Diego Tabares
Pablo Melo nació el 4 de julio de 1982 en Rivera. A los 8 años viajó a Montevideo y se radicó en el Cerro. Jugó al baby fútbol en Los Zorzales y después pasó al Club Atlético Cerro. Como suele ocurrir con la mayoría de los futbolistas uruguayos de hoy, muy rápido comenzó a soñar con emigrar. Varias veces estuvo en esa especie de danza de la fortuna que son los pases internacionales, hasta que el 24 de julio del año pasado sus sueños parecieron hacerse realidad.
Ese día, Melo se embarcó con destino a Rosario, Argentina. Luego de la conexión con Buenos Aires, llegó a la ciudad santafesina sobre la medianoche, acompañado por el tesorero y otro dirigente de Cerro.
El siguiente lunes comenzó a entrenar en Newell’s Old Boys y hoy recuerda que Américo Gallego, el director técnico, lo quería de titular.
Todo iba bien, salvo por las complicaciones que tiene toda negociación. De todos modos, el 4 de agosto retornó a Uruguay para finalizar trámites e irse a vivir a Argentina. El lunes 9 volvió a Rosario. Todo parecía estar solucionado.
Pero había algunos problemas. El presidente de Newell’s, Eduardo López, quería comprar el 90% del pase del zaguero uruguayo en 200.000 dólares, pero Cerro pretendía 350.000.
Veinte días después Melo retornó a Uruguay por pedido de la directiva de Cerro, ya que el dinero no llegaba. El día siguiente, luego de un contacto que mantuvieron el presidente de Cerro, Mortimer Valdez, y un dirigente del equipo argentino, decidieron que el jugador continuara entrenando con los rosarinos, con la promesa de que la plata iba a aparecer.
El sábado 4 de setiembre el presidente de Newell’s aseguró, en el diario deportivo Olé, que el lunes siguiente pagaría por el pase del defensa.
Pero el lunes la plata no apareció y la directiva de Cerro aguardó hasta el miércoles. Como tampoco hubo novedades, le enviaron un pasaje al jugador para que retornara a Uruguay.
Melo se quedó en Rosario. Prefirió esperar un par de semanas más, con la esperanza de que todo se arreglara. Pero no se arregló.
El 15 de setiembre se fue de Argentina para no volver.
Otra vez en casa
Ya en Uruguay, y con la decepción del pase frustrado, Melo dijo: "la guita no me importó, yo tenía ganas de jugar, por eso volví, si no me hubiese quedado en Rosario, ya estaba cobrando el sueldo. Esto es como una lesión, estás un mes sin jugar, llega un momento que querés jugar, no aguantás más. El presidente me pidió que me quedara, que todo se iba a solucionar, pero no daba para más".
Luego de terminar el 2004 jugando el torneo Reclasificatorio para Cerro, y con Fernando Pavón, Marcelo Saralegui y Marcelo Otero como sus representantes, Melo fue solicitado por el club Boys Bern de Suiza.
El viernes 3 de diciembre partió con destino a Europa. Ni bien llegó a Suiza realizó la prueba de aptitud física y la superó sin problemas. Jugó un par de amistosos, el entrenador lo quería en la zaga.
Comenzaba a tomarle el gustito a su nueva vida, y parecía que ya nada podría dar marcha atrás la contratación. Lo que restaba por hacer era tan solo firmar los trámites reglamentarios.
Pero tales papeles nunca llegaron a firmarse. "Tenía un precontrato firmado, pero el club dijo que no tenía el dinero para comprar todo el pase", contó Melo. "El club propuso hacer un préstamo y pagar por un 30% de mi ficha".
Pero los suizos y los contratistas uruguayos no se pusieron de acuerdo y luego de 20 días en Suiza, Melo regresó a Montevideo. Pasó las fiestas con los suyos pero sin el pase al extranjero que tanto deseaba.
El 7 de enero, muy temprano en la mañana, le sonó el celular. Era Marcelo Otero. "Hacé la valija que de tarde te vas para Turquía", le dijo su representante.
Esa misma tarde partió con destino a España. En Madrid lo esperaría un empresario local que lo vincularía al Ankara, equipo de la primera división del fútbol turco. "Me fui sólo hasta Madrid. Allí me encontré con un español que trabaja para los turcos y nos fuimos juntos hasta Turquía para firmar el contrato y comenzar a jugar", cuenta Melo.
A los dos días de su arribo realizó el examen médico y se incorporó al plantel, que ya había iniciado la pretemporada. Jugó dos amistosos internacionales de titular, y demostró todas sus cualidades. No había forma de sacarlo del equipo. Sólo faltaba la negociación, en la cual Melo no quería influir, teniendo confianza en quienes compraron su ficha. De antemano parecía algo sencillo, pero sus apoderados y los dirigentes turcos no lograron ponerse de acuerdo. A Melo le ofrecieron cobrar 21.000 dólares por su primer año de contrato, 23.000 por el segundo y 25.000 por el tercero. Para él eso estaba muy bien, pero sus representantes, o el intermediario español, no se pusieron de acuerdo con los compradores por el precio total del pase. Al parecer la cifra pedida le pareció exagerada al presidente del club Ankara que dijo que por esa plata traía a cualquier zaguero de una selección europea. Melo no sabe exactamente cómo fueron las cosas, pero sí sus consecuencias: "me tuve que volver otra vez".
Una versión que escuchó Melo dice que sus representantes uruguayos le cedían el pase al contratista español por 400.000 dólares, y que éste le pidió un millón al club turco.
Antes de su partida a Europa, el entrenador de Danubio, Gerardo Pelusso, le había hecho saber que estaba interesado en integrarlo a su equipo. Cuando vio que su contratación venía complicada, Melo llamó a Pelusso desde Turquía, para saber si aún continuaba interesado.
Pelusso lo pidió, y Melo arregló el pase. "Si tengo que volver otra vez y jugar en Cerro me tengo que matar, no porque no quiera a Cerro, sino por el hecho de que ya había cumplido un ciclo y necesitaba ir a un equipo que compita a otro nivel", dijo el jugador.
Abandonado en Suiza
El 10 de junio de este año dejó Danubio para viajar nuevamente a Suiza, esta vez para el Thun F. C. En esta oportunidad, la historia sería aún peor.
"Me fui con todo firmado, la carta del club, contrato, sueldo, todo... ya está, dije. A los dos días me hice la revisión médica, todos los valores dieron bien y ese mismo día firmé el contrato. Empecé a entrenar, hice la pretemporada y comencé a jugar los amistosos internacionales de titular". El club le dio una casa y un auto para su uso exclusivo. Como si fuera poco, congeniaba bien con los otros dos sudamericanos del equipo.
Pero de golpe todo se vino abajo.
"Me estaba cambiando en el vestuario para jugar el tercer partido, —recuerda el jugador— y se acercó el ayudante del técnico y me dijo: ‘Melo, no te cambies que no podés jugar’. Fuimos hacia otro vestuario y le pregunté por qué no podía jugar, pero por un tema del idioma no entendí nada de lo que me dijo y me volví a mi casa. Apenas llegué, llamé a Fernando Pavón y le conté lo que estaba pasando. A los tres días llegó Pavón a Suiza y recién ahí tuve un panorama más claro de lo que pasaba".
Tres días sin entrenar, sin trabajar, sin tener en qué matar el tiempo, estando sólo y lejos de los suyos. "Mis representantes se comunicaron con el manager del equipo y les dijeron que no habían podido vender al australiano cuyo lugar iba a ocupar yo, entonces no podían pagar la plata que habían acordado. Se iban a quedar con el australiano, además era extranjero y ocupaba un cupo de extracomunitario".
Una vez más, debió dejar todo y volver.
Regreso sin gloria
El 6 de julio volvió a Montevideo. Solo, sin sus representantes, pero de buen ánimo: "yo estoy tranquilo, por que si vas a un equipo y no te quieren, pensás que sos un desastre, pero a todos lados que fui iba a ser titular. Un día no fui a entrenar porque tenía la revisación médica y el técnico estaba como loco preguntando dónde estaba, entonces esas cosas no te dejan bajonear".
Sus representantes le ofrecieron probar suerte por quinta vez, pero el zaguero prefirió no continuar con este juego: "me dijeron que tenían un equipo español, Almería, el mismo en que colocaron a Ricardo Varela, pero yo no quería nada más y les dije que por seis meses o un año no viajaba a ningún lado más. Entonces me aconsejaron seguir entrenando y me llevaron a practicar a Uruguay Montevideo. Fui dos días y no me aparecí más. Llamé a Pelusso y volví a Danubio".
En el fondo, Melo todavía sueña con un pase al exterior. Pero ya aprendió que no es oro todo lo que reluce.