ANTONIO ÁLVAREZ
LA SEMANA PASADA, el presidente Tabaré Vázquez volvió a insistir con la idea de debatir la tarea de los medios de comunicación y de los periodistas. Lo hizo con humildad y seguramente con buenas intenciones, pero el solo enunciado -por quién lo dice- ya es una forma de controlar. El presidente, un hombre que vivió intensamente los años 60, debería saber que la única receta para que la libertad funcione es que sea libre. El pretexto de satanizar a los empresarios y salvar a los pobres periodistas de sus garras es todo un hallazgo, por no mencionar el triste concepto que Vázquez debe tener de los periodistas y de los consumidores de información.
La mejor forma de asegurar la libertad de prensa no es proponerse como libertador de los lectores. Ellos sabrán qué quieren leer, ver o escuchar. Y siempre tienen la posibilidad de pasar a otra cosa si el medio de comunicación le parece beligerante, o demasiado altruista, o demasiado facho, o demasiado vendido al oro yanqui, o demasiado identificado con la lucha contra el pie plano.
El profesor de periodismo de la Universidad Austral, Fernando Ruiz, cree que hay un enorme parecido en las nuevas democracias latinoamericanas. Pone como ejemplo el caso venezolano, un lugar donde todavía se denuncian cosas que el "gobierno hace mal". Pero advierte que el chavismo ha dispuesto una serie de medidas discursivas, administrativas y judiciales para atacar a los medios. En la parte discursiva, Ruiz apunta a los insistentes ataques de Chávez a periodistas y medios con nombre propio. Al conjunto, el comandante le llama "bloque enemigo de la patria y la revolución".
Venezuela ya tiene una ley de Responsabilidad Social y prepara una Ley de Radiodifusión. El chavismo niega que sean medidas administrativas con los medios críticos, pero los legisladores hablan de la "batalla mediática", palabras muy similares a las que se pueden escuchar por aquí en boca de polemistas del oficialismo.
A falta de oposición, buenos son los periodistas, parece decir el presidente argentino Néstor Kirchner. Y le está yendo de maravillas en las encuestas, aunque nadie cree que sea por sus peleas con Lanata o con Nelson Castro, sino más bien por los números de la macroeconomía. Vincular una cosa y la otra puede ser peligroso, tanto como los "aprietes" que el presidente K practica a cambio de renovar las licencias de radio. Un caso famoso en todos los sentidos es el de Marcelo Tinelli, tal como lo cuenta en esta edición el corresponsal en Buenos Aires, Ignacio Quartino.
Los analistas como Rosendo Fraga ya hablan de la "chavización" de Kirchner, dada la admiración que le profesa el argentino y los buenos negocios que trajo el bolivariano a la región. Chávez compró 6.000 millones de dólares en Bonos del Sur al año 2012 y ofrece explotar 1.500 millones de barriles de petróleo en la cuenca del Orinoco, un negocio en el que intervendría Uruguay a costo casi cero.
La influencia de Chávez hace pensar que la izquierda latinoamericana tendrá dos paradigmas: el chileno sintetizado en Michelle Bachellet y el bolivariano. Durante la reciente asunción de Alan García en Perú se hizo notar que la ausencia del presidente Kirchner fue un pedido del comandante venezolano, muy disgustado por la derrota de Ollanta Humala. Brasil parece haber adoptado el estilo chileno huyendo de la bipolaridad. No es casual que Lula haya vetado esta semana una ley de control de los medios impulsada por el propio oficialismo. El presidente Vázquez podría seguir el ejemplo y dedicarse a gobernar en vez decidir de qué lado de la libertad está.
En este país hay problemas más importantes. Dicho sea de paso: en Juan Lacaze hay uno gravísimo. El informe especial de esta edición de Qué Pasa habla de contaminación y vista gorda.