Un final a toda orquesta

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JULIO PREVE FOLLE

Importar paraguayos y bolivianos; fabricar maquinaria con ruedas de bicicleta; obligar a realizar pasturas en los rastrojos; subsidiar las lentejas; convertir el Uruguay en un gran tambo; hacer casinos para ricos; imitar a los bosquimanos; abrir una carnicería en Pekín; hacer una competencia por el tamaño del asado; etc. Propuestas como las anteriores y otras que habrá tiempo de desgranar, se dejaron oír en estos últimos cuatro años; pero ahora las campanas tocan a rebato, y lejos de llamarse a la reflexión serena para ambientar el balance de la gestión, el Ministerio de Ganadería y sus institutos satélites, en lo que parece un final a toda orquesta de intervención, insisten diariamente con propuestas de hace treinta años. Todos sabemos que son difícilmente realizables con las competencias actuales del gobierno. Pero no obstante, por lo inquietantes hay que comentarlas.

EL PRECIO INCLUSIVO. Es éste un hallazgo notable que puede postular para algún premio a la innovación: se trata del llamado precio inclusivo, que resultaría ser algo así como un precio justo, al que mágicamente se llegaría entre ganaderos e industriales por el solo hecho de sentarse en una mesa en INAC, sustituyéndose así al precio de mercado por otro derivado del llamado diálogo social. Es éste concepto -el de diálogo social- un obvio lugar común al que se apela para cualquier cosa, al igual que pasa con otros inventos análogos como la deuda social, el país productivo, el gas oil productivo, o la producción familiar. Todos constituyen categorías que se pueden definir de mil formas, y que por eso mismo siempre caen bien. No obstante, no superan la prueba del densímetro, que consiste en medir su consistencia, su solidez, técnica o económica, que es nula en general.

Pues bien; INAC, que cuesta 14 millones de dólares por año, que equivalen por ejemplo a 14 liceos, ya venía asombrando con su novillo virtual, su crecimiento edilicio, y la seguidilla de declaraciones de sus directores representantes del gobierno, realizadas con el fin de sembrar dudas en el funcionamiento del mercado, a partir de suspicacias y pobres conocimientos técnicos. Dicho sea al pasar, estos últimos años, más allá de las escaramuzas normales de productores e industriales, todas las polémicas las ha suscitado la presidencia del organismo que funciona con la plata de la cadena. Y no creo que los que lo financien estén contentos con que su dinero sirva para generar inquina, discordia, malestar.

Últimamente también me ha llamado la atención otra polémica generada por los representantes oficiales de INAC. La misma surgió a partir de determinadas obligaciones en la forma de envasar los productos a exportar, que dicho instituto le quiere imponer a la industria. Es ridículo. Estando instaladas en el país las principales empresas exportadoras del mundo, con vínculos comerciales en todo el planeta, imponer un modo de vender suponiendo que aquellas empresas no se dieron cuenta de algo que sí descubrió el instituto, implica en el mejor de los casos ingenuidad, y en el peor, intromisión, abuso, agravio, desafío, daño.

IDEOLOGÍA PURA. No hay caso. Se sigue sin entender, pese a la evidencia científica aportada por numerosos estudios, que la mejor forma de distribuir valor en la cadena es a partir de la competencia, de la existencia de múltiples agentes con acceso a la mejor información. No se ve o no se quiere ver, que cualquier intervención genera reacciones en los empresarios que se alejan así del objetivo de producir más, y prefieren lograr un mejor posicionamiento con los que eventualmente pudieran fijar un precio. No les alcanza a los representantes oficiales con analizar la historia económica de la pecuaria, estancada hasta 1990, ni tampoco leen los diarios argentinos. Nada de eso parece alcanzarles a algunos que persisten en el error. Me resulta increíble a estas alturas que se pueda pensar que un precio pueda ser más justo, estimulante o "inclusivo", si procede de un "diálogo social" dentro de cuatro paredes, que si sale del libre accionar de múltiples operadores. Está claramente demostrado por otra parte que la brecha que se abre a partir del año pasado entre precio internacional de la carne y precio interno del ganado se da por intervenciones del gobierno: rebaja de las devoluciones de impuestos, y sobre todo rearbitraje del precio de exportación y el de la carne al público, a partir de las amenazas que le impuso el gobierno a la industria para rebajar el precio al abasto.

Es el final a toda orquesta lo que estimula la imaginación de los directivos oficiales de INAC. Veamos si a lo mejor, siguiendo la propuesta programática de su grupo político, plantean fundar otro Frigorífico Nacional.

EN LA LECHE. En este rubro pasa casi lo mismo. Como se sabe el sector exporta un 80% de lo que produce, lo que determina que si los lácteos valen en el mundo, valdrán aquí salvo que el gobierno grave su exportación como ya lo hizo. Y si no valen no pueda hacer mayormente nada, como no sea paliar tensiones sociales y facilitar todas las alternativas. En cambio, el gobierno dice lo que no le corresponde, que es señalar que debe haber más tierra dedicada a la lechería, como lo señaló el ministro del ramo, cuando esto debe derivar del conjunto de las decisiones libre de todos los productores. Pero además señaló que el Inale -versión lechera y más modesta, por ahora, que el INAC- "tiene el objetivo de proponer una política general de precios en la cadena lechera. En un mundo globalizado, donde más del 80% de la producción nacional se destina al mercado mundial, el precio de la leche al productor debe estar basado en parámetros determinados por el Inale, en un ámbito de acuerdos entre los distintos eslabones de la cadena", señaló el ministro y, otra vez, gracias al "diálogo social". La verdad que no queda claro qué otro precio puede darse en la lechería si se exporta en un 80% que el del mercado internacional; y menos todavía qué política de precios puede realizar el Inale. Nunca estos institutos podrán armar una política ni de precios ni de nada, porque no es su función, y sí pueden en cambio agregar ruidos de toda naturaleza a la formación de esos precios que es lo que con más evidencia un gobierno no debe tocar, salvo caso muy raros.

Las continuas y recientemente incrementadas amenazas de intervención del ministro y sus escuderos, -más de estos últimos que de aquél- deriva de la clásica aspiración de sustituir al mercado por una concertación de precios, casi imposible en una economía abierta, y que nada demuestra sea más justa. Pero deriva también de la carrera loca que este año electoral ha desatado; porque no se puede plantear razonablemente, habiendo dispuesto de la suma del poder, que hace falta una nueva política justo el quinto año. No es serio. No lo es ni el precio concertado de la leche en el Inale, ni el inclusivo de INAC. Son posturas para honrar anteriores o futuros votantes, con tanta o más intensidad, cuanto más fuerte suenen las campanas a rebato.

Hay que prepararse pues para escuchar un final a toda orquesta de amenazas en este año. No solo sugerencias de estadista, como por ejemplo importar bolivianos o imitar bosquimanos, sino propuestas de regulación e intervención que intentan quizás subrayar, ya tarde, un protagonismo del MGAP que no mostró hasta ahora.

Este ministerio incluyendo en él a INAC, quizás estime que será más recordado cuanto más amenace a los empresarios, a los mercados, o a los molinos de viento.

Y los empresarios, los mercados, y los molinos de viento así provocados reaccionarán para desgracia del país; como con Alonso Quijano.

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