CARLOS STENERI | DESDE WASHINGTON DC
Las primeras semanas del 2010 muestra un abanico de situaciones explayadas por confines diversos que presagian tiempos venideros intensos. Cada una a su manera tendrá efectos que trascenderán las anécdotas diarias, para mojonar el transcurrir futuro de temas importantes. Es que de sus resultados, en algunos casos se alumbrarán reformas estructurales significativas. Los cambios al sistema financiero norteamericano propuesto por el presidente Barack Obama son uno de sus ejes básicos. En otros, la institucionalidad que regula la gestión de los bancos centrales es puesta a prueba, siendo la querella referida a la remoción del presidente del Banco Central de Argentina el ejemplo rutilante.
LA REFORMA VOLCKER. Desde los inicios del colapso financiero reciente, el legendario ex gobernador de la Reserva Federal Paul Volcker siempre planteó que lo se necesitaba era una reestructura profunda de las instituciones financieras, en oposición a la propuesta de regulaciones más intensas. Su visión era la de cambiar la genética operativa del sistema separando tajantemente las actividades bancarias tradicionales fondeadas con depósitos de aquellas relacionadas con las actividades de la banca de inversión. Su propuesta era retornar al espíritu de las reglas dictadas por la Ley Glass-Steagall aprobada en 1933 y abolida en 1999, cuyo origen y cometido era poner cortafuegos entre la intermediación financiera de la banca tradicional y otras formas operativas de alto riesgo cuyo financiamiento solo podía hacerse con el capital propio de los bancos o clientes que autorizaban explícitamente esas inversiones.
El presidente Obama se inclinó por esta visión, dejando por el camino alternativas de reforma más tibias. Entre quienes apoyan a las mismas está ni más ni menos que el Secretario del Tesoro Timothy Geithner y Larry Summers, quien justamente había recomendado la abolición de la Glass Steagall. Sin duda, se entrará en un territorio cargado de tensiones pues los efectos prácticos de prosperar la medida serán importantes. Para instituciones legendarias como Goldman Sachs y JPMorgan, para mencionar las más relevantes, el corazón de su operativa se radica justamente en el trenzado de actividades que van desde el diseño de estrategias de inversión donde aplican capital propio y de terceros, la creación de los vehículos financieros respectivos, junto al asesoramiento y administración de activos. A esto agregaron su conversión reciente a bancos para captar depósitos y adquirir el derecho de recibir liquidez a bajo costo de la Fed. En definitiva, esa fórmula operativa encierra conflictos de intereses potenciales y la toma de riesgos excesivos donde solo un refuerzo de la regulación parece insuficiente para contenerlos.
Ante las primeras voces de una protesta esperada, días atrás el presidente Obama le puso sustancia a sus dichos: "… Si estos señores quieren tener una pelea, ese es el tipo de pelea que estoy dispuesto a dar. Y mi decisión se fortalece cuando veo el retorno de viejas prácticas en las propias empresas que se oponen a la reforma. Hemos pasado por una crisis terrible. El pueblo americano ha pagado un precio muy alto. No podemos volver a la misma situación como si aquí no hubiera pasada nada…".
De prosperar en su intento comenzará una reestructura de consecuencias importantes, que tiene adeptos de prestigio como George Soros, pero que advierten que es solo un paso en la dirección correcta pero no suficiente. Al respecto argumentan que todavía hay bancos que no han saneado sus balances y requerirán por tanto más asistencia o continuar operando bajo medidas especiales por un tiempo prolongado. A ello agregan que los sucesos recientes muestran que los niveles de capitalización exigidos por la regulación son insuficientes obligando a pensar en la necesidad de operar con niveles de capital más altos. En la práctica implica una contracción del crédito y su encarecimiento justamente en una fase recesiva de la economía norteamericana. Pero sería la única vía para evitar la reiteración de los sucesos recientes.
A estas ideas se han plegado países como Francia, pero enfrentan el reparo importante de las autoridades respectivas del Reino Unido más inclinadas solo al apriete regulatorio y a limitar el tamaño de las instituciones, pero dejarles librado a su arbitrio el tipo de negocios.
Aunque esto recién empieza, sin duda el debate ha quedado sobre la mesa. Lo que resuelva la administración de la nación más grande del mundo respecto a cómo será la operativa de las instituciones de intermediación financiera se permeará hacia todos los confines, creando paradigmas que permanecerán vigentes por largo tiempo. Casi siete décadas después de su promulgación el espíritu de la Ley Glass-Steagall adquirió nueva vida, lo cual recuerda que las formas cambian pero la esencia de los problemas sigue siendo la misma.
LOS BANCOS CENTRALES. Sin entrar a opinar, porque no corresponde, sobre las peripecias y posiciones encontradas en el proceso de remoción del presidente del Banco Central de la República Argentina es oportuno reflexionar sobre algunos aspectos que circundan al tema.
La independencia de los bancos centrales es una forma de proteger al ciudadano de los abusos del soberano. No es un invento moderno ni una moda que pueda achacársele al mote vacío, pero tan de moda, de un producto del neoliberalismo. Simplemente es una necesidad buscada y querida por muchos pueblos para protegerse de la inflación. Los defensores más acérrimos de esa independencia son los países europeos. Y en particular Alemania, cuya sociedad está sesgada hacia la socialdemocracia pero quemada por episodios de hiperinflación que derramaron miseria en los 1920. Esas miserias también la compartieron países aledaños y también las consecuencias nefastas que vinieron décadas después. Tan es así, que los países miembros de la Unidad Europea fusionaron sus bancos centrales en una entidad común que fija la política monetaria y vela por el valor de su moneda.
Por tanto, la última trinchera que protege el ahorro y el salario del ciudadano común del flagelo inflacionario reside en la independencia de la autoridad monetaria. Es el custodio del valor de la moneda y su contraparte que son las reservas. Estas a veces han sido fuente de tentaciones para los gobiernos de turno, para financiar diferentes emprendimientos o excesos fiscales. Generalmente esas necesidades pueden ser cubiertas de manera extraordinaria bajo el imperio de la ley. Al manosear a los bancos centrales en esos cometidos se los hiere de muerte. Como toda creación humana dirigida por hombres, la gestión de un Banco Central puede no ser perfecta o equivocada. Pero ante la duda, no puede haber titubeos. A toda costa debe respetarse su independencia, aun a sabiendas que puede estar actuando a contrapelo del resto de la política económica general en algún tema puntual. Pues en estos episodios lo que importa es preservar por encima de todo el prestigio del depositario de la fe pública en materia financiera. En estos casos la forma y el respeto de las normas aun en la remoción de sus autoridades hacen a la construcción de la confianza de una sociedad. En definitiva, el valor de un billete no es más que un acto de confianza gestado por la seriedad de la institución que lo emite.