El otro Irak

| En Bagdad sobran autos de lujo y faltan medicamentos. Años de guerra y sanciones económicas sumieron a Irak en la miseria, pero beneficiaron a la elite dirigente.

John F. Burns, The New York Times

Durante 30 años, la Plaza de la Liberación, en Bagdad, ha sido el escenario de recuerdos aterradores en la memoria colectiva de la mayoría de los iraquíes. Allí fueron ejecutados públicamente, en enero de 1969, nueve judíos y otros cinco ciudadanos iraquíes acusados de espiar para Israel. Las estructuras levantadas para su ejecución fueron inspeccionadas, antes de los ahorcamientos, por Saddam Hussein, en ese entonces vicepresidente, quien recorrió la plaza en un auto descapotable.

Hoy, la Plaza de la Liberación se ha trasformado en un mercado de pulgas.

Allí se ofrecen miles de artículos domésticos diversos, desde accesorios para plomería hasta tarjetas postales y revistas viejas, discos de 45 y 78 revoluciones, sandalias de plástico o cualquier cosa que tenga el mínimo valor monetario todavía. Los vendedores no son de la clase baja analfabeta, sino más bien la clase media iraquí, que ha quedado sumida en la pobreza.

Hace algunos meses, al pasear por la plaza, un visitante extranjero se encontró con abogados, maestros, ingenieros, escritores, músicos y médicos atendiendo los puestos. Algunos de ellos estaban desempleados, otros buscaban complementar sus salarios, que prácticamente no valen nada como consecuencia de la devaluación del dinar iraquí, cuyo valor se ha reducido en 8.000% a lo largo de los últimos 20 años.

Uno de los relatos más conmovedores es el de Fuad Zeiki Ibrahim, un hombre apuesto de 45 años y cabellera entrecana, que dijo haber sido capturado a principios de la guerra entre Irán e Irak y pasó ocho años en una prisión militar iraní antes de regresar a su patria en 1990. Ahora recibe una pensión de veterano de guerra equivalente a cuatro dólares mensuales. Con este ingreso trata de mantener a una familia de siete.

Ibrahim se abstuvo de pronunciar los elogios habituales al régimen de Hussein, cuyo sonriente y omnipresente retrato podía verse a sus espaldas, presidiendo la conversación. "Mi vida carece de sentido; cuando regresé a mi hogar, descubrí que no quedaba nada para mí en mi patria", dijo el veterano de guerra.

No muy lejos de la plaza, en el próspero mercado de autos de Bagdad, en el distrito Murad Arusafa del sector oriental de la ciudad, las salas de exhibición están repletas de vehículos de lujo. Los solícitos vendedores ofrecían un Landcruiser nuevo, impecable y brillante, por 42.000 dólares y uno de los modelos de Mercedes más caros por 72.000 dólares. También estaba disponible un Ferrari clásico, junto a varios Porsches y Lamborghinis nuevos.

Es que el Irak de Saddam Hussein es un país de divisiones sociales brutales y potencialmente explosivas. De la población del país, que tiene unos 22 millones de habitantes, sólo unos pocos favorecidos tienen acceso a los lujos más extravagantes. En general, la mayoría parece totalmente indiferente al sufrimiento de los demás en una sociedad donde la vasta mayoría de la población ha sido condenada a la penuria por dos décadas de guerras y sanciones económicas.

Votando en coche

Para cualquier visitante que pase unas semanas en Irak, es este contraste entre el estilo de vida de la élite cercana al presidente y el del resto de los iraquíes lo que parece ser lo más revelador de esta sociedad. Eso, y la percepción de un clima de temor que no es posible encontrar en ninguna otra nación, salvo quizá en Corea del Norte. Los iraquíes están siempre aterrados ante la posibilidad de que sus pensamientos disidentes atraigan la atención de la policía secreta de Hussein.

Buena parte de la decadencia en Irak está oculta a la mirada o, al menos, apenas es percibida por aquéllos que no forman parte de la élite. Los que viven en el país y hablan de ello, lo hacen con susurros ansiosos. Quienes viven fuera de Irak y lo mencionan son casi siempre gente que ha huido del régimen de Hussein y ahora da su apoyo a los grupos opositores que han jurado derrocarlo.

En estas circunstancias, separar los hechos de los rumores es casi imposible. No obstante, ha habido muy pocos cambios a lo largo de los años en cuanto a los relatos de actos siniestros —muchos de ellos referidos a mujeres obligadas a otorgar sus favores, excesos sexuales y violencia— que se filtran acerca de lo que ocurre en las mansiones y palacios de quienes disfrutan de la protección de Saddam.

Pero aunque solo se tome en cuenta lo que está a la vista de todos los iraquíes, la conclusión es que a lo largo de los 23 años que Hussein ha estado en el poder se ha generado en Irak una sociedad de extremos sociales y económicos.

Una muestra de esto fue el incidente ocurrido en octubre, cuando el líder iraquí anunció un referéndum para renovar su mandato por otros siete años. El resultado fue un unánime 100% de votos positivos por parte de los 11 millones iraquíes que acudieron a las urnas. Ese día, la televisión estatal iraquí mostró al hijo mayor del presidente, Uday Saddam Hussein —protagonista de muchos de los rumores más escandalosos acerca de comportamiento violento y excesivo dentro de la élite gobernante— en momentos en que depositaba su voto.

Uday, de 38 años, llegó al lugar de votación manejando un Rolls-Royce Corniche de modelo reciente, uno de los autos más caros del mundo, y entregó su voto desde la ventanilla del conductor, en forma displicente, a un muchacho que se encargó de depositarlo en la urna mientras las cámaras registraban la escena.

Ese tipo de gestos señoriales han sido evitados siempre por su hermano menor, Qusay, de 36 años, que vive más modestamente —o al menos no tan ostentosamente— y aparentemente ha conquistado el lugar de heredero de su padre.

De todos modos, con los juramentos universales de lealtad a Hussein y sus hijos exigidos a lo largo de muchos años de terror, es difícil saber cómo interpretaron el gesto de Uday los millones de iraquíes sumidos en la pobreza que lo vieron por televisión.

Desesperación

La economía de Irak comenzó a deteriorarse en 1980, cuando Hussein –que entonces contaba con el apoyo de Estados Unidos– lanzó una guerra contra Irán que se prolongó por ocho años. La situación terminó de desmoronarse tras la desastrosa invasión a Kuwait en 1990, que desembocó en la guerra del Golfo y las sanciones económicas que hasta hoy se mantienen.

Los ingresos petroleros de Irak, que en 1980 totalizaban 26.500 millones de dólares, tres veces más que en el 2000, lo habían convertido en uno de los países árabes más ricos, con enormes éxitos en materia de atención médica, educación, saneamiento, agricultura, tasa de empleo y surgimiento acelerado de una clase media urbana.

Ahora, el grado de desesperación de la mayoría de la población causa lástima.

En Ciudad Saddam, una vasta y miserable localidad perdida en las afueras de Bagdad que alberga una creciente población de dos millones de musulmanes chiítas, es posible ver niños de muy corta edad trepando entre montañas de basura en busca de alimentos rescatables o cualquier otro artículo que todavía pueda ser aprovechado para realizar un trueque.

En los últimos meses, los periodistas occidentales que habían pedido permiso al Ministerio de Información para visitar Ciudad Saddam recibieron como respuesta un no rotundo. Al parecer, la negativa se debió al temor de que pudieran encontrar grupos de disidentes, incluso grupos de resistencia clandestina, que han encontrado un excelente caldo de cultivo entre los chiítas que son mayoría en Irak pero están prácticamente excluidos de puestos importantes por la minoría musulmana sunita a la que pertenece Saddam.

Los pordioseros abundan en todas partes, y la mayoría son niños que viven en las calles, madres con criaturas aferradas al pecho, viudas ataviadas con ropa oscura y viejos desdentados.

Pero también existe otro país, y otro Bagdad. En barrios de gente acomodada como Arasat, Karada y Mansour, el dinero puede comprar casi cualquier lujo. Los mercaderes ofrecen trajes Armani, blusas Escada, perfumes L’Oreal, aparatos de televisión Sony, refrigeradores estadounidenses modernos de doble puerta, muebles alemanes y piscinas de 20.000 dólares, tan grandes como pequeñas lagunas.

"Gángsters"

De noche, por los principales centros comerciales de Bagdad desfilan hombres y mujeres lujosamente ataviados, a bordo de Mercedes-Benz, Jaguares y BMWs, muchos de los cuales hacen sus compras con fajos de dólares estadounidenses y regresan con los paquetes a grandes mansiones con portones de acero, vigiladas por guardias armados con rifles Kalashnikov.

En Irak, gente como ésta rara vez se presta a ser entrevistada, de forma que sólo se puede especular acerca del origen de su dinero. Pero los iraquíes menos favorecidos por la fortuna no tienen inconvenientes en formular algunas hipótesis al respecto.

Estos iraquíes explican que si bien la guerra y las sanciones destruyeron muchos negocios legítimos, al mismo tiempo crearon incontables oportunidades para el mercado negro, que fueron monopolizadas rápidamente por personas relacionadas con los hombres más poderosos en Irak.

Una de las empresas más lucrativas ha sido el contrabando de petróleo en buques cisterna que navegan hacia Siria, Jordania y Turquía, lo que ha permitido ganar miles de millones de dólares que no se contabilizan como parte de las ventas petroleras de Irak, sujetas a limitaciones y controles por parte de las Naciones Unidas.

Para un visitante, el mejor lugar para observar a los beneficiarios de esta riqueza son los elegantes restaurantes que abundan en las calles principales de Arasat y Karada.

Allí, entre fuentes de mármol y lujosos decorados, los comensales pueden elegir el plato que prefieren en gruesos menúes que ofrecen especialidades europeas y árabes, y disfrutar la música en vivo de bandas que tocan desde baladas árabes hasta canciones occidentales de música pop.

Durante un paseo por Arasat en una templada noche de fines de primavera, el espectáculo de compradores, comensales y jóvenes hiperactivos en sus autos descapotables fue demasiado para un empleado del Ministerio de Información, uno de los tantos funcionarios encargados de cuidar de los corresponsales extranjeros, que había dedicado semanas a exaltar incansablemente todo lo que Hussein había hecho por su pueblo.

Pidiendo disculpas, el hombre admitió que no se sentía bien ante la idea de tener que mantener a su familia con un salario mensual de unos 50 dólares mientras una minoría de privilegiados, vinculados con los poderosos, hacían tan descarada exhibición de su riqueza y su lujoso estilo de vida. "Es un negocio de gángsters", dijo, dando la vuelta abruptamente para alejarse. "Negocios de gángsters, simple y sencillamente".

Riesgo de vida

En una sociedad que opera sobre estas bases, las vidas humanas fácilmente pueden estar subordinadas a los intereses políticos y personales de los dirigentes.

Eso se hizo evidente al visitar una sala de tratamiento de cáncer de un hospital de Bagdad, donde un niño de 11 años, increíblemente delgado y pálido, yacía en un catre sin que su leucemia fuera atendida por falta de los medicamentos para hacerle la imprescindible quimioterapia.

El médico iraquí encargado de atenderlo dio la misma explicación que el gobierno iraquí ha ofrecido al mundo desde hace una década: que las sanciones económicas impuestas por insistencia de Estados Unidos después de la Guerra del Golfo, en 1991, han bloqueado la posibilidad de comprar medicamentos para el tratamiento del cáncer, con lo cual muchos niños son condenados a una muerte segura. (Washington rechaza esta acusación y afirma que Irak tiene total libertad, pese a las sanciones, para comprar cualquier cantidad de drogas contra el cáncer).

Algo en el comportamiento inquieto del médico sugirió que tenía algo más que decir. De forma que el periodista preguntó si podía consultar al médico en privado para plantearle sus problemas personales de salud, lejos del inevitable acompañante oficial que supervisaba la conversación.

Pese a las protestas del funcionario, el médico accedió. Retirándose a una pequeña oficina sin ventanas, cerró la puerta, se sentó y habló apresuradamente, en alemán, casi susurrando. Señalando a los muros, con un dedo hizo un gesto a lo largo de su garganta, indicando que hablaba arriesgando su vida.

Cuando el visitante preguntó si las drogas no estaban disponibles en el próspero mercado negro de medicamentos de Bagdad, el médico dijo: casi todas los drogas contra el cáncer están disponibles, pero tienen un precio.

En el caso del niño, agregó, la quimioterapia requerida costaría unos 2.500 dólares, una suma inimaginable para el padre del paciente, un soldado del ejército de Hussein que gana 15 dólares mensuales. Como consecuencia, dijo, el niño moriría, probablemente en uno o dos días.

¿Y qué pasaría si un forastero fuera al mercado negro y comprara las drogas? Una vez más, el médico hizo correr el dedo ante su garganta. En Irak, parecía estar diciendo, incluso los actos de caridad pueden ser interpretados como una conspiración contra el Estado.

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