La alegre y despreocupada Cristina

| ¿A quién desvela la austeridad? Su gobierno dio préstamos y subsidios, en parte gracias al superávit comercial | V Hace 40 años era un importador neto de alimentos; hoy les pisa los talones a los 5 grandes exportadores

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Este año, Cristina Kirchner, la presidenta de Argentina, dio un consejo a los gobiernos europeos que enfrentaban la recesión y el pánico en los mercados. En esencia fue: "Al diablo con el FMI y sigan gastando". Es lo que ella y su predecesor y esposo, Néstor Kirchner, han practicado desde 2003.

Argentina es uno entre el puñado de países que se niegan a tratar con el FMI. Casi una década después de que su deuda cayera en default por un monto de US$ 90.000 millones, cuando su economía se hundió, aún tiene unos pocos vínculos financieros con el mundo y muy poco crédito bancario. Pero al contrario del desastre pronosticado por economistas ortodoxos, la economía ruge.

O, al menos, así parece. Las cifras son discutidas: en 2007 el gobierno se entrometió con el Instituto de Estadísticas (Indec) y las cifras oficiales ahora tienen poca credibilidad. Muestran que el PIB creció 0,9% el año pasado, pese a la recesión mundial y a una sequía grave que afectó a los productores agropecuarios de gran importancia para Argentina. Pero economistas independientes, que dicen que la economía se contrajo 2,2-2,5% el año pasado, ahora pronostican un crecimiento de hasta el 8,0% para este año.

Al igual que la expansión de 2003/08, esta recuperación se debe principalmente a circunstancias afortunadas. Se acabó la sequía y Argentina, especialmente su industria automotriz, se está beneficiando del fuerte crecimiento de Brasil. Pero el tercer elemento en la recuperación son las políticas expansivas de la Presidenta que alimentan un boom del consumo. Y ahí comienza el debate.

Cuando la economía comenzó a desacelerarse, Cristina Kirchner siguió estimulando el gasto: dio préstamos a fabricantes multinacionales de autos y concedió subsidios para mantener puestos de trabajo. Con la recaudación en caída, financió estas medidas saqueando la lotería nacional y el sistema de jubilaciones, el que finalmente nacionalizó en noviembre de 2008. En enero de este año el gobierno se hizo de US$ 6.600 millones de las reservas del Banco Central para pagar deuda (decisión que llevó a la renuncia del presidente del banco, Martín Redrado). Según un alto funcionario, éstas fueron medidas de emergencia que salvaron puestos de trabajo y pagos de bienestar social y la alternativa, un ajuste fiscal, hubiera determinado consecuencias negativas de mayor magnitud.

BAJA CREDIBILIDAD. La recaudación nuevamente está creciendo y las reservas treparon a US$ 50.000 millones gracias a un superávit comercial saludable (y a pesar de la constante fuga de capitales). Pero las medidas de Cristina Kirchner acumulan costos ocultos.

El primero de esos costos es la inflación. Aunque el índice de precios al consumidor oficial subió sólo 11% en los doce meses hasta el pasado mes de junio, el gobierno tácitamente dio credibilidad a las estimaciones mucho más elevadas de economistas independientes, al convalidar aumentos salariales de alrededor del 25% a los trabajadores y elevó recientemente las categorías impositivas un 20 por ciento.

El segundo radica en los métodos no ortodoxos adoptados por el gobierno que han puesto nerviosos a los inversores. Funcionarios oficiales están completando un segundo canje de bonos sobre los que la Argentina incumplió pagos en 2001/02. Eso debiera permitir que el gobierno retorne a los mercados de bonos para financiar los pagos de deuda de 2011. Pero tendría que pagar intereses muy elevados: por la falta de credibilidad del gobierno, el spread sobre canjes de crédito en default para la deuda argentina sería del 8,2% (similar a lo que paga Grecia).

Bajar esa tasa requeriría que el gobierno normalizara el Indec, se comprometiera a una política fiscal y monetaria más transparente y restableciera relaciones con el FMI, dice Daniel Marx, un consultor económico en Buenos Aires. Esto último puede ser demasiado para los Kirchner, a quienes les gusta culpar al Fondo por el colapso de 2001/02 que, en gran medida fuera provocado por el propio país.

Los Kirchner han tenido una suerte extraordinaria dado que su período en el poder ha coincidido con un auge de los términos de intercambio para Argentina. La creciente demanda de alimentos de Asia ha hecho subir el precio de las exportaciones de soja y otros productos de las ricas pampas con relación al precio de las importaciones. La pareja gobernante extrajo gran parte de los beneficios de los productores agropecuarios a través de impuestos más elevados, que han reciclado como subsidios y pagos a familias urbanas pobres.

A fines de la década de 1940 una política similar, con términos de intercambio igualmente beneficiosos, convirtió a Juan Perón en un héroe popular y su movimiento peronista (al que pertenecen los Kirchner) en la fuerza política dominante del país. Pero los Kirchner han sido torpes: sus esfuerzos por exprimir a los productores agropecuarios provocaron una exitosa revuelta contra los impuestos en 2008 e hicieron impopular a la Presidenta.

En la elección parlamentaria del año pasado la oposición privó a los Kirchner de una clara mayoría en el Congreso. El Congreso, además de medidas para reformar el Indec, está debatiendo un proyecto que elevaría las jubilaciones casi un 50% para compensar la inflación. Si se aprueba, será más difícil para el gobierno utilizar el sistema jubilatorio como si fuera su caja.

Si los precios mundiales de los alimentos cayeran repentinamente, el truco fiscal de los Kirchner les podría estallar en la cara, generando una espiral de devaluación e inflación. Pero por ahora parece que seguirá su suerte, al menos hasta la elección presidencial del año próximo. La oposición está dispersa. Los niveles de aprobación de Cristina Kirchner (no los de su marido) están reviviendo en tándem con la economía. Puede llegar a lograr un segundo mandato.

Hay un tercer costo de los métodos de los Kirchner. El gobierno impulsa una política industrial, con los funcionarios atribuyéndose haber persuadido a las firmas automotrices de quedarse en la Argentina en vez de mudarse a Brasil y atraído algunas fábricas de zapatillas. La política de la pareja gobernante de perseguir a empresas privadas con las que no se lleva bien, la imposición de controles de precios y de medidas proteccionistas han sido menos ruidosas que las de su amigo Hugo Chávez, en Venezuela, pero a largo plazo disuadirán la inversión y harán menos eficiente la economía. Aunque la economía de Argentina es dos veces la de Chile, ha atraído apenas la mitad de inversión externa que su vecino desde 2007, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).

Quienes predecían el derrumbe de Argentina se equivocaron hasta aquí. Pero al final pueden terminar teniendo razón.

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