México se ha convertido en un sufriente prisionero del Nafta

En algunos sentidos, la situación no es tan mala como sugieren las estadísticas. Pero la recuperación será más difícil que en el pasado si la complacencia no es reemplazada por reformas. La última vez que México sufrió una caída económica, en 1995, pidió ayuda a su vecino del Norte. Estados Unidos organizó un rescate por US$ 50.000 millones. Junto con el impulso provisto por la creación del Nafta poco antes, eso ayudó a México a recuperarse de la devaluación y de la recesión.

Esta vez Estados Unidos es el problema en vez de la solución. El impacto de la recesión detonada por el estallido de la burbuja inmobiliaria de Estados Unidos ha sido aún más grave al sur del río Grande. Aunque ha logrado salir de la recesión, su PIB se redujo un siete por ciento en 2009. Esa es una cifra "shockeante", mucho peor que el desempeño de países cuyas economías tienen vínculos igualmente estrechos con la de los Estados Unidos.

Pero esta recesión es muy distinta a la de 1995 en otros sentidos también. El impacto sobre la vida diaria es mucho menos evidente. Los restaurantes de la Ciudad de México siguen llenos y el tráfico de la hora pico ruge como siempre. Eso se debe a que quienes tienen empleo no se han visto demasiado afectados, mientras que en 1995 el poder de compra de sus salarios se vio aplastado por la inflación.

El alza del desempleo se ha limitado por un subsidio estatal que ayuda a las compañías a posponer despidos. Los que pierden sus empleos pueden recurrir a fondos de jubilación o a sus ahorros menos formales. Los mexicanos más pobres, en gran medida, no han sido afectados, dado que están concentrados en el Sur y trabajan, principalmente, en la agricultura, en la que el producto se mantuvo.

Pero todo esto no es demasiado consuelo. La recesión ha desnudado debilidades estructurales de la economía mexicana. El Nafta trajo una inundación de inversiones estadounidenses al aprovechar los fabricantes los costos laborales más bajos para instalar plantas al sur de la frontera. Este flujo trajo modernización y nueva tecnología, y apuntaló el crecimiento económico acelerado de fines de la década de 1990.

Pero el Nafta ha hecho a México altamente dependiente de la salud de la economía estadounidense y, en particular, de algunos sectores de negocios que se localizan a través de la frontera, entre los que se incluyen la fabricación de autos, la industria de la construcción y el turismo. Esos sectores se cuentan entre los más afectados por esta recesión. La escasez de crédito y la falta de confianza han hecho que los consumidores estadounidenses posterguen todas las compras posibles, en particular las de productos durables más caros de México.

Si la baja se hubiera limitado a la manufactura, el efecto sobre la economía hubiese sido modesto. Pero muchos servicios, como el transporte y la logística, están atados a los flujos comerciales. Otra desgracia fue la aparición de la gripe porcina en abril, que paralizó a México por una semana y espantó a los turistas por meses. A diferencia del de Canadá, el sistema bancario mexicano está en manos extranjeras; desapareció el crédito hace más de un año, cuando las sedes centrales ordenaron a sus subsidiarias retirarse del mercado.

Así como esta recesión difiere mucho de la de 1995, lo mismo sucederá con la recuperación. El crecimiento del PIB mexicano tiende a correlacionarse estrechamente con la producción industrial al norte de la frontera. Y ésta crecería sólo entre un 3 y un 4 por ciento en 2010, pese a que la economía estadounidense ya se recupera. Aunque firmó acuerdos comerciales con otros países, el acceso preferencial de México al mayor mercado del mundo hizo que no los atendiera.

Los ingresos petroleros caerán en 2010. Así, México podría ver una baja en su calificación de riesgo crediticio, aunque la deuda pública sólo representa el 43 por ciento del PIB. A diferencia de 1995, México no fue un espectador inocente en la génesis de esta recesión. Pero los políticos sólo podrán culparse a sí mismos si no inician las reformas estructurales -de la energía, los mercados laborales y de la política para alentar la competencia- requeridas para acelerar la recuperación.

Nota: condensado de The Economist

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar