Comercio desleal propio y ajeno

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JORGE CAUMONT

Hace cuarenta años las importaciones estaban prohibidas, salvo las de algunos insumos para la industria nacional y productos de primerísima necesidad o para la salud. En aquella época existían además, fuertes subsidios a las exportaciones no tradicionales e impuestos a las tradicionales, control de cambios, de tasas de interés y de movimientos de capitales hacia y desde el exterior. Nadie podía comprar libremente moneda extranjera, ningún uruguayo podía recibir o invertir en el exterior, ningún extranjero tenía incentivos para invertir en el país. A pesar de todas esas restricciones, los dólares -la única moneda extranjera que se consideraba fuerte y que servía para las transacciones comerciales de exportadores e importadores- escaseaban. En el mercado negro el valor de la moneda norteamericana era volátil pero en torno a una tendencia permanentemente alcista mientras que, por lapsos relativamente prolongados, el tipo de cambio oficial permanecía fijo. La alta inflación mensual y su traslado a los salarios quitaban competitividad a los exportadores y periódicamente, para devolverla, se asistía a una devaluación pronunciada de la moneda por parte del Banco Central. Se creía que controlando las importaciones se podría proteger a la producción nacional y ahorrar divisas, las que tanto escaseaban. En 1974 se liberaron pero transitoriamente quedaron sujetas al pago de los altos impuestos que regían antes de la prohibición -aduanero y cambiario- y a cupos y depósitos previos, medidas que en conjunto implicaban un impuesto equivalente del orden del 2.000% sobre el valor CIF.

POLÍTICA COMERCIAL. En los albores del año indicado también se dispuso la libertad de cambios, de importaciones, de tasas de interés y de movimiento de capitales hacia y desde el exterior. De todos modos, el conjunto de impuestos que gravaban a las importaciones se mantenía en un nivel muy alto. Recién en 1978 se concretó la eliminación de los impuestos a las exportaciones tradicionales, se inició la rebaja gradual de los subsidios a las exportaciones de productos no tradicionales y se dispuso la unificación de todos los impuestos sobre las compras en el extranjero en lo que se denominó "tasa global arancelaria". También se dispuso un cronograma de bajas que culminaría en 1982 en un arancel único de importación del 45%. Los problemas generados por la crisis de 1982 tras una fuerte devaluación de la moneda interrumpieron el programa que recién se retomó en 1987 y que tras varias instancias posteriores culminara en tasas del gravamen del orden del 20%. Esta tasa es la tarifa externa común aplicada a muchas mercaderías que se importan de países fuera del Mercosur. Las que se importan de los países miembros del Tratado de Asunción están, como se sabe, desgravadas de tarifas explícitas aunque no de las que no lo son pero tienen efectos equivalentes, como los permisos previos de importación que usa Argentina y esporádicamente para algunos productos, también Brasil.

La política comercial uruguaya ha cambiado mucho desde 1974, pero ha sido muy gradualista a diferencia de lo que ocurriera simultáneamente en Chile que la encaró con un enfoque de choque con rebajas pronunciadas de los aranceles en un lapso dentro de la propia década de los años setenta. También la política comercial uruguaya ha sido de menor profundidad que la chilena que ha procurado y logrado una significativa cantidad de acuerdos de libre comercio con decenas de países, algo que en Uruguay no se ha logrado o no se ha osado encarar.

Cuando se observa históricamente lo ocurrido con la política comercial -una política no macroeconómica sino de mediano y de largo plazo, de cambios estructurales- se recuerdan los pronósticos que en general se hacían sobre las consecuencias que traería desde el punto de vista de las empresas y del mercado de trabajo y de las variables económicas fundamentales. En relación con los primeros, se auguraban numerosos cierres de empresas y altísimo desempleo. Algo que no ocurrió en la medida que se esperaba, ya que el gradualismo en la aplicación de la política comercial permitió la reconversión de muchas firmas. También ahora se puede probar que la política comercial ha sido favorable para el aumento del número de empresas, para un mayor empleo y sobre todo, para lo que entonces se insistía y se pensaba por muchos, que era algo ilusorio: el mejoramiento del bienestar de los consumidores. Pero, por otra parte, la política comercial no afectó ni a las reservas internacionales ni al tipo de cambio en Uruguay, favoreció un menor ritmo inflacionario, no entorpeció el crecimiento de la economía ni redujo, sino que amplió, el salario real de los trabajadores. Y por si fuera poco, permitió un aumento de la recaudación aduanera y de los ingresos fiscales a la vez que un menor uso de reservas para la compra de iguales volúmenes de productos.

Desde que se modificó la política comercial que redujo la protección nominal y efectiva a las producciones nacionales, el sistema incorporó salvaguardias. Ellas han consistido en medidas contra el comercio desleal consistente en compras en el exterior a precios subsidiados por el gobierno del país exportador o con precios por debajo del costo del propio vendedor. Las salvaguardias operan para contrarrestar esas prácticas comerciales de modo que los precios de importación reflejen los verdaderos precios del mercado y siempre y cuando esos subsidios o prácticas desleales de comercio provoquen daño a la producción local de similares productos.

ANUNCIOS. El nuevo titular del Ministerio de Industria, Energía y Minería ha indicado que a los efectos de evitar el comercio desleal que viene generando problemas a algunas empresas industriales, se emplearán los mecanismos de protección que se disponen para evitar esos problemas y perjuicios siempre que se compruebe el daño que se infringe como resultado de una política de un gobierno del exterior o corporativa. Pero también ha indicado que se intentará evitar que a través de la tributación o por la elusión de una norma interna aduanera se provoque daño a la industria local. Gravámenes sobre la producción nacional que no tiene la importada y la elusión de una disposición que cambie levemente la composición material de un producto para que pague un arancel menor al que corresponde, no son casos de comercio desleal externo.

Las intenciones del novel ministro son loables. Urge la corrección de lo que perjudica a la producción nacional que no se debe a prácticas de sujetos externos -¿comercio desleal propio?- y urge también velar porque las que lo son, no conduzcan a una protección encubierta pues si así fuera significaría la primera etapa de un retorno hacia el pasado que tendría resultados seguramente adversos para consumidores, exportadores y para la población en general.

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