Las probables salidas de la crisis

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CARLOS STENERI | DESDE WASHINGTON DC

En el plano de la opinión especializada, la crisis mundial ha puesto sobre la mesa algunas constataciones y, al mismo tiempo, abrió algunos debates en materia de política económica que aun no tienen respuesta definitiva. Del resultado de esos debates dependerá también la reversión de acciones de intervención estatal extraordinarias, justificadas para enfrentar hechos también extraordinarios.

LAS CONSTATACIONES. La crisis se generó y adquirió mayor virulencia en la parcela del mundo más desarrollado. El G7 sin excepciones es su campo de cultivo, contagiando al área de los países emergentes europeos. En este grupo quedan incluidos los países de Europa del Este, Irlanda e Islandia, quienes estaban estrechamente ligados al devenir económico del viejo continente.

El resto del mundo emergente en general viene capeando la crisis con éxito. Más aún, liderados por China son quienes muestran los primeros indicios de una vuelta a la normalidad.

Aquí surgen al menos dos constataciones. La primera es que las naciones europeas emergentes quizás apresuraron demasiado su paso para integrarse a la Unión Europea. La necesidad de mostrar condiciones de fortaleza macroeconómica los obligó a buscar una convergencia anticipada hacia el euro. "Pegar" sus monedas a una divisa externa, si no hay fundamentos macroeconómicos sólidos es un llamador a la aparición de presiones inflacionarias contenidas, pérdida de competitividad externa, y entradas de capitales de corto plazo. Es una historia de final conocido, reflejada por los sucesos de Argentina que culminaron en el año 2001. Una reversión aguda de los flujos de capital y una caída del comercio con el mundo europeo desarrollado los ha sumido en una crisis de proporciones que pone en riesgo los avances de las últimas dos décadas.

Por otro lado, la parcela del mundo subdesarrollado, en particular el latinoamericano, a pesar de los zarandeos propios de toda turbulencia, muestra una capacidad de resistencia insospechada. A pesar de caídas significativas del crecimiento, en algunos casos negativo, en la mayoría de los países no se han generado fracturas estructurales en áreas sensibles como el sector financiero, no se ha desplomado su tipo de cambio y el empleo, aunque cayendo, no muestra ni de lejos los niveles críticos de crisis pasadas.

En este caso, se resalta la mejora sustancial de la calidad de las políticas económicas basadas en tipos de cambio flotantes, sistemas financieros bien regulados, y consistencia fiscal. Abrochando ese trípode de políticas, la mayoría acumuló montos importantes de reservas como forma de reaseguro frente a una reversión de los flujos financieros externos, aprovechando la liquidez internacional excepcional. De esta manera, las entradas de capitales autónomas en su mayor parte terminaron en las arcas de los bancos centrales, disipando el riesgo de generar burbujas en los valores de los bienes no transables. En otras palabras, se evitó un recalentamiento del mercado inmobiliario o una caída permanente y desmedida del tipo de cambio real.

En esta instancia, las caídas del producto explicadas por la menor demanda externa generan los efectos adversos, que son naturales, sobre el empleo y los ingresos. Pero no generan fracturas profundas en el sistema económico ni en el sector financiero, que luego se trasladen de forma amplificada al tejido social y exponen al sistema político a tensiones extremas en su afán de encontrar salidas.

En resumen, la gran constatación es que las políticas adecuadas generan sus mejores resultados en los momentos críticos. De esa virtud también devienen muchas veces dificultades en su instrumentación. En los tiempos de bonanza se las mide por sus costos de corto plazo, sin mirar sus virtudes en momentos menos favorables o de penuria.

De todos modos, en una región con gobiernos que representan un espectro político diverso, puede decirse que su mayoría está aglutinada por un denominador común expresado en la instrumentación de políticas económicas que muestran su aptitud para enfrentar una crisis internacional de envergadura. A este resultado se llegó por un proceso de prueba y error que tomó décadas en plasmarse -que al final convenció a la ciudadanía en general y a sus representantes políticos en el gobierno- que mostró que la consistencia fiscal, la inflación baja y la solidez del sistema financiero son los cimientos del resto de las políticas, incluidas las sociales y condiciones necesarias para el crecimiento.

BATALLAS PENDIENTES. A pesar de algunos signos de recuperación, la crisis en el mundo desarrollado sigue fagocitándose prestigios, y por encima de todo requiere inyectar recursos para tapar agujeros y evitar una dispersión mayor de los riesgos sistémicos.

Algunas ideas de las magnitudes son escalofriantes. En el G20, el costo promedio de las medidas de rescate con efecto fiscal inmediato es ya equivalente al 6% del PIB. Pero discriminado por países resulta que para el Reino Unido, Japón, Estados Unidos y Alemania equivale al 18, 14, 6,5, y 4,5% de su PIB respectivamente. Estamos hablando de expansiones fiscales en las economías más grandes del mundo, cuya contrapartida es mayor emisión monetaria y de deuda. Y por encima de esas necesidades, son sociedades con una deuda contingente de la seguridad social desfinanciada, en un escenario que muestra un envejecimiento demográfico acelerado que requerirá financiamiento adicional.

Estamos en presencia de un evento de circunstancias únicas que genera una serie de preguntas y de desafíos no menores.

En primer lugar, el proceso de rescate no parece atemperarse a pesar de los indicios de recuperación. Queda mucho por limpiar, lo que generará mayores costos fiscales, principalmente en Europa. A eso se agrega la voluntad de algunos gobiernos, entre ellos Estados Unidos, de financiar inversión pública para reactivar crecimiento.

Eso plantea una demanda de recursos que presenta desafíos importantes para su financiamiento y abre una nueva interrogante: ¿cuál será el origen de los recursos?

Y aquí se abre un abanico de opciones, algunas de ellas emparentadas con las presunciones.

En el corto plazo puede decirse que la contracción económica mundial generalizada ha retraído la demanda de crédito del sector privado, tanto a nivel corporativo como de consumidor final. En este caso, lo que hace el sector público es llenar el espacio dejado por el sector privado, lo cual aseguraría contar con financiamiento adecuado sin generar distorsiones.

Pero inmediatamente surge una segunda pregunta. ¿Y qué pasa cuando el sector privado del mundo desarrollado comience a recuperarse y necesite financiamiento, ahora captado por el sector público para financiar el déficit fiscal? ¿Alcanzará el ahorro "excedentario" de los países como China para financiar esa brecha, cuando también éste se encuentra en una fase expansiva de su consumo doméstico como forma de compensar la baja de sus exportaciones?

Si consideramos al mundo en su totalidad, es una economía cerrada donde, por definición, todo lo que se ahorra se invierte en algún lado, y el saldo resultante alguien lo atesora en reservas. Y esto es una restricción insalvable que le pone un límite a la expansión fiscal de los países desarrollados financiada con endeudamiento.

Ante ello caben varias opciones. La primera es que la tasa de interés de largo plazo aumente, incentivando el ahorro doméstico en los países desarrollados, incluido Estados Unidos. La segunda es que el espacio de financiamiento se logre por medio de un impuesto, en este caso inflación en dólares, canalizado a través de la depreciación de esa moneda incluso ante el euro. Su contrapartida será una apreciación de monedas, hoy débiles, de los países emergentes, en particular el yuan.

LAS SALIDAS. Frente a los riesgos que presentan estas posibles dinámicas económicas con proyecciones políticas de ordenamiento mundial, comienzan a esbozarse las políticas de salida.

Pero será un ejercicio complicado, pues están dados todos los incentivos para que cada país sea el último, buscando trasladar la carga del ajuste hacia el vecino.

Es un panorama probable que requiere análisis cercano, por sus implicaciones sobre los países emergentes.

Todavía no hay certezas absolutas sobre el derrotero definitivo. Pero ya pueden emitirse dos opiniones que marcarán el futuro. La primera es que la tasa de crecimiento promedio mundial de largo plazo será menor que la del pasado reciente, la cual recibió el viento de cola de un flujo de ahorro disponible abundante y barato que ha amainado.

La segunda, es que el mundo una vez silenciados los fragores de la crisis, necesariamente, entrará en una etapa de reversión de las medidas fiscales de emergencia. Sin duda será uno de los ejercicios de política económica más complejos de los últimos cien años.

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