HERNÁN BONILLA | COLUMNISTA INVITADO
La estrategia de inserción internacional de un país es determinante a la hora de explicar su tasa de crecimiento de largo plazo. Y es también un tema en el que existe un amplio consenso entre los economistas; no existe ninguna teoría seria en la actualidad -ni existió en el pasado- que defienda el proteccionismo. Se puede discutir si debe haber mayor o menor intervención del Estado, cuál debe ser la política monetaria, cambiaria o fiscal, cómo deben funcionar los consejos de salarios, cuál es la mejor forma de promover la inversión, y un largo etcétera, pero nadie piensa que debamos pasar a la autarquía o encerrarnos en el Mercosur. Sin llegar al mismo grado de consenso, la mayoría de la población también está a favor del libre comercio, basta recordar que cuando el gobierno negociaba un TLC con Estados Unidos las encuestas mostraban que la mayoría absoluta estaba a favor (el prejuicio ganó al gobierno, no a la mayoría de los uruguayos). En apretada síntesis trataremos de ver el papel de la apertura en los casos de desarrollo reciente y algunas líneas de acción hacia el futuro.
COMPARACIÓN. Los países que han logrado crecer a tasas sostenidas en el tiempo en las últimas décadas muestran algunas características en común: estabilidad institucionalidad, previsibilidad de la acción del Estado, bajos impuestos, reforma del Estado, garantías para la inversión nacional y extranjera, clima cultural favorable al riesgo y al esfuerzo, apertura mental y comercial. Otro punto importante es que las reformas se realizaron o mantuvieron más allá del signo ideológico del gobierno. La característica que analizamos hoy, la apertura comercial, está presente en todos los casos.
Para no utilizar demasiadas cifras o ejemplos concentrémonos en comparar a nuestro país con Irlanda, Nueva Zelanda y Chile (1). Elegimos tres países que han sido exitosos en las últimas décadas, de tres continentes distintos y con experiencias históricas bien diferentes. En 1950 la apertura comercial era similar en los países citados, ubicándose entre 20% y 30% en todos los casos. Hacia 1985, a la salida de la dictadura, nuestro país tenía el mismo coeficiente que en 1950, 24%, mientras que Chile había alcanzado el 34%, Nueva Zelanda el 46% e Irlanda el 79%. Consecuentemente, el producto por habitante había crecido 19% en Uruguay, 37% en Chile, 62% en Nueva Zelanda y un excepcional 170% en Irlanda.
Indudablemente influyeron los otros factores mencionados además de la apertura, pero también es claro que esta fue decisiva. Un mito que debe caer es el que cuenta que el gobierno militar abrió la economía o siguió un modelo liberal, "neoliberal" o como se le quiera llamar. Otro mito absurdo es que la apertura fomenta la pérdida de puestos de trabajo, todo lo contrario. Los países señalados fueron de forma creciente destino de inmigrantes que buscaban trabajo, en los que las tasas de desempleo disminuían y el nivel de vida mejoró notablemente.
Durante los noventa nuestro país procesó varias reformas positivas, entre ellas una apertura comercial gradual, pero seguimos corriendo de atrás a los que continuaron incorporándose a la globalización. Veamos los números hacia 2004. Uruguay alcanzó un coeficiente de apertura de 41%, pero para entonces Chile estaba en el 71%, Nueva Zelanda en el 77% e Irlanda en el 177%. Entre 1985 y 2004 Uruguay logró un crecimiento del producto por habitante similar al de Nueva Zelanda, 36% contra 31% respectivamente, pero notoriamente inferior al de Chile 129% y al de Irlanda 172%.
La mayor apertura tiene otro efecto beneficioso, al diversificarse el destino de las exportaciones los países se ven menos expuestos a los riesgos de las crisis regionales. Esto permite que las tasas de crecimiento sean mucho más estables y evitar ciclos económicos tan marcados como los que tiene nuestro país. Sin dudas parte de la explicación de la profundidad de la crisis de 2002 estuvo en tener concentradas más de la mitad de nuestras exportaciones en el Mercosur.
AGENDA SIGLO XXI. La actual Administración no ha logrado seguir una política exterior consistente, como quedó evidenciado en las negociaciones con Estados Unidos por el TLC. No obstante, merece ser reconocido el rechazo a la creación de organismos judiciales extranacionales a nivel del Mercosur que manifestó el Presidente de la República recientemente.
Veamos telegráficamente algunos aspectos que pensamos que deberán formar parte de la acción de nuestro país en el futuro:
*) Definición de una política de inserción internacional que sea respaldada por los principales partidos políticos del país.
*) Apertura al mundo a través de una reducción importante de los aranceles y otros impuestos que gravan al comercio.
*) Eliminación de las barreras no arancelarias actualmente utilizadas.
*) Profesionalización del servicio exterior a través de la formación de equipos expertos en inserción internacional en el Ministerio de Relaciones Exteriores en coordinación con el de Economía y Finanzas.
*) Reposicionamiento de nuestras embajadas en los países con que tenemos acuerdos comerciales o aspiramos tener (actualmente no queda claro cuál es el criterio en base al que se establecen nuestras legaciones).
*) Búsqueda activa de tratados de libre comercio con todos los países posibles y, preferentemente, de distintas zonas del mundo. En este sentido, ProChile debe ser un ejemplo a tomar en cuenta.
*) Encarar un rol mucho más activo dentro del Mercosur para intentar que el bloque funcione a la altura de las expectativas que generó en sus comienzos.
*) Aprovechar la plataforma del Mercosur, en la medida que sea posible, para realizar negociaciones con otros bloques comerciales como la Unión Europea.
*) Salir del Parlamento del Mercosur y estar firmemente en contra de todo intento de integración política que socave la soberanía nacional y la autonomía de decisiones en materia de política exterior.
*) En caso de que los países miembros del Mercosur opongan resistencia a nuestra política exterior proceder al cambio de estatus a país asociado, como Chile y Bolivia.
*) Apoyar todas las instancias de liberalización multilateral de comercio que se realicen a nivel de la OMC.
Finalmente, una reflexión que no es menor. El comercio ha sido factor de progreso cultural, de integración y de desarrollo espiritual de la humanidad desde el fondo de los tiempos. Los pueblos más comerciales fueron los que alcanzaron las más altas realizaciones artísticas, culturales y filosóficas. La apertura mental de las personas depende crucialmente del intercambio que tengan con otros países, del conocimiento de otras realidades, de otras culturas, de otras formas de trabajo, de otros sistemas educativos, de otras expresiones religiosas. Un mundo que comercia es uno que hace menos guerra, que está más integrado, en él comprendemos la diversidad y las diferencias resultan un activo, no un problema. Eso en una palabra es la civilización.