Crisis: preguntas y respuestas

JAVIER DE HAEDO

Cuando en agosto del año pasado resultó evidente que había serios problemas en el mercado de créditos hipotecarios en los Estados Unidos, se inició una crisis que desde un primer momento se previó que se globalizaría, más tarde o más temprano, en mayor o menor medida, y más allá de cuánto se pudieran "desacoplar" las economías emergentes de la mano de la china, notoriamente la "prima inter pares".

Pasaron los meses y acá parecía que la tal crisis nos sería lejana y extraña, en la medida en que se seguían sucediendo buenas noticias en materia de actividad y empleo. No obstante, resultaba difícil de creer que a un Uruguay más metido en la globalización que nunca antes, no le llegara la onda expansiva del sismo generado en la economía que aún es la central del planeta.

Pero en aquel momento sólo se ingresó en la "fase uno" de la crisis, cuya duración nadie se atrevía a establecer, y que para una economía como la nuestra, resultaba en la reafirmación del extraordinario panorama externo que se iniciara en 2003. En esa primera fase, tras la explosión del mercado de créditos hipotecarios, el dólar se seguiría debilitando, las tasas de interés se reducirían, los precios de los commodities subirían aún más y la economía se desaceleraría ligeramente, más en los países del G-7 que en los BRIC y sus satélites.

El único punto negativo que se nos presentaba en un panorama aún mejor al que veníamos enfrentando sería el aumento, junto con los precios de todos los commodities, del precio del petróleo, atenuando en el caso uruguayo la ganancia de términos de intercambio. El nuevo impulso que por entonces tomaron estos precios se debió no ya a causas reales (por ejemplo el imponente resurgir chino) sino a razones financieras, especulativas, dando lugar a una burbuja en materia de precios.

Vale la pena aclarar por qué el debilitamiento del dólar en el mundo nos favorece, más allá de que cuando ello ocurre pasamos a importar inflación. Nos favorece porque el mundo se vuelve más caro en dólares, aumenta el ingreso y con él la demanda por nuestra producción. Desde otro punto de vista, se pulveriza la tasa de interés real relevante para evaluar las inversiones y afluyen capitales tanto al sector real como al financiero.

Pero tan claro como el advenimiento de esa fase inicial que afirmaba lo positivo que ya recibíamos del exterior, resultaba que tras ella vendría una "fase dos" de signo opuesto a la primera. Lo único incierto con relación a esta fase era su fecha de inicio, pero que venía, venía. Y vino, antes de lo que se esperaba.

¿Cómo se caracterizará esta segunda fase? Será sustancialmente diferente a la primera. Ahora el dólar se fortalece, los precios de los commodities caen, las tasas de interés se recuperan y la recesión se afirma en todo el mundo. Es decir, se configura lo que los economistas llamamos un "shock externo negativo".

De los cuatro aspectos referidos, hay dos que ya son clarísimos: el fortalecimiento del dólar y el desplome de los precios de las materias primas. El tercero, el aumento de las tasas de interés, en los hechos ya está en la medida en que no hay tasa más alta que la que no se puede conseguir. El cuarto, la recesión, será mayor a la esperada salvo que en las próximas semanas el mundo recupere el patrimonio perdido en la extraordinaria desvalorización de activos (inmuebles, empresas y otros). Cuando se pierde patrimonio, en una familia, una empresa o un país, y también a escala mundial, se lo busca recuperar y para ello se debe ahorrar más. Y más ahorro, sin mayor ingreso, es menos consumo, y por lo tanto, menos nivel de actividad y menos comercio a escala mundial.

¿Qué va a pasar en Uruguay en esta nueva fase? Ante un shock externo negativo como el referido, el país se vuelve más pobre, empeoran sus términos de intercambio, tiende a depreciarse su moneda en términos reales. Se pasa a importar deflación. Caen las exportaciones, sin dudas en valor, quizá no en volumen. Baja el salario real y/o el empleo. Tanto al país como a sus empresas y sus familias les cuesta más acceder al crédito, y con el verbo costar en una doble acepción: dificultad para encontrarlo y pagarlo más caro. Se frena el aumento del consumo y con él las importaciones. Y con ambos, la recaudación tributaria.

¿Cómo nos preparamos frente a esta previsible situación? Nos preparamos a medias, quizá confiando en que los tiempos económicos calzarían con los tiempos políticos. Lo mejor: se trabajó en forma extraordinaria en materia de deuda pública. Lo peor: se usaron todos los márgenes disponibles en materia fiscal. En lo fiscal y en lo salarial se operó como si el shock externo fuera positivo en forma indefinida. Precisamente en agosto del año pasado se dejó sola a la política monetaria-cambiaria para contener la inflación y nos auto infligimos una innecesaria pérdida de competitividad: nada menos que 12% a nivel global y 15% con fuera de la región, entre julio y julio, según el BCU.

En cuanto a la deuda, su buena administración nos permite transitar por tiempos difíciles sin apremios: se estiraron los plazos de su vencimiento, se cancelaron las deudas de muy corto plazo con organismos internacionales, y ella subió en términos brutos como contrapartida de la acumulación de reservas y de cambios en paridades, pero se mantuvo estable en términos netos de activos externos. Y, lo más importante, se la "pesificó" significativamente, adquiriéndose un seguro que ya nos está pagando. Y me refiero concretamente a la deuda en UI emitida por el Gobierno Central y no a la emitida en pesos mediante Letras de Regulación Monetaria, que constituye la única debilidad o vulnerabilidad en materia de deuda pública.

En lo fiscal, y más allá del problema transitorio con la UTE, que al no poder generar electricidad a partir de agua en las magnitudes habituales, ha dado lugar a un deterioro financiero mayor a un punto del PIB, deberíamos tener hoy un superávit global de dos a tres puntos del producto. Sin embargo, el gobierno decidió gastar todo el resultado del panorama mundial extraordinario que hemos vivido y nada se ahorró para cuando llegara la virazón.

En materia salarial, se siguen negociando pautas que deberán regir desde el pasado primero de julio y que fueron diseñadas en el mundo que ya no existe y para un mundo que ya no existirá. Para un mundo que nos generaba un shock positivo y no para uno que nos produce uno negativo. De concretarse acuerdos o laudos con esas pautas, en el correr de 2009 y 2010 se producirá o bien su revisión o bien una caída en el empleo.

En cuanto a la competitividad, como vimos, llegamos a julio, en el momento en que se produce el cambio de fase (con el dólar tocando sus mínimos frente a las monedas más relevantes y los commodities sus máximos), con un firme deterioro de nuestro tipo de cambio real. Y, en agosto, en la medida en que acá se lo dejó reaccionar más tarde que en el resto del mundo y en menor proporción, la pérdida de competitividad que informó el BCU fue considerable: 2,5% a nivel global y 3,3% con fuera de la región. En setiembre la tendencia se revirtió, pero no se llegó a recuperar toda la pérdida de agosto.

¿Qué se puede hacer en este contexto? Temo que, como ocurrió tras la devaluación del real en enero de 1999, no se hará mucho, quizá por aquello de los tiempos políticos. Si así fuera, se irá corriendo la arruga en la alfombra y es de esperar que su tamaño no nos genere un tropezón grande mañana. Es cierto que todavía es posible llegar al equilibrio fiscal el año próximo, si UTE revierte su situación y se ahorran los mayores ingresos provenientes del crecimiento del PIB mayor al esperado, de acuerdo con lo señalado por el nuevo Ministro de Economía y Finanzas. Además, es posible que la inflación se mantenga por encima de la meta pero en un dígito, y esto ayude a licuar parte del exceso de gasto público. No sería poca cosa y vaya que ayudaría. Sin embargo, preocupa lo que según el Presidente le dijo su anterior Ministro, en cuanto a que el déficit fiscal podría trepar al 1% del producto el año próximo, lo que implicaría un relajamiento de la meta respectiva.

A los efectos de la negociación salarial en curso, sería deseable que desde el gobierno se dieran señales claras del nuevo mundo que enfrentamos, que se adecuen las pautas en función de eso y que en el caso en que las partes no lleguen a un acuerdo se decreten ajustes consistentes con la nueva realidad.

Finalmente, y cuidando que el IPC no supere el 10% anual, se debe dejar que el tipo de cambio busque su nuevo equilibrio de acuerdo al nuevo contexto externo y, con palabras del último Copom, que se respete "la tendencia que se derive de sus fundamentos".

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