THE ECONOMIST
MADRID, LONDRES Y AHORA MUMBAI. Un nuevo y perverso desastre acechó a una gran ciudad mundial. En los límites apretados de viajeros de un tren en hora pico, una pequeña bomba en una mochila puede causar una carnicería. Una tanda de ellas, calculadas para estallar casi simultáneamente y ocultas en una serie de trenes, causan devastación, colapsan servicios de seguridad, destrozan infraestructuras vitales y extienden un pánico generalizado, todo con el mínimo esfuerzo de los terroristas. Así pasó también en Mumbai (Bombay hasta 1997) en la nochecita del 11 de julio, cuando una serie de siete explosiones en trenes y dos estaciones mataron a casi 200 personas, e hirieron a otras 800.
Es difícil pensar en una forma más cobarde y maligna de ataque que ésta. Al menos una cosa positiva tuvo, en principio. La primer reacción del primer ministro de India, Manmohan Singh, fue llamar a la calma y al retraimiento, más que señalar con dedo acusador a Pakistán por hospedar a grupos que proclaman la jihad, quienes según los analistas, son los más probables autores de los atentados. Por contrapartida, cuando los terroristas intentaron volar el edificio del Parlamento en Nueva Delhi en diciembre de 2001, el gobierno de entonces, liderado por el nacionalista hindú Baratilla Janata, organizó una guerra con toda su energía contra Pakistán, enviando cientos de miles de tropas a la frontera. Pakistán respondió gentilmente. Desde que ambos países probaron armas nucleares tres años antes, la confrontación, que se prolongó por meses fue, por decirlo suavemente, alarmante.
Singh ha dedicado muchísimos esfuerzos durante su magistratura en tratar de mejorar sus relaciones con Pakistán, y en progresar en algo en el conflicto sin fin entre ambos países sobre el disputado estado de Cachemira. No parece determinado a permitir que unos pocos asesinatos en masa destruyan esos avances. Tampoco el presidente de Pakistán, el general Pervez Musharraf, rápido e inequívoco en su condena al terrorismo.
Días después y tras haber visitado hospitales con decenas de sobrevivientes indios de los ataques, Singh cambió de postura y acusó a Pakistán de haber colaborado con los autores del atentado.
"Estamos seguros de que algunos terroristas son instigados, inspirados y apoyados por elementos del otro lado de la frontera sin los que no pueden actuar con tan devastadores efectos", dijo a El País de Madrid.
Singh y Musharraf necesitan ser más resueltos en el futuro cercano. En la asunción de que los grupos unidos a Pakistán tienen a los principales sospechosos (como siempre que caen bombas en India), lo peligroso es que India pueda perder la paciencia con el presidente y general de Pakistán. En India hay dos visiones del general Musharraf. Una es la de que es, en esencia, un hombre pacífico, que trata incansablemente de llegar a un acuerdo con India sobre Cachemira y de dominar a los militantes que acechan su tierra y que tienen simpatizantes en los escalones más altos de las armas y en los poderosos Servicios Internos de Inteligencia (ISI, según sus siglas en inglés). Según esta visión, el general hace todo lo que puede, dadas las dificultades en las que opera, gráficamente ilustradas por los frecuentes intentos de homicidio de los que ha sido víctima.
Pero hay otra, una versión más oscura. Muchos indios influyentes nunca han confiado en el general Musharraf, quien, cuando era un soldado lanzó una guerra en la frontera en 1999. Dicen que sus esfuerzos para arrancar de raíz a los grupos terroristas Jaish-e-Mohammad y Lashkar-e-Taiba (que fueron señalados como los presuntos responsables de los ataques, los llamados Ejércitos de los Puros) han sido mezquinos e indiferentes. También dicen que sus intentos de reformar los ISI han sido parciales, que por un lado habla de paz mientras permite que los servicios de inteligencia usen a los grupos terroristas para presionar a India. Aún si no fuera culpable de tener mala fe, dicen ellos, es demasiado débil como para tenerle confianza.
Los historiadores discuten cuál de estas caricaturas le calza mejor al general (ambos perfiles tienen aspectos acertados). Lo que importa es que siguen muriendo indios inocentes todo el tiempo, que las actitudes de India hacia Pakistán se endurecieron y esto no le gusta a nadie. Para Musharraf, el mensaje debería estar claro: debe encontrar una forma para acordar con los jihadistas con los que su propio aparato de seguridad nutrió el suelo paquistaní o todos sus esfuerzos en reparar la imagen de su país serán en vano.
Pero la carga no debe recaer sólo en el general. India, también, puede hacer mucho más para facilitarle las cosas a las tropas al mando de los paquistaníes para combatir a los terroristas.
Una potencia en potencia
Nada puede justificar los actos terroristas llevados a cabo en Mumbai, y una vez más, nadie ha probado su vinculación con extremistas islámicos. Sin embargo, un establecimiento en Cachemira haría correr más sangre humana que cualquier cantidad de trabajo policial en suelo paquistaní. Una vez más, el general Musharraf ha tenido propuestas constructivas para resolver la pelea a propósito de Cachemira, que ha atormentado el subcontinente por 59 años y lo llevó a dos guerras a escala completa y cualquier número de pérdidas. Pero India, gracias a todos los esfuerzos de Singh, le ha ofrecido reiteradamente sentarse a hablar, pero siempre descartando todo lo que pueda incluir ceder territorios o soberanía en Cachemira.
India negocia desde una posición de fortaleza: ocupa por lejos la parte más rica de Cachemira, y cualquiera sea la solución que se contemple no cambiará eso. Pero algunas líneas de ómnibus que atraviesan la zona controlada (que dividen India de la zona paquistaní de control sobre Cachemira) y la oferta de mayor autonomía para los indios, nunca serán suficientes para satisfacer a los pacíficos separatistas de Cachemira bajo el gobierno de la India, menos que menos a los jihadistas asesinos con vínculos en Pakistán. El general Musharraf podría estar dispuesto a quedarse con las migajas que India le está ofreciendo, pero los asesinos harán todo lo que puedan para detenerlo. India necesita hacer más para encontrar una solución en Cachemira, y no ha puesto lo suficiente sobre la mesa para que un trato justo sea posible.
India espera ser una gran potencia. A fuerza del notable crecimiento de su economía, que promedia de 6% a 8% por año, llamó la atención del mundo. La atrocidad del martes 11 en su capital económica no debería disminuir su progreso. Mumbai siempre fue una ciudad caótica: lo comprueba la incapacidad de las autoridades para lidiar con las inundaciones que dejó el monzón del año pasado. Las bombas sirven para recordar que India, a pesar de su auge, no es un país completamente en paz. Hasta que no se reconcilie definitivamente con Pakistán, y hasta que Pakistán no domine sus propios demonios, India no logrará su total potencial, ni económica ni geográficamente. Y ninguna de las dos cosas puede suceder sin una solución perdurable en Cachemira.
Lento progreso
En mayo, el ministro de Defensa de la India, Pranab Mukherjee, dijo que su país había "confirmado la información" de que 59 campos de entrenamiento para militantes aún seguían funcionando en el territorio paquistaní. Lashkar no quería alardear de sus logros homicidas con sus auspiciantes de Pakistán. Pero quería enviar una señal de que el arma terrorista permanece agazapada, e India no debería comprometerse en Cachemira.
Por eso India reaccionó bruscamente para destacar que las bombas fueron provocadas por Khurshid Kasuri, el canciller de Pakistán. Él sugirió que, en ausencia del establecimiento en Cachemira, las "fuerzas negativas" florecerían. La frustración del gobierno por el avance a paso de tortuga de la diplomacia no es un secreto. Cachemira sigue siendo el cuco.
Los líderes separatistas en la parte india se quejan de que los abusos a los derechos humanos persisten, fomentando la militancia entre los indígenas de Cachemira, y el resentimiento en Pakistán.
El progreso es lento. Una disputa inútil sobre el glaciar Siachen, costosa en vidas y riquezas, es hoy intratable. Los países no se ponen de acuerdo en límites de tierras y mares en la región de Sir Creek, y siguen peleando por las aguas del río de Cachemira.
Si la intención no declarada detrás de la matanza de Mumbai era apurar a India para que negocie más rápido, logró el efecto opuesto. India demora en darle una fecha para una reunión conjunta de diplomáticos para analizar el progreso del diálogo. El desenredo de este estancado proceso de paz sería que Pakistán pierda, e India pueda vivir en status quo. Pero el fin del sueño de la paz definitiva sería la pérdida de India, también. Ahí, los únicos ganadores serán los terroristas.
DIFERENCIAS Y SIMILITUDES
Clave terrorista
EL PAIS DE MADRID
FUENTES DE LA LUCHA antiterrorista analizaron los primeros datos de los atentados en Mumbai:
-Tiene más parecido que cualquier otro con los del 11 de marzo de 2004 en Madrid, con la corrección de uno de los factores que en las autocríticas publicadas en las web islamitas señalaban como el gran error de los terroristas del 11-M: la utilización de teléfonos móviles, porque dejan rastros en la red de telefonía y condujo a la neutralización de la células.
- En Mumbai atacaron una línea de trenes de cercanías y en Madrid atacaron dos líneas del mismo tipo, pero en el tramo en que sus itinerarios son comunes.
-En Mumbai se utilizaron bombas activadas con temporizador, mientras que en Madrid fueron activadas con celulares, que proporcionaron la descarga eléctrica.
-India culpa a sus enemigos tradicionales: Pakistán y el grupo terrorista islamita más conocido, Lashkar-e-Taiba. Al final aparecerán reivindicaciones de grupos desconocidos, siguiendo la tradición islamita, con el fin de proteger a los grupos formales de la persecución universal a sus estructuras.
-El grupo Lashkar-e-Taiba está en la órbita de Al Qaeda, por lo que la situación es parecida a la de los atentados de Bali del 12 de octubre de 2002.
-En los atentados de Mumbai, como en los de Madrid, no parece que haya habido terroristas suicidas.
-En Mumbai aparecen siete objetivos (siete trenes), rompiendo la tradición de cuatro (11-S en Nueva York y Washington; 11-M con cuatro trenes, y 7-J en Londres con tres trenes y un autobús).
-Cuando surjan las reivindicaciones en Mumbai, harán referencia al problema de Cachemira, que ha sido constante en los men sajes de Bin Laden desde 1998 y de los islamistas en general.