JAVIER DE HAEDO
"Si alguno me construye una fábrica de tierra puedo variar mi manera de pensar. Pero como no la hay creo que hay que ponerle tope a la concentración de la tierra", dijo el senador Mujica a Búsqueda en la edición del jueves 18. Ese sería el fundamento, según Mujica, para poner esa condición, entre otras, para integrar la fórmula presidencial por el Frente Amplio para las próximas elecciones.
Se trataría del enésimo intento de regulación de la tierra por parte de una de las dos cabezas de este gobierno bicéfalo que nos ha tocado tener. Realmente, lo de la tierra, para algunos de los actuales gobernantes, es una obsesión. La han emprendido con iniciativas de todo tipo, y desde todos los frentes. Y, según parece, lo seguirán haciendo.
Felizmente, la otra cabeza piensa diferente y ha logrado evitar daños mayores, lo que ha sido su mayor mérito. Sin embargo, muchas medidas se han colado y han terminado siendo aprobadas, en nombre de una unidad que no es otra cosa que promediar pensamientos y conceptos inconciliables. La misma unidad que generó un lucro cesante que hoy no se percibe en su magnitud en medio del extraordinario crecimiento importado cuando, por ejemplo, se planteó subir al tren del TLC y se decidió permanecer en el andén.
Esa otra cabeza, deberá explicarle a la que rebosa de creatividad voluntarista, que puede quedar tranquila porque la tal "fábrica de tierra" ya existe, aunque, increíblemente, no lo hayan percibido todavía.
Efectivamente, la tierra se multiplica, cuando se la vuelve más productiva. Antes convenía comprar una hectárea más al vecino. Hoy se crece hacia dentro de la hectárea propia, invirtiendo en ella. Y de ese modo se aumenta la posibilidad de esa misma hectárea de producir más. Es, sin dudas, una forma de fabricar tierra. Y esa fábrica, aquí y ahora, está produciendo a tres turnos.
La obsesión con la tierra ya abarca una frondosa nómina de iniciativas, algunas concretadas y otras no: la titularidad de su propiedad, sesgada en contra de las sociedades anónimas y en particular de aquellas con acciones al portador; la nacionalidad de su propietario, con el propósito último de conocer a éste; la ubicación dentro o fuera de una franja de tantos kilómetros desde la frontera; la injerencia del Instituto Nacional de Colonización en las compraventas entre particulares; y ahora, la referida idea de la concentración.
Ciertamente, esta creatividad, basada en prejuicios y por lo tanto en ignorancia, no es original, en nuestro país, ni de la izquierda ni de estos tiempos. Destacados políticos de partidos tradicionales plantearon décadas atrás (y algunos no tan atrás) iniciativas parecidas. En todo caso, éstos pueden esgrimir la atenuante del estado del conocimiento en la época en que las planteaban y lo que era una tendencia tan generalizada como equivocada. Hoy, sin embargo, esa atenuante no es de recibo: la evidencia empírica y el avance del conocimiento las han dejado en offside.
Hubo una época en la que, por ejemplo, se creía bueno un impuesto llamado "Improme", cuyo nombre constituía la sigla del "impuesto a la productividad mínima exigible", porque, claro está, para muchos los nombres hacen a las cosas. En realidad creo que quienes lo impulsaron y aprobaron (que no eran de la izquierda, por entonces minoritaria) le atribuían a este impuesto un carácter mágico: bastaba con que existiera para que la tierra fuera más productiva. Y, en realidad, ocurría todo lo contrario: hoy se sabe bien que un impuesto de suma fija a la tierra (y llegamos a tener cinco a la vez) lo único que logra es aumentar el riesgo de invertir en ella. Y con menos inversión, menos posibilidad había de llegar a la exigida productividad mínima determinada por burócratas.
En esa época, muchos de quienes decían defender al agro, y en particular muchos desde dentro del sector, reclamaban (y lograron imponer) un sistema tributario especialísimo para las empresas del sector, diferente al común y corriente para las demás empresas, por ejemplo de la industria y el comercio. Se consideraban diferentes y eso les llevaba a demandar un régimen especial. Y el tiro les salió por la culata, porque de tan especial, los terminó perjudicando. Ignoraban (la ignorancia es la base de este tipo de macanas) que para un sector con ventajas comparativas, lo mejor era estar en pie de igualdad con el resto.
Las iniciativas de hoy no difieren en sustancia de aquéllas. Pero lo que más sorprende es que se sigan generando esas propuestas frente a una realidad muy diferente a la de otrora, caracterizada hoy por un extraordinario crecimiento de la productividad y de la producción y en particular gracias a la "importación" de buenos productores desde el exterior. Esto último, en gran medida gracias a políticas suicidas del otro lado del Río, como las detracciones, que generan precisamente lo contrario a "fabricar tierra".
Siempre según Búsqueda, la novedosa iniciativa de Mujica consistiría en limitar la concentración de la tierra, tanto para uruguayos como para extranjeros, en función del "grado de ocupación y lo que pagan" a sus trabajadores. Imaginemos las fórmulas que se deberán producir para ello y lo que va a implicar controlar su aplicación. Casi como con los planes de siembra que también quiere controlar el MGAP. Seguramente, luego excepcionarán de la norma a las mismas grandes firmas extranjeras que se exceptuó de cumplir con la referida a la propiedad de la tierra, porque por sus propias características no las pueden cumplir.
Es posible que detrás de ese "concepto" esté otro, bastante generalizado, de que la actividad agropecuaria no agrega valor, cuando en realidad ocurre todo lo contrario y casi todo el valor bruto de su producción es valor agregado. Sin dudas, agregan extraordinariamente más valor que muchas industrias, resabios de las épocas de sustitución de importaciones, extendidas en "pecs, cauces y mercosures", cuyo valor agregado es tan reducido que con pequeñas tasas de protección nominal logran tasas de novela en materia de protección efectiva.
En el proceso de hacer trabajar a tres turnos a la fábrica de tierra, hay involucrados uruguayos y extranjeros, en extensiones grandes, medianas y pequeñas, volcados a la agricultura y a la ganadería. También a la lechería y a la forestación. Y no se hace con una exacerbación por la mera producción sino que se realiza sin jaquear la condición de "natural" que todos queremos preservar para Uruguay, hasta el punto en que sea una cualidad inherente a éste. Dejemos que esa fábrica de tierra siga trabajando como lo está haciendo.
A propósito de este tema me vino a la cabeza otro, muy parecido, con la misma naturaleza conceptual: el de la política comercial y la inserción internacional. Muchas veces hemos escuchado como fundamento para la integración regional y en particular con nuestros vecinos, que no teníamos más remedio que caer en eso, a pesar nuestro, porque "no nos podíamos mudar de barrio". Como con la fábrica de tierra, se trata de un concepto que si se toma de modo literal es materialmente correcto, pero que si se ve desde la economía es absolutamente falaz.
Sin dudas que nos podemos mudar de barrio y para eso están las políticas comerciales. Integrarse al mundo implica precisamente eso. No otra cosa perseguían Vázquez y Astori cuando querían el TLC que su fuerza política les vetó.
Con el actual Mercosur, seguimos metidos en el barrio, intercambiándonos privilegios, que pagan los consumidores de cada país a algunos productores de los otros. Y, por lo tanto, acentuando la "región dependencia" que la historia, la geografía y la tradición ya hicieron significativa. La acentuamos con los papeles. Siempre he pensado que el Mercosur será en serio el día en que uno de los socios que lo balconea se meta de lleno en él: Chile. Ese día el Mercosur será un instrumento más de los varios que tendremos en el menú de nuestra inserción internacional. Mientras tanto, es y será un contrapeso.
La forma de mudarnos del barrio es hacer como Chile e integrarnos al mundo. Llegar a tener cuatro o cinco decenas de TLC con países de todos los continentes. Lo ideal, en ese sentido, sería recuperar el liderazgo que tuvimos en el inicio del proceso del Mercosur y conducir a éste a ese escenario. Y si no nos siguen, sigamos solos.
Es decir que si bien en una lectura superficial, suena evidente que no puede haber una fábrica de tierra y que no nos podemos mudar de barrio, pensándolo bien sí se puede. En el primer caso ya lo estamos haciendo. En el segundo, todavía no. Dejemos a la fábrica trabajar y mudémonos de una buena vez.