pueblo cubano una nueva actitud política notablemente adecuada no sólo a las necesidades del momento, sino a la mentalidad nacional: ese planteo mezclaba atractivamente el heroísmo personal y el sacrificio rememorativo de las gestas de la independencia con la impugnación de los partidos políticos de los dirigentes encallecidos y venales y de toda la tradición de corrupción administrativa y latrocinio que llegaba desde la dictadura de Gerardo Machado hasta la presidencia constitucional de Carlos Prio Socarrás.

Y desde los primeros meses de 1953 -cuando comenzó a obtener la victoria en pequeñas escaramuzas de guerrilla y probó que era capaz de resistir bombardeos, el napalm y una oficina general de 20.000 soldados con entrenamiento estadounidense de combate a sus famélicos cientos de partidarios armados de escopetas y fusiles capturados- Fidel Castro probó ser, en la conciencia popular de Cuba, algo que estaba por encima del encasillamiento ideológico: la figura nacional por excelencia, sólo comparable con José Martí, el prócer civil, o con Antonio Maceo, el prócer militar.

Apoyo a la población

Hasta 1954, Fidel Castro fue sólo un abogado de pleitos menores. Perteneciente a una familia de hacendados de la provincia de Oriente, prefirió radicarse en La Habana, para defender las apelaciones de pequeños propietarios y medianeros desalojados. Su único contacto con la estrategia eran sus lecturas de la Guerra de la Independencia. Cuando en julio de 1952 asaltó el Cuartel Moncada con 22 muchachos como él, la operación (ataque a una plaza fuerte erizada de armamentos) fue planeada en forma suicida: como armas, revólveres y Winchester calibre 22; como vehículos, tres viejos automóviles que fueron deshechos a cañonazos.

Pero en su exilio mexicano trabó contacto con militares de la República Española y también con oficiales de Ciudad de México, que lo instruyeron en los secretos de la guerra de guerrillas.

El mismo Castro niega haber profundizado en lecturas militares (sus libros preferidos son el Diario de Martí, y Kaputt de Curzio Malaparte), pero de otra manera parece difícil explicar su notable campaña de 25 meses, que pasó desde el difícil terreno de la Sierra Maestra a las tierras llanas del centro de la isla, obteniendo siempre notables victorias. El estado mayor de Fidel Castro se compone exclusivamente de civiles, adaptados a la estrategia y a la vida militar recién después de foguearse en las escaramuzas de la Sierra; su hermano Raúl, el médico Ernesto Guevara, el joven industrial Ramiro Valdez, el ex funcionario público Camilo Cienfuegos, la ingeniero Vilma Espin, el abogado Humberto Sori. Todos ellos aprendieron tácticas sobre el terreno, pero su estrategia ha derrotado a militares experimentados y de carrera como el general Alberto del Río Chaviano o como el famoso Weyler, que vio aniquilado en los desfiladeros de la Sierra a un selecto batallón del Ejército que había sido especialmente entrenado para la guerra de Corea.

La política militar de Fidel Castro se basa en dos axiomas fundamentales: el aprovechamiento de la geografía y el medio social, y el autoabastecimiento. Permaneciendo durante más de un año y medio en las cordilleras de la Sierra Maestra tuvo a su favor la imposibilidad de sus enemigos para usar tanques, vehículos de transporte o cualquier tipo de armas que requiera rodamiento. Los batallones de Batista sólo podían entrar a pie en la Sierra, y por veredas selváticas que sólo permitían el paso de una persona por vez. Castro se preocupó por intimar con la población campesina de la Sierra y de la selva; esa población, instintivamente hostil al gobierno, y además salvajemente castigada por los bombardeos y las expediciones punitivas, encontró en Castro protección y estímulo; la revolución le proporcionó por primera vez en la historia de Cuba escuelas y clínicas. Sistemas de correo, fuentes de abastecimiento de víveres, armerías y otras instalaciones, fueron obtenidas por libre consentimiento entre los campesinos, que se transformaron así en el respaldo civil de los guerrilleros.

Un programa concreto

Ahora que Fidel Castro ha triunfado y sus comandantes Ernesto Guevara y Camilo Cienfuegos se hallan dirigiendo las guarniciones militares de La Habana, mientras el magistrado Manuel Urrutia se dispone a hacerse cargo de la presidencia provisional, ¿qué puede decirse del Castro estadista? En febrero del año pasado, a lo largo de varias conversaciones sostenidas con el joven dirigente revolucionario en el cuartel general de la Sierra Maestra, pude enterarme de loas más importantes aspectos de su futuro plan de gobierno. Por supuesto, Fidel Castro no es comunista, pero tampoco es un hombre de derecha. Pertenece, como lo definió hace un tiempo Juan José Arévalo, a "la burguesía latinoamericana ilustrada, belicosa y suicida", capaz de arrebatos tan románticos como la invasión de 1956, pero también es un hombre de leyes, un estudioso de la sociología contemporánea y de la economía, y un patriota.

Castro ha denunciado muchas veces la solidaridad implícita del Departamento de Estado con Batista, pero reconoce que su país, por razones geopolíticas, se encuentra inevitablemente dentro de la órbita económica de los Estados Unidos, como nación monoproductora. Cree que hay que revisar algunos tratados leoninos, algunos convenios desdorosos (principalmente económicos), pero es evidente que no se apartará del sistema comercial del continente. Piensa que se deberán establecer normas para el funcionamiento de servicios públicos vitales (los teléfonos, los ferrocarriles) ahora en manos de extranjeros, pero no es partidario de nacionalizar nada, sino de controlar y vigilar el cumplimiento de las concesiones. Como demócrata, repudia ardientemente a las dictaduras latinoamericanas sobrevivientes y ha criticado a la política norteamericana que las protege, pero también entiende que Cuba debe mantenerse decididamente del lado occidental en los movimientos estratégicos de la Guerra Fría. Hasta aquí, es difícil que el Departamento de Estado encuentre difícil de admitir al nuevo gobernante virtual de Cuba.

Junto a esas prudentes posiciones -que concilian la debilidad esencial de un país que es vital para la defensa de una gran potencia con los intereses nacionales- Castro ostenta otras importantes definiciones, con respecto a Latinoamérica. Es decididamente partidario de los pactos económicos regionales, de la organización internacional de estos países y de su derecho a complementar su comercio exportador relativo a los Estados Unidos con negociaciones que abarquen otras naciones compradoras.

Hombre americano y hombre de su tiempo, Fidel Castro -por imperio de su propia y denodada lucha, pero también por la gravitación del inevitable proceso de democratización continental- añade su figura al grupo de ilustres demócratas -Rómulo Betancourt, José Figueres, Alberto Lieras- que están provocando la mayoría de edad de América Latina.

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