Subsidios a cambio de ir a estudiar

| Los planes brindan dinero en efectivo o alimentos a los más pobres si sus hijos asisten a la escuela o sus bebés son vacunados

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Celia Orboc, una vendedora de tortas de Filipinas, gastó su pequeño estipendio en un rancho de madera y, de este modo, brindó a sus hijos un techo, por primera vez. Por otro lado, en Kirguistán, Sharmant Oktomanova gastó el suyo comprando harina para alimentar a seis niños. En Haití, el presidente René Préval elogia a una cooperativa de productos lácteos que da leche y yogur a las madres, cuando sus hijos van a la escuela.

Estos son ejemplos del nuevo dispositivo favorito contra la pobreza, el programa de transferencia condicional en efectivo (CCT, por su sigla en idioma inglés), en países con ingresos escasos y medios. Estos planes brindan estipendios y alimentos a los más pobres si cumplen con ciertas condiciones como que sus hijos asistan al colegio o que sus bebés sean vacunados.

Hace diez años, había unos cuantos programas de esa clase y la mayoría eran pequeños. Actualmente, están en todos los continentes, incluso en la ciudad de Nueva York, y benefician a millones de personas.

Los programas se han extendido porque funcionan. Reducen la pobreza; mejoran la distribución de ingresos, y lo hacen de una manera económica. Todo esto ha sido una agradable sorpresa: cuando fueron introducidos o expandidos, los críticos temían que generaran una dependencia de los pobres respecto de la ayuda implementada por medio de la caridad o bien que costaran muchísimo más. De hecho, son económicos (el de Brasil, que es el más importante, cuesta un 0,5 por ciento del PIB) y demuestran que las transferencias de ingresos pueden funcionar en el ámbito nacional: antiguamente, los países con ingresos medios, en general, dejaban los programas de transferencia de ingresos para los gobiernos locales, si es que se preocupaban.

Los programas de CCT funcionan porque se basan en normas y son relativamente incorruptos. A pesar de que generalmente los estipendios son una miseria, hacen una diferencia para los más pobres debido a que son confiables (a diferencia del resto de los ingresos de los pobres). Asimismo, ayudan a la próxima generación. Al exigir que los niños asistan a clase y que se les realicen controles de salud, los programas deberán hacer niños mejor educados y más sanos que sus padres. Los planes en Bangladesh, Camboya y Paquistán han incorporado más niñas a la educación. Esto es bueno en sí y para obtener trabajo.

Sin embargo, los programas de CCT no son una panacea. Incluso el brasileño, uno de los más importantes, trabaja peor en áreas urbanas que rurales. Otros tienen una tendencia rural aún mayor. Trabajan peor en las ciudades debido a que los problemas de pobreza son diferentes allí.

En las áreas rurales, la pobreza conduce a una falta de productos básicos: alimentos, agua, escuelas primarias, servicio de salud básico. Los programas de CCT son buenos respecto de la provisión de los mismos debido a que, sin importar lo pequeño del estipendio, brindan a los niños un incentivo para ir al colegio e impulsan a los mercados a desarrollarse en los bienes y servicios que antes faltaban.

Por el contrario, en las ciudades, los problemas de pobreza se ven agravados por la violencia, las drogas, los fracasos familiares y el trabajo de menores. Estas situaciones requieren intervenciones diferentes: de la ley y el orden, de programas para detener el abuso doméstico, etc. Y necesitan algo más que la intervención del Estado: el comercio y las iglesias son de igual importancia.

Dichos problemas se acrecentarán en el futuro debido a que las concentraciones más importantes de pobreza ya no están en las áreas rurales relegadas, sino en las megalópolis anárquicas de los países en vías de desarrollo, como Lagos o Bombay.

Un buen comienzo. Los gobiernos tienden a tratar a los programas de CCT como una panacea. Imaginan que, si no tienen ninguno, todo lo que necesitan hacer es introducirlo; si lo tienen, han solucionado los problemas vinculados con la protección social.

Unos pocos han enfrentado sus limitaciones y están pensando en la nueva generación de programas, que podrá requerir que los niños próximos a dejar el colegio sean derivados a programas de capacitación vocacional para poder continuar recibiendo el estipendio, o bien alentar a las ciudades para que agreguen una ampliación urbana al plan nacional, tal vez solventada por la autoridad municipal. Cuanto más se continúe, mejor.

Los programas de CCT son un buen comienzo. Pero son sólo un comienzo.

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