CARLOS STENERI | DESDE WASHINGTON DC
No hay nada que supere a una crisis para derrumbar paradigmas, hacer factible lo que parecía improbable, revivir políticas que parecían ya difuntas y sumergir en un baño de humildad a los heraldos de la vigencia de automatismos autorreguladores del sistema.
La realidad, una vez más, se mostró más compleja de lo esperado. Y, por tanto, lo fueron y lo siguen siendo los comportamientos y reacciones ocurridas a escala mundial. Eso gracias a la condición humana, que esta vez por el absurdo de haberse equivocado, nos muestra que está viva y coleteando. Aceptado ya que el fin de la historia fue una utopía que la caída del socialismo real no pudo concretar, quedaba otra en pie: el desarrollo de un mundo feliz de la mano de tasas de crecimiento robustas.
Una vez más, los hechos porfiados echaron por tierra con esa esperanza. El devenir está surcado por ciclos que resultan de avances y retrocesos. Esa fue y seguirá siendo la constante de la evolución humana. Atemperarlos o resolverlos es el desafío extremo de toda conducción política y, en particular, la referida a la materia económica.
Una vez más es el momento del repaso de los maestros cuyo pensamiento resume la sabiduría acumulada por generaciones.
KEYNES Y FRIEDMAN. En una encrucijada casi única, la crisis empuja a tomar lo mejor que ofrece cada uno de sus enfoques. Más aun, lo que en ambos parecía antagónico, obra de vulgarizadores que encasillan posiciones, se ha hecho complementario. Para salir de la crisis, el mundo desfila hacia un escenario donde convivirán por un tiempo la potencia de la política monetaria y la política fiscal. Cada cual adaptará sus preceptos a sus condiciones propias, pero sin duda estamos en presencia de un hecho único en la historia económica mundial reciente.
Y ambos enfoques deberán aceptar que la autorregulación de ciertos mercados, en particular los financieros, también pertenece al reino de las utopías. Aquí se entra en el terreno delicado de calibrar el grado óptimo de la regulación: demasiada, ahoga la iniciativa; escasa, propende a la recurrencia de crisis de magnitudes insondables. La dimensión nueva del problema es que la capacidad de dispersión geográfica rápida retroalimenta su gravedad inicial.
Ambos maestros forjaron su prestigio proponiendo políticas para lidiar con la crisis de los años treinta. Friedman demostró que la crisis se profundizó una vez que los bancos quedaron ilíquidos por la recesión y no tuvieron en la FED al prestamista de última instancia. Más aun, ésta contrajo la asistencia ante el temor de financiar otras rondas especulativas en la bolsa. La consecuencia fue una corrida bancaria generalizada con quiebra de bancos y la desaparición de crédito que trajo más contracción económica.
Hoy, la FED y los bancos centrales del G7 han puesto a funcionar a velocidad máxima los engranajes de la política monetaria, inyectando liquidez al sistema bancario e incluso al corporativo por todas las vías imaginables. Hasta ahora, la respuesta no ha sido la esperada. En un negocio cuyo pilar básico es la confianza, la liquidez no es suficiente. Es necesario recuperar la solvencia, la que sólo se gana sacando los activos malos que gangrenan los balances. Y ahí esta la complicación: en muchos casos los activos son créditos hipotecarios cuya resolución implica la ejecución. En otros, son activos financieros de difícil valuación.
Y aquí reside la diferencia con la crisis bancaria de los años treinta que fue de salida de depósitos. En este caso se trata de recuperar la solvencia eliminando activos inmobiliarios y financieros sobrevaluados. Hasta que ese saneamiento no se opere, la confianza no retornará, permaneciendo la astringencia crediticia a pesar de las inyecciones masivas de liquidez y las bajas de tasas de interés.
Keynes sentó parte de sus argumentos de salida en lo que llamó la trampa de liquidez, significando que por más baja que fuera la tasa de interés, el público no demandará crédito pues el retorno esperado de las inversiones es aun más bajo. Eso auto genera una ronda contractiva adicional acompañada de deflación que amplifica los efectos anteriores. Por tanto, la política fiscal es la vía idónea de inyectar recursos que generan actividad.
Estas visiones simplificadas de realidades más complejas, que fueron centro del debate macroeconómico de la segunda mitad del siglo pasado, ahora toman nueva fuerza y serán aplicadas conjuntamente. Todo apunta a que las economías de los países desarrollados recibirán esta terapia doble, con la expectativa de desempantanarlas de la situación actual.
PAÍSES EMERGENTES. Mas allá de las bondades eventuales de la receta que aplican los países del G7, es una alternativa para quien puede, no para quien quiere. Ese panorama se desdibuja una vez que la realidad se mira bajo la luz de una economía abierta. Esa es la realidad de las economías emergentes. Ahí los grados de libertad se diluyen rápidamente, pues la viabilidad de las políticas expansivas monetarias y fiscales tiene como restricción última la disponibilidad de reservas y la sustentabilidad de la balanza de pagos. A ello se le agrega como restricción, que el financiamiento de la actividad en los países centrales impulsada por políticas expansivas actuará al comienzo como una fuerza adicional de atracción hacia ese destino de la liquidez de por sí ya escasa en la países en desarrollo, en particular los latinoamericanos. Este es un tema crucial. De ahora en más, habrá una fuerte competencia por la liquidez a escala global. Los países centrales la pueden generar emitiendo su propia moneda. El dólar es el ejemplo típico, con el aditamento que sigue siendo la moneda que no tiene rival como protección de valor. Pero también continuarán los esfuerzos por captar los bolsones de ahorro de los países exportadores netos de petróleo, China y Japón. Y eso será tanto a través de la emisión de deuda, inversiones directas de los fondos soberanos, la intermediación bancaria o la repatriación de liquidez hacia las matrices corporativas.
Su consecuencia es que la liquidez será por un tiempo un bien escaso a menos que se apliquen medidas para revertir esa tendencia.
LAS MULTILATERALES. Nuevamente estas instituciones realzan su valor como el proveedor de liquidez de última instancia en momentos de astringencia financiera. El tema es reducir el impacto inicial del arranque de un mundo desarrollado carente de liquidez, que intenta llevar adelante políticas fiscales expansionistas. Hasta tanto se derramen sus beneficios hacia el resto del mundo, pasará un tiempo donde el financiamiento en los países en desarrollo será escaso o caro. Y eso será cierto tanto a nivel público como privado, pues en definitiva de lo que se trata es del financiamiento de la balanza de pagos total del país en cuestión.
Es aquí donde a través de las multilaterales y en particular el FMI, se debe actuar con pragmatismo, facilitando su capacidad de inyectar liquidez.
Para ello vale tener en cuenta varios aspectos.
En primer término, tienen liquidez disponible suficiente para cauterizar emergencias. Quizás no estén desatadas aun todas sus posibilidades pero operaciones recientes han mostrado que pueden actuar con pragmatismo y presteza.
En segundo lugar, la mayoría de su base accionaria se integra con las Tesorerías de los países más importantes del mundo. También la integran aquellas pertenecientes a los países con mayor acumulación de reservas.
Con ese respaldo, podrían emitir garantías para facilitarles a los países emergentes el financiamiento en el mercado de capitales voluntario, en particular la renovación de instrumentos de corto plazo.
Eso ayudaría a destrabar un mercado que está paralizado por la desconfianza. Pero lo más importante, es que ayudaría a preservar todo el camino andado por la comunidad de los países emergentes en el mejoramiento del manejo de su financiamiento externo.
En una situación como la actual todos están siendo penalizados, agregando un costo adicional elevado que, en la mayoría de los casos, es totalmente inmerecido.