Sábado 12 de noviembre de 2005 | Año 88 - Nº 30265
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QUÉ PASA EN QUÉ PASA
Yo estuve ahí

Leonardo Haberkorn

Un mes trabajé en La República, el primer mes. Éramos dos en la sección internacionales: el editor, Federico Ferber, y yo. Como en toda publicación que se inicia, el ritmo laboral era frenético, pero teníamos libertad para manejarnos y trabajar con Ferber era agradable y sencillo.

Como ocurre en los diarios, se trabajaban seis días y se descansaba uno. Fasano visitó nuestra sección por primera vez cuando se aproximaba el primer día franco.

—El diario necesita una mano. Les pido que esta semana no se tomen el franco, para apoyar el proyecto —dijo, más o menos. Prometió pagar extra ese día. Ferber aceptó, yo también.

Trabajamos una semana más de corrido, a destajo, y cuando se aproximaba, ahora sí, nuestro primer día de descanso, Fasano volvió. Nos pidió otra vez que no nos tomáramos el franco. Parecía un poco excesivo trabajar tres semanas de corrido sin descansar un solo día, pero Fasano insistió. Prometió pagar extra ese día. No acepté.

Al otro día, sorpresivamente y por motivos ajenos al periodismo, Ferber dejó el diario. Fasano me llamó a su oficina.

—Haberkorn, usted va a ser el editor más joven del diario.

Le agradecí y le pregunté qué pasaría con mi sueldo.

—La primera quincena de este mes usted va a cobrar lo que convenimos y la segunda lo que ganaba Ferber.

—Y el día franco no gozado.

—Y el día franco no gozado.

Nos dimos la mano.

Cuando el diario cumplió un mes llegó el día de cobrar el primer sueldo.

Se hizo una fila de todos los periodistas frente a la oficina donde pagaban. Rápidamente comenzó a notarse que algo no andaba bien. Cada empleado que recibía su sobre se transfiguraba en una mueca de rabia. Con todos pasaba lo mismo. No tardó en aparecer el primero que comenzó a protestar a los gritos. Otros empezaron a patear los muebles. Nadie cobraba el sueldo acordado.

Por fin llegó mi turno. Abrí el sobre. El sueldo de editor prometido no estaba. Tampoco el día franco no gozado. Ni siquiera estaba el sueldo original que había convenido con Fasano. Si habíamos arreglado 100 pesos, ahí había 60 o 70.

Los gritos y las protestas duraron unos minutos. Al poco rato todo el personal se fue a la sede del sindicato de la prensa, que quedaba puerta por medio. El diario quedó desierto.

La asamblea sindical era tumultuosa. Todos pensaban estrategias para cobrar el dinero y algunos querían votar la huelga inmediatamente. Motivos no faltaban.

Yo tenía otros empleos. Trabajaba en el semanario Aquí, propiedad del Partido Demócrata Cristiano, entonces en el Frente Amplio, y en la revista Punto y Aparte, que dirigía Alejandro Bluth. En ambos lados trabajaba feliz, podía desempeñarme con libertad y cobraba lo convenido. Sin embargo, un deseo irracional por trabajar en un diario —un diario que se proponía desafiar los anquilosados esquemas de la prensa uruguaya— me había hecho dejar aquellos empleos para arrojarme a los brazos de Fasano.

Tanto en Aquí como en Punto y Aparte me habían advertido que era una locura, que miles de antecedentes me decían cómo iba a terminar esa historia. Con condescendencia por mi ingenuidad, en ambos empleos me dieron un mes de licencia sin goce de sueldo para que yo hiciera mi propia experiencia.

Entonces en la asamblea tuve un momento de lucidez. No podía ser casualidad que TODOS los sueldos estuvieran mal pagos. Era evidente una intención deliberada de perjudicar a los trabajadores.

Volví al diario. Había papeles en el suelo y sillas tiradas. Entré directamente en la oficina de Fasano.

—¿Qué dice, Haberkorn? —me dijo Fasano con una calma absoluta.

—Vengo a renunciar.

Sin transpirar demasiado, intentó convencerme de que me quedara. Le dije que me había pagado de menos. Me dijo que era un error administrativo propio de un diario que recién nacía. Le hice notar que era raro que se equivocaran en todos los sueldos para abajo, nunca para arriba. Me dijo que los errores se iban a ir arreglando.

Me preguntó qué iba a hacer. Le dije que volvía a Aquí y Punto y Aparte. Se río. Me dijo que Aquí no duraría mucho y que Punto y Aparte terminaría sus días cuando Sanguinetti dejara la Presidencia. Aseguró que, en cambio, La República duraría muchos años y que yo tenía un gran futuro allí. "Usted es el editor más joven", repitió. Le dije que prefería trabajar con gente que respetara la palabra empeñada. Me fui.

Fasano tuvo razón. Aquí cerró tras la elección de 1989. La gente del PDC nunca entendió que los tiempos de la prensa partidaria habían terminado y el semanario languideció hasta su muerte anunciada. Punto y Aparte, a pesar de que era una revista muy buena, no pudo sobrevivir al cambio de gobierno.

La inteligencia de Fasano para analizar la prensa uruguaya es innegable. ¿Quién puede negar que tiene razón cuando denosta al monopolio televisivo que durante años ha abusado de todas las maneras posibles del público uruguayo? (Dicho sea de paso: cuando todos los violadores y asesinos hayan sido entrevistados, cuando no quede una prostituta o travesti sin aparecer en cámaras, cuando se hayan agotado las imágenes de la morgue y de los forenses... ¿qué nueva genialidad ofrecerán los canales uruguayos para mantener su rating?).

Pero también es innegable que Fasano tiene un único modo de tratar a sus empleados. La historia se ha repetido una, dos, tres, diez veces. El conflicto de hoy en TV Libre, al que se le dedica la nota central de esta edición, es sólo la última muestra de un largo rosario.

Hay que tener mucho doble discurso para hacer gárgaras de izquierda desde un medio que explota a los trabajadores.

Pero está visto que la vergüenza hoy es un bien escaso en Uruguay.



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