Sebastián Cabrera, en España
Son jóvenes que emigraron en busca de un futuro mejor. Pero al llegar a España dicen haber recibido un trato casi esclavizante, mientras trabajaban en empresas uruguayas.
"Nunca trabajes para un uruguayo en España". Ese fue el consejo que le dieron a Javier Castillo, de 20 años, antes de emigrar. Castillo guardó la frase en su memoria, pero no le dio demasiada importancia. A mediados del año pasado dejó su Mariscala natal y voló a Barcelona con muchas ilusiones y sin papeles.
Algunos días después de llegar, Castillo caminaba por la calle y vio un "restaurante uruguayo". Por un instante recordó aquel consejo pero ya empezaba a precisar dinero y no lo dudó: entró a pedir trabajo. Hoy desea que aquel día nunca hubiera existido.
Los tres meses y medio que le siguieron significaron una verdadera pesadilla para el joven minuano, que asegura que fue "exprimido" como nunca. Trabajó jornadas larguísimas, durmiendo pocas horas por día y recibiendo un trato que considera "malísmo".
Al igual que Castillo, muchos uruguayos recurren a compatriotas para solicitar empleo, sobre todo cuando no tienen papeles, pensando que recibirán un buen trato por el simple hecho de ser del mismo país. Pero la realidad muestra que no garantiza nada que el empleador sea uruguayo.
"Hay que sacárselo de la cabeza: en España los uruguayos no tienen más oportunidades cuando el jefe o patrón también es de nuestro país. Por ser compatriota no se hace ningún favor en especial", afirmó Daniel Bilinis, vicepresidente de la Casa Uruguay-Madrid "José Artigas", que por su cargo se encuentra en permanente contacto con uruguayos emigrados.
Bilinis afirma que la tendencia actual en España es la reducción de personal, así como el pago de sueldos cada vez más bajos, y que los uruguayos que son dueños de los establecimientos comerciales o empresariales se han amoldado rápidamente al mercado español.
Como ejemplo cita el caso de una empresa uruguaya "muy conocida" que hace poco se estableció en España y decidió pagar sueldos de 500 euros, bajos para el mercado español. "Para eso recurrieron a los inmigrantes, ya sean mexicanos, peruanos o uruguayos. No les importa la nacionalidad. Porque los españoles, para ese mismo empleo, no trabajan por menos de 1.200 euros", explicó.
Un cartón en el piso
Los argumentos referidos a la dureza del mercado laboral español no bastan para convencer a Castillo, que ahora repite convencido el consejo que recibió antes de emigrar. "Es cierto. No hay que trabajar para uruguayos", asegura el minuano. Su voz transluce rabia e indignación, a pesar de que ya pasó un año desde que dejó de trabajar en la parrillada El Gauchito, en el balneario catalán Platja d’Aro.
"Se aprovecharon de mí porque no tengo papeles, me hicieron la vida imposible", recordó Castillo. Aseguró que él y otros 15 uruguayos trabajaban allí 15 horas por día y sin jornadas libres, durmiendo sobre cartones en el mismo sótano del local.
"Una vez conseguimos colchones y los dueños los tiraron. Había gente que no aguantaba, muchos trabajaban medio día y se iban", continuó.
Pero él sí aguantó, al menos desde agosto hasta mediados de noviembre de 2002. Aguantó, dijo, tener que bañarse con agua fría, acostarse a las 3 de la mañana luego de extensas jornadas de trabajo y tener que despertarse sólo dos o tres horas después. "¡Son unos vagos!", les gritaba el compatriota Jorge Pereira —propietario del comercio— cuando recién amanecía, recordó Castillo.
El minuano dijo que lo peor siempre venía al día siguiente de cobrar los 1.000 euros mensuales de sueldo, por hacer de mozo, pizzero y hasta asador. "Nos ponían a limpiar las escaleras con esponja de aluminio luego de todo un día de labor".
Pereira, el dueño de El Gauchito, niega todas las acusaciones. El empresario, de 42 años, se inició en el rubro en los años 80 trabajando para otro uruguayo, Elbio López, dueño de los restaurantes La Rueda y La Carreta en Barcelona y El Uruguayo en el balneario Castelldefels.
Pero al tiempo Pereira comenzó su propia carrera como empresario gastronómico. Primero abrió la pizzería Papito y, desde 1999, El Gauchito.
Pereira niega de principio a fin la versión de Castillo: por el contrario, manifiesta que el ambiente de trabajo en su restaurante es "muy familiar".
"Claro que si alguien hace algo mal, es lógico que uno se enoje. Y también es verdad que en agosto el ritmo aquí es muy cansador, se trabaja todos los días", explicó.
Pereira reconoció que algunos de sus empleados duermen en habitaciones en el mismo establecimiento, pero niega que sea sobre cartones. "No están obligados a dormir acá", agregó.
El empresario afirmó que El Gauchito paga sueldos por "arriba del promedio" que ubicó entre 1.500 y 1.600 euros. Dijo que por eso mismo sus empleados están contentos. "La prueba es que cerramos en noviembre y en febrero muchos nos vuelven a tocar la puerta", manifestó.
Los peores días de mi vida
"Acá no se explota a nadie. Yo soy igual que cualquier camarero, el trato es bueno", afirmó por su parte Elbio López, también oriundo de Minas, en la entrada de su restaurante La Rueda, mientras algunos clientes hacían cola a la espera de que se desalojara alguna mesa.
Cuando se realizó la entrevista, el restaurante estaba repleto.
Para López, el problema no son los uruguayos devenidos empresarios en España, sino las pretensiones, que considera excesivas, de muchos compatriotas que llegan allí en busca de trabajo.
"El gran problema de los uruguayos es que al llegar les sirve hasta que les pegues, pero a la semana te quieren pegar a vos, y a las dos semanas ya vienen cuando se les canta. Al mes todavía no se pagaron el pasaje, pero ya quieren traer a su mujer a España. Y no puede ser así", señaló el empresario de 61 años.
Pero algunos de sus ex empleados dicen que López los trató muy mal. Uno de ellos es Martín Rodríguez, que trabajó en La Rueda "siete meses, una semana y un día y medio", a comienzos de los años 90. "Fueron los peores días de mi vida", contó.
El uruguayo, que es del Chuy y tiene 34 años, recuerda que trabajaba mucho y cobraba 80.000 pesetas de la época (500 euros), cuando un sueldo normal no bajaba de 120.000 pesetas (750 euros). Trabajaba de 10.30 a 17.30 y de 19 a dos o tres de la mañana entre semana, mientras que sábados, domingos y feriados lo hacía de corrido.
También dijo que sus patrones abusaban de su falta de papeles: "te daban a entender que la única salvación que tenías era trabajar con ellos, y que si te esmerabas te harían una oferta de trabajo. Pero era todo mentira".
Por su parte, López asegura que hasta hace dos años había ayudado a obtener la residencia a 1.740 personas. "Ahora perdí la cuenta", agregó, aunque admitió que hoy tiene "ocho o nueve chicos" sin papeles empleados en sus locales.
"Lo bueno de los que están sin papeles es que son dóciles, no se quejan. Pero una vez que los ponés en regla, se buscan otro trabajo", afirmó. Y la docilidad puede costar cara: más de una vez López ha sido multado por tener empleados en situación irregular. "Es un riesgo muy grande. He pagado tres o cuatro multas de cinco millones de pesetas cada una (30.000 euros). Y la vas peleando, buscás financiación y pagás de a poco".
Explotado aquí y allá
En La Rueda hay 16 empleados, todos uruguayos, que trabajan entre 12 y 14 horas por día y cobran sueldos que en general varían entre 800 y 1.000 dólares, afirmó López.
El empresario recibe casi a diario uruguayos que le piden empleo. Él mismo contrata sólo compatriotas, por la famosa "viveza criolla", explicó. "Es que nosotros tenemos velocidad mental. Yo miro a un mozo, le hago una seña y ya sabe que a tal señor le falta algo. Pero los españoles no entienden, además de que no saben de dónde sale el vacío ni quién jugaba en Peñarol en el 58".
Pero Rodríguez no es el único de los ex empleados de López que se queja. Otro uruguayo, que pidió anonimato, trabajó algunos meses en La Carreta (el otro restaurante barcelonés de López) y dijo que el principal problema era "que vivía ahí adentro".
Su vida, aseguró, consistía en trabajar y dormir. Contó que en diciembre, López les pidió a sus empleados que trabajaran todos los días, sin jornadas libres. "Y no había elección: si decías ‘no’, te ibas", relató.
El ex empleado de La Carreta dijo que él y sus compañeros comían "lo peorcito", pero "lo que lo redimía de alguna manera a López es que él comía la misma porquería".
Con todo, esta misma persona afirmó que en Uruguay lo explotaban más que en España.
"Yo no lo culpo a López. Siempre habrá gente que se aproveche del sistema y gente dispuesta a ser ‘carneada’. Si yo no hubiera enganchado aquel trabajo, tal vez me hubiese vuelto a Uruguay", opinó sentado en la mesa de un bar barcelonés.
No muy lejos de allí, en el hall de entrada de La Rueda, Elbio López no para de cobrar facturas. Como cada día, lleva un ritmo demoledor. "Es que acá se labura mucho. Yo cumplo y todo el mundo tiene que cumplir", afirmó el empresario, que atribuye los cinco infartos y seis operaciones de by-pass que figuran en su historia clínica a su vertiginoso ritmo de trabajo.
"Mucha gente viene a pedir empleo y nunca ha trabajado en este ramo, no tiene oficio. Pero yo no estoy contra nadie, intento ayudar a todo el mundo", agregó, antes de perderse entre bandejas con asado y flanes con dulce de leche.
También en Gandía
Claro que Cataluña no posee la exclusividad en casos de este tipo. Y si no basta darse una vuelta por Gandía, un balneario ubicado en las afueras de Valencia, repleto de turistas en verano pero con una población de 5.000 personas durante el resto del año.
Aunque no tiene nada en especial en comparación con otras playas del Mediterráneo, en Gandía hay una importante colonia de uruguayos. Y allí está, además, el restaurante La Tranquera, especializado en pastas, pizza y fondue y propiedad del uruguayo Enrique Vitacca.
Carla Schmidt y su novio Javier Serrentino, ambos de 22 años y técnicos en hotelería, trabajaron allí.
Todo comenzó en enero en Montevideo, cuando Schmidt leyó un aviso que pedía "cocinera con pasaporte europeo".
La oferta de Vitacca les resultó tentadora: 900 euros por mes a cada uno, más alojamiento y comida, durante tres meses y medio. Fue así que aceptaron y el 1º de junio llegaron a Gandía. Schmidt ocupó el cargo de ayudante de cocina, donde trabajaría la esposa de Vitacca, y dos mujeres bolivianas. Serrentino sería mozo junto al propio dueño del lugar.
La joven pareja quedó encantada con el trato del empresario durante las primeras horas en tierras valencianas. Pero las cosas no rodaron igual cuando empezaron a trabajar.
Según dijeron, el horario pactado inicialmente (de 12 a 16 y de 20 a 24) nunca se cumplió: relataron que trabajaban cada día de 12 a 18 y de 20 a 3 de la mañana. Schmidt agregó que además de su tarea como ayudante de cocina, debía realizar la limpieza del local, incluso de los baños, cuatro veces cada día.
Los gritos y los reproches estaban a la orden del día. Llegó un momento en que Schmidt lloraba casi a diario. Fue así que, a 15 días de haber empezado, ella y su novio decidieron renunciar.
Grande fue la sorpresa cuando fueron a la gestoría a cobrar el dinero: los esperaban 250 euros para ambos, en lugar de los 450 que cada uno esperaba cobrar por la quincena trabajada. Sólo obtuvieron como explicación que se les había descontado la comida y 18 euros de alojamiento por día.
Vitacca, entrevistado en Uruguay, dijo que no hubo ninguna irregularidad en este caso. "Estas dos personas apenas si trabajaron una semana; se fueron por voluntad propia y en base a los convenios laborales se les pagó más de lo que deberían haber cobrado", afirmó.
"Tengo la documentación de los aportes a la Seguridad Social española y las liquidaciones firmadas por ellos mismos", agregó el empresario. "Hace 23 años que tengo restaurantes en España y nunca tuve una denuncia de ningún tipo".
No existe ninguna denuncia legal en este caso ni en ninguno de los antes relatados.
Fuentes de los organismos de control laboral españoles señalaron que son extremadamente raros los casos en que inmigrantes sin papeles denuncian a sus patrones.
Del trabajo a la casa
Otra uruguaya, que trabajó en un restaurante de Vitacca en España y que prefiere ser mencionada sólo como L.R., relató una historia similar a la de Schmidt.
Dijo que debía trabajar jornadas de 12 o 13 horas y dormir en un apartamento del que Vitacca y su esposa tenían llave y entraban cuando querían. Narró que así trabajó durante tres semanas, sin un solo día libre. "Trabajábamos 12 o 13 horas en el local, volvíamos a ver televisión y al rato siempre aparecía uno de ellos". Sostuvo, además, que Vitacca le quedó debiendo dinero, unos 200 euros.
El empresario, por su parte, desmintió la historia de L.R. Negó que se hayan cometido abusos en su contra, ya sea en el restaurante o en el apartamento donde vivía. Y dijo que es mentira que quedara debiéndole dinero.
Para Vitacca, L. R. no tiene de qué quejarse. "La recuerdo, sí: le pagué el pasaje de ida y a los diez días ya no quería trabajar más. Con lo poco que trabajó, no llegó ni a pagarme el pasaje", dijo.
Para el empresario, los casos de Schmidt y de L.R son dos gotas de un vaso que ya desbordó. Por eso, a raíz de su experiencia con empleados uruguayos, Vitacca ya no quiere volver a contratar a un compatriota para que vaya a trabajar en su restaurante.
"Los dos años que llevé gente de acá fueron el año pasado y éste", afirmó. "Pero nunca más llevo a nadie".
Al parecer, la relación empleado-empleador entre uruguayos en España no resulta satisfactoria para ninguna de las partes.
De hecho, Bilinis, el vicepresidente de la Casa Uruguay-Madrid, asegura que hay algunos empresarios uruguayos en la capital española que ahora prefieren tomar a peruanos o ecuatorianos, antes que a uruguayos, porque trabajan por menos dinero. "Quieren abaratar costos y por eso buscan mano de obra barata", afirmó. A su juicio, trabajar muchas horas y cobrar poco "es muy común" en la actualidad: "entrás a trabajar y no sabés cuándo salís".