JAVIER DE HAEDO
El MEF ajustó algunos de los supuestos macroeconómicos con los que había venido trabajando desde el mes de mayo cuando hizo públicas las primeras estimaciones de la programación financiera quinquenal. De mayo a hoy hubo un salto en el nivel del tipo de cambio que afecta algunos rubros del balance fiscal, como es el caso de la cuenta de intereses. También se ha venido confirmando que la tasa de crecimiento de la economía uruguaya será este año mayor a la prevista entonces conservadoramente en 5,1%. Parece lógico que a la hora de cerrar la formulación del presupuesto se ajusten a la realidad los supuestos básicos sobre los cuales se trabaja.
Lo que no resulta tan razonable es que la recaudación impositiva a obtenerse por el mayor crecimiento económico esperado ahora para el año y en definitiva para todo el período se traslade de manera lineal a un aumento del gasto público, como se ha hecho. Dado que se trata de un crecimiento extraordinario, a una tasa mayor a la de la tendencia de largo plazo y, más aún, desde un nivel elevado del PIB, superior al de dicha tendencia, hubiera sido preferible que su producido se ahorrara, mejorándose la meta de resultado fiscal, que se ha establecido en un nada ambicioso déficit de 0,8% del PIB.
Lo mismo se hizo a lo largo del período de gobierno anterior en forma sistemática, lo que llevó a un fuerte deterioro fiscal en el último año, cuando el crecimiento económico menguó. Parece ser que la misma estrategia se habrá de seguir en el presente período: mientras que el mundo nos siga ayudando y nuestra economía crezca más de lo previsto, todo espacio fiscal generado por ese mayor crecimiento se habrá de gastar. El escenario considerado para el diseño del presupuesto luce optimista en un mundo con más dudas que certezas y el gobierno decide llevar la situación al extremo sin dejar margen de maniobra alguno para el caso en que el mundo cambie para peor. Sobre todo cuando los gastos que se aumentan son inflexibles a la baja, como salarios, pasividades y beneficios sociales. ¿Cuál es el "Plan B" para el caso en que el mundo deje de ayudarnos? ¿Más deuda? ¿Justo en ese momento?
El MEF ha establecido un objetivo ambicioso de reducción de la deuda pública bruta, procurando llevarla al 40% del PIB en 2015, desde el nivel del orden de 68% del PIB de finales de marzo pasado. Apuesta a que sin cambiar significativamente el stock de deuda, el crecimiento del PIB medido en dólares (tanto por el crecimiento económico real como por la inflación en dólares proyectada) haga converger el cociente entre deuda y producto desde el nivel actual al proyectado. Una vez más, se apuesta a seguir en bajada y con viento a favor y a minimizar el esfuerzo propio. Ayudaría a esa convergencia que se estableciera un objetivo de equilibrio fiscal, a lo mínimo que se debería aspirar en un escenario como el proyectado a partir de la situación actual.
El mundo implícito en las proyecciones oficiales es extraordinariamente positivo e incluso le cabe el adjetivo de optimista. Sin embargo, las metas fiscales no son dignas de semejante escenario externo y si éste finalmente no se diera volveríamos a quedar, como tantas veces, colgados del pincel.
Al menos hubo una buena noticia en oportunidad de la presentación del proyecto respectivo al Parlamento, y fue que no habrá mensajes complementarios al proyecto en ninguna de las dos cámaras legislativas, por lo que el Poder Ejecutivo parece haber dicho "hasta aquí llegué". La misma actitud, plausible, que adoptó con relación al presupuesto de la enseñanza pública, que consiste en marcar el tope presupuestal respectivo y expresar lo que entiende debería hacerse con el incremento de recursos reales asociado al mantenimiento de la proporción de 4,5% del PIB para el sector.
Pero quiero detenerme hoy en un aspecto que tiene que ver con lo expresado al pasar en párrafos anteriores en cuanto a que estamos por encima del nivel de PIB correspondiente a la tendencia de largo plazo, para lo cual elaboré el cuadro que ilustra esta nota.
Incluyo allí una estimación de la "brecha del PIB" es decir la diferencia entre el nivel observado del PIB y el nivel de la tendencia de largo plazo, la que estimo para los 12 meses a junio en 6,8%. Es decir que el PIB está hoy por encima en casi 7% al "potencial" o "normal" de nuestra economía. Eso da lugar a una recaudación de impuestos mayor a la que tendríamos si estuviéramos en la situación "normal". Asumo una elasticidad uno de producto a impuestos y entonces estimo la magnitud de los ingresos del gobierno Central más el BPS con el PIB "normal". Para los últimos 12 meses a junio, estimo en 1,8% del PIB la recaudación en más gracias al nivel extraordinario o sobre normal del PIB.
También realizo allí otro ajuste debido a un factor que ha sido muy relevante en los últimos años, que es la situación financiera de la UTE. En este caso considero como "normal" la situación de 1999 a 2004 cuando hubo un superávit financiero anual promedio de 0,8% del PIB. Defino como superávit financiero de UTE a la suma del resultado financiero más los dividendos pagados al gobierno y en el caso de 2010, sumo también los montos vertidos al nuevo Fondo de Estabilización Energética (FEE). Para el período de 12 meses a junio la situación financiera de la UTE es similar a la del período base.
De este modo, según mis estimaciones, el resultado fiscal de los últimos 12 meses a junio, que fue de -0,7% del PIB (ajustado el -1,1% informado oficialmente, por el FEE), equivale en términos "normales" de nivel de actividad económica y de situación financiera de UTE a un déficit ajustado final de 2,4% del PIB.
Se podría realizar un ajuste adicional que consiste en deducir de ese déficit la variación del stock de crudo de ANCAP, de 0,5% del PIB en ese período y llegamos a un déficit menor, de 1,9% del PIB.
Este es en realidad el punto de partida del presupuesto y la situación que tiende a mantener por todo el período. Por esto, y dado el escenario planteado, es que creo que el objetivo fiscal del gobierno es muy poco ambicioso.