CESAR BIANCHI
-Usted era embajador en Argentina cuando comenzaron los contactos por la construcción de las plantas de celulosa en Río Negro. ¿Puede asegurar que Argentina dio su aval tácito?
-La prueba central en el juicio de La Haya es la documentación que acredita que el gobierno argentino dio por solucionado el diferendo con Uruguay en marzo de 2005 cuando el presidente argentino dio su mensaje al Congreso. En la página 117 de ese documento dice que "se han zanjado todas las dificultades entre Uruguay y Argentina por las plantas de celulosa". Después agregó que un sábado 15 de mayo de 2004 en Paysandú, en la sede de la Comisión Administradora del Río Uruguay (CARU) las delegaciones firmaron un acta de entendimiento para aprobar el monitoreo conjunto a las plantas. Esos documentos fueron el fruto de una larga y trabajosa gestión diplomática que me tocó como embajador iniciar en agosto de 2002, siguiendo instrucciones de la cancillería uruguaya de Didier Opertti.
-¿Cómo fueron esos primeros tiempos?
-Muy complejos. Sobre todo los últimos meses de 2003 y el primer trimestre de 2004. Cuando la buena diplomacia actúa a tiempo, impide que los temas tomen estado público. La diplomacia de Opertti y la mía como ejecutor en Argentina fue exitosa.
-Usted dijo que a fines de 2003 se tensaron las relaciones. ¿Qué pasó durante esa segunda mitad de 2002 y el 2003, antes de que empeorara la relación entre Uruguay y Argentina?
-Durante el segundo semestre de 2002 y el 2003 lo que se buscó era negociar, explicando e informando a la diplomacia argentina cómo iban avanzando las tratativas de Uruguay, primero con ENCE y después con Botnia. La Cancillería argentina no quería obstruir las posibilidades de Uruguay con las plantas, pero empezaban a sentir la presión de la gente de Gualeguaychú.
-¿Todo empezó con el gobernador entrerriano Jorge Busti y sus primeras declaraciones?
-No, de ninguna manera. Los vecinos de Gualeguaychú, mal informados y peor asesorados, pero de buena fe, empezaron a creerle a las ONGs locales e internacionales. En 2002 y 2003 Busti no abrió la boca, cuando en el año electoral 2005 vio que la sociedad de Gualeguaychú estaba en contra de las plantas, se subió al carro. Los entrerrianos están convencidos de que las plantas los perjudican. No hay revoltosos ni piqueteros. Pero Uruguay creyó que el tema era político, que quien lo alentaba era Busti y que después de octubre de 2005 se iba a arreglar todo. Era un tema social y no político.
-¿Se imaginó la magnitud que habría de tomar el tema?
-Yo dejé la embajada en marzo de 2005 y tenía el convencimiento que jamás iba a tomar la magnitud que tomó después, porque las cosas habían quedado bien encaminadas. Cuando se creó la comisión binacional en marzo de 2005 es como si no se supiera que él había dado por terminado el problema… yo no lo podía creer.
-Parece difícil calmar a los entrerrianos, más allá de que haya acuerdo entre ambos gobiernos.
-Los vecinos de Gualeguaychú se quejan de que esa fábrica y la gran chimenea rompen el paisaje natural. Bueno, que el gobierno uruguayo haga un convenio con la Facultad de Humanidades y que bajo la inspiración del artista Carlos Páez Vilaró pinten la fachada y la chimenea con espíritu artístico, de la misma manera que los chicos de Bellas Artes pintaron el barrio Reus. Que conviertan un espacio industrial árido en arte. Cuesta poco dinero.
-Las fuentes de financiamiento para las obras parecen peligrar. ¿Uruguay debería garantizarle formas de financiamiento alternativas?
-Efectivamente, el lobby argentino logró que el Banco Mundial tenga dudas. Uruguay tiene más de dos mil millones de dólares en las AFAP, fruto del ahorro de muchísimos jóvenes. No hay mejor colocación para un uruguayo del ahorro de su trabajo, que destinarlo a una obra productiva como ENCE o Botnia. Uruguay debe disponer del ahorro público, legítimo y genuino que es el que está en las AFAP, para sustituir apoyos financieros.