Acabo de leer el informe de 47 páginas de Amnistía
Internacional sobre la situación de las mujeres
afganas, emitido a principios de este mes. Y debo
decir que todavía no querría ser una mujer en
Afganistán.
Amnistía detectó violencia física contra las mujeres en
sus hogares. Matrimonios forzosos que incluyen a
mujeres menores de edad. Pago de deudas con
mujeres y niñas. Violaciones y secuestros por parte de
grupos armados. Temor y vergüenza que obstaculizan
el acceso a ayuda médica, legal y social que las
mujeres necesitan desesperadamente. Tribunales
que se hacen cómplices de las familias para
encarcelar chicas adolescentes desobedientes.
En partes de Afganistán, informa Amnistía, las mujeres
aseguran que la inseguridad y el riesgo de violencia
sexual hacen que sus vidas sean peores que antes.
Una dijo: "Durante la era de los talibanes, si una mujer
iba al mercado y mostraba una pulgada de carne
hubiera sido azotada: ahora es violada". (...) Las
víctimas de coerción y abuso sufren una doble
maldición: los castigos que les imponen sus familias,
y después las sentencias dictadas por el sistema
judicial. ¡Como me alegro de no ser una afgana!
De los 87.000 millones de dólares que el presidente
George W. Bush pidió al Congreso para estabilizar y
rehabilitar Irak y Afganistán, 800 millones de dólares
son para la reconstrucción afgana y se suman a los
1.800 millones de dólares ya asignados por el
Congreso para esa causa. (...) Estados Unidos
prometió a las afganas que era seguro descartar sus
burqas. Prometimos a las niñas que podrían aprender
a leer. Les prometimos a todas que podrían ir por la
calle sin ser molestadas.
Ellas confiaron en nosotros. Se sacaron las burqas, se
anotaron en las escuelas, salieron a la calle. Ahora
que nuestra atención y dinero están dirigidos hacia
Irak, no podemos olvidarnos de las mujeres afganas.
De una columna de la periodista Susan Ives en el
diario estadounidense San Antonio Express News,
sábado 18.