El día en la capital de Afganistán comienza a las cuatro de la madrugada, con el melodioso llamado a la oración que se transmite desde los altavoces de todas las mezquitas. En la polvorienta posada Papa Sallis hay agua caliente, pero el baño es a oscuras porque a esa hora los generadores eléctricos están apagados. Entonces la principal preocupación no son las ratas, sino más bien que el agua —contaminada por los desechos de la guerra— no entre en los ojos y la boca.
A las 5.30 ya hay gente en las calles. Salen bien abrigados de sus casas de barro y arcilla distribuidas por la explanada y las colinas de Kabul. Los hombres visten de manga larga y chaleco, llevan sombrero o turbante y arrastran sobre el hombro una especie de bufanda con los símbolos de su clan. Quizás la mitad de las mujeres aún usa burka, las que no, al menos llevan un manto sobre su cabeza.
Kabul no pasará a la posteridad por su riqueza gastronómica. En el sector "turístico", los restaurantes escasean. La panadería francesa de Shahri Naw ofrece croissants tiesos. En el célebre Marco Polo, los pinchos de carne de oveja saben a comida de país en guerra. En el comedero de la posada hay que pedir explícitamente "una hamburguesa con carne", porque de lo contrario el comensal se encontrará ante un pan relleno de queso, cebolla, lechuga y una rancia salsa de tomate. Dentro de todo, el restaurante chino de Ansari, que ha sobrevivido a décadas de conflicto, ofrece un menú ambicioso y —para deleite de los extranjeros— es uno de los pocos locales con autorización para expender cerveza en este país islámico.
A pesar de la desconfianza que les debería generar el hecho de haber sido invadidos por los babilonios, los árabes, los mongoles, los indios, los británicos, los paquistaníes, los soviéticos y los estadounidenses, lo cierto es que los hombres de Kabul reparten sonrisas entre los extranjeros. Hasta el más arisco responde al saludo en el idioma dari, salaam. Y la aparición de una cámara fotográfica genera pedido tras pedido para ser retratados.
La interacción con las mujeres es otra cosa. Para comenzar, son muy pocas las que andan por la calle o las que atienden locales comerciales en la capital. La proporción parece ser de diez hombres por cada mujer. Hablar con una afgana en la calle, o fotografiarla, es una ofensa. El extranjero que intente hacerlo verá como sigue de largo o se cambia de acera. Los hombres ya no son arrestados por abordarlas, pero ellas sí pueden ser severamente castigadas por sus familias.