La Nacion, Tomás Eloy Martínez | EFE
MUCHOS GOBERNANTES de mano de hierro -al menos aquellos de los que se acuerda la historia- tienen una mirada supersticiosa sobre su propia muerte. No toleran que los hombres a los que subyugó su poder conozcan un futuro en el que ellos ya no estarán. Especular sobre sus eventuales herederos suele costarles a éstos una rápida caída en desgracia. Fidel Castro es la excepción a esa norma de locos. Hace ya tiempo designó sucesor a su hermano Raúl, y el propio Raúl, a mediados de junio pasado, habló de lo que puede pasar en Cuba después de que Fidel muera, con la crudeza que merecen las realidades inevitables.
"El Partido Comunista seguirá siendo el eje del poder político en la isla, con Fidel Castro o sin él", declaró Raúl hace pocas semanas. "Sólo el Partido Comunista puede garantizar la unidad de todos los cubanos."
Contra las suposiciones de algunos analistas, ni Raúl presidirá un gobierno más flexible y abierto que el de su hermano, ni los Estados Unidos se mostrarán mejor dispuestos a dialogar con él. Todo induce a suponer que el bloqueo -uno de los errores mayúsculos y obcecados de la política norteamericana- se mantendrá como hasta ahora y que pocas cosas cambiarán.
Dentro de la isla, Fidel sigue siendo una leyenda, y muchos cubanos, incluyendo a sus adversarios, creen que podría vivir hasta más allá de los 100 años. El 13 de agosto cumplirá 80. Pero ¿acaso Pinochet no va ya por los 91 y está más lúcido y de buen humor que nunca, según los abogados que lo visitan, a pesar de que hace menos de un año se lo absolvió de ir a los tribunales por incapacidad senil?
Castro exhibe, en cambio, signos de cansancio. Su voz ha perdido vigor y ya no puede pronunciar los discursos interminables de sus tiempos de gloria. En enero de 2002 cundió como un relámpago la noticia de que había sufrido un severo infarto de miocardio y que se apagaría de un momento a otro. Al día siguiente, sin aludir al rumor, Fidel atendió, como si nada, los asuntos de gobierno. Quién sabe, se preguntaron entonces algunos periodistas de La Habana, si, como tanta gente piensa, ha bebido el néctar de la inmortalidad. Los exiliados de Miami, algunos de los cuales conservan los títulos de propiedad de los campos y las casas que les expropió la revolución, han perdido las esperanzas de recuperarlos algún día. Hasta el gobierno de Estados Unidos, que durante medio siglo tramó centenares de atentados contra la vida de Castro -todos ellos ingeniosos y, en teoría, infalibles-, espera sólo que la naturaleza sea más eficaz de lo que fueron los diez presidentes a los que el régimen de Fidel ha sobrevivido.
Castro tiene un récord asombroso de batallas ganadas contra conspiraciones tramadas por la CIA para demostrar que es tan vulnerable como cualquier mortal. Hace un cuarto de siglo, dos periodistas norteamericanos con una larga historia como investigadores, Warren Hinckle y William Turner, publicaron un libro excelente, The Fish is Red (El pez es rojo), en el que contaban la historia íntima de algunos complots muy bien urdidos y los azares de sus fracasos. Entre los más curiosos están los que se prepararon durante la visita de Castro a Chile, en 1971, cuando gobernaba Salvador Allende.
En el primero de ellos, el instrumento del crimen era una ametralladora oculta dentro de una cámara de televisión que debía ser disparada durante una conferencia de prensa. Fracasó porque uno de los agentes que iban a disparar sufrió un ataque de apendicitis la noche anterior, y su reemplazante tuvo una crisis de pánico. Otro, pocas semanas más tarde, sucedió también en Chile, cuando Castro viajaba hacia las minas de Antofagasta, en el Norte. Un automóvil con el motor descompuesto bloqueó el camino y detuvo a la caravana oficial. El automóvil varado llevaba cuatrocientas toneladas de dinamita conectadas a un detonador eléctrico. La dinamita no estalló, aún no se sabe por qué. Como dirían los cubanos, a Castro lo protege un dios aparte.
Fusilados intelectuales
Sus detractores y sus amigos son tan apasionados cuando hablan de él que las guerrillas verbales no han cesado desde que el régimen se endureció, en 1971. La condena al poeta Heberto Padilla dividió entonces las aguas, y algunos escritores, como Mario Vargas Llosa y Octavio Paz, fueron estigmatizados por Fidel y por los escritores del régimen.
Aunque las agresiones mutuas no cesaron, el clima volvió a encresparse en abril de 2003, cuando tres personas fueron fusiladas y un número impreciso de opositores cayó en prisión, invocando razones de seguridad que todavía no convencen a nadie. Algunos periodistas de la isla creen que los feroces castigos se aplicaron cuando los servicios de inteligencia cubanos descubrieron que conspiradores pagados por la CIA estaban preparando en secreto focos de revuelta contra Fidel en algunas ciudades del interior.
Es difícil, sin embargo, creer que uno de los prisioneros, confinado ahora en el aislamiento y la oscuridad, fuera un bandido peligroso. Se trata del bibliotecario Víctor Arroyo, cuyo crimen, parece, consiste en haber establecido una red para el préstamo de libros no autorizada por el gobierno. Se lo culpó también de tener un fax, pero Arroyo demostró que el exhibido en el juicio no le pertenecía.
Algunos ardientes defensores de Fidel, como el premio Nobel José Saramago, se apartaron de su lado, al menos por un tiempo. Susan Sontag adoptó una actitud más belicosa, increpando a Gabriel García Márquez, uno de los más cercanos amigos de Castro, en la feria del libro de Bogotá. Sontag, que moriría meses después, en diciembre de 2004, dijo entonces que le parecía "imperdonable e inexplicable" que el autor de Cien años de soledad no hubiera abierto la boca para condenar las violencias de abril.
Quienes conocen bien a García Márquez -y ése era el caso de Sontag- saben que en privado disiente a veces de las actitudes del gobierno cubano, pero se abstiene muy bien de criticarlo en público. La amistad con Castro, que ambos han cuidado con delicadeza durante más de tres décadas, sigue siendo sagrada para el premio Nobel colombiano.
Acosado por la prensa, García Márquez se vio obligado a reaccionar, sobre todo porque quien lo desafiaba era una intelectual que había compartido con él muchas batallas y por la que todos sus colegas sentían respeto. "No voy a contestar a impugnaciones tan innecesarias como provocativas. Siempre he condenado la pena capital, sea cual fuere el país donde se instrumenta".
Por ahora, Castro no parece enfermo ni corre peligro de muerte. Sólo va a cumplir 80 años vividos con intensidad, y, por más que él y su hermano Raúl insistan en que los cabos para la sucesión están muy bien atados, nada sería lo mismo en Cuba si algo le pasara. Se podría imaginar una oleada de caos. O varias. Hay medio siglo de odios acumulados, y Fidel, sin duda, sabe que sólo él ha sido capaz de mantenerlos a raya. Podría decir, como Luis XV en 1757: Après moi, le déluge (Después de mí, el diluvio). Y tendría razón.
EN CÓRDOBA EVITÓ HABLAR DE DERECHOS HUMANOS Y FIRMÓ UN ACUERDO COMERCIAL
La inquietante sombra de los gusanos
EL PASO DEL gobernante cubano por la reciente cumbre del Mercosur en Córdoba no pudo ser más polémico. Hizo enojar al propio anfitrión, el presidente Néstor Kirchner. A través de la cancillería, el gobierno K le presentó una carta para exhortarle la salida de la isla para Hilda Molina, médica cubana a quien su hijo -exiliado en Argentina- no ve desde hace 12 años por el bloqueo explícito del régimen comunista. Molina y su madre viven con una pensión de 160 pesos cubanos, unos 8 dólares. El tema ha generado la atención de organizaciones independientes como Human Right Watch. Molina, una destacada científica, tuvo activa participación en la revolución cubana pero en los 90` entregó su banca y sus medallas al discrepar con la política de Fidel Castro.
Medios argentinos especularon acerca de que Kirchner no quiso acompañar a Fidel a la casa en donde transcurrió la niñez del Che, a raíz de la indiferencia del invitado ante el pedido humanitario solicitado al canciller Pérez Roque.
Seguido a sol y sombra por periodistas, Fidel se hizo su tiempo para polemizar con ellos. El cubano Juan Manuel Cao, enviado de América TV de Miami, recibió insultos dedicados por el gobernante cubano. Al consultarlo por la situación de la doctora Molina, Castro le dijo "alcahuete" y "enviado del impertinente Bush" para hacerse pasar por "honesto periodista". Después del incidente, Cao se convirtió también en protagonista de la cumbre al informar que hay otros 2.000 cubanos con visa esperando salir de la isla.
Pero Castro siguió su camino. Cero bola a los disidentes, o "gusanos" como gusta llamarles el régimen. No fue a la cena de honor ofrecida a los presidentes. Gastó bromas con su socio bolivariano, Hugo Chávez. Y sobre todo firmó un primer acuerdo comercial extrarregional que le permite a la isla acceder a una canasta de 2.700 productos transables sin aranceles. Por primera vez en Córdoba se escuchó hablar de la "Mercoamérica", es decir Mercosur más Chávez, más Fidel.
POR EL VISADO Y VIAJES A LA ISLA
Furia hitleriana desde el Norte
EL PRESIDENTE DEL Parlamento de Cuba, Ricardo Alarcón, criticó el "Plan Bush" que exige un permiso especial para visitar Cuba, inclusive a los cubanos. Desde Estados Unidos, se podrá viajar a la isla sólo cada tres años. Alarcón dijo que los cubanos "son tratados como si fuesen personas inferiores" y "se les convierte en un grupo especial fuera de la protección de la Constitución".
El nuevo Plan de Ayuda para una Cuba Libre endurece las restricciones en materia de visitas, remesas y envíos a Cuba. "Bush se arrogó la facultad de redefinir el concepto de familia excluyendo a tíos, sobrinos, primos y parientes", dijo Alarcón en el diario oficialista Granma.