El difícil arte de la desinflación

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El País

CARLOS STENERI | DESDE WASHINGTON DC

En materia militar, se dice que una de las maniobras más difíciles es lograr una retirada exitosa. Algo similar ocurre en materia de política económica cuando se trata de desinflar una economía en el tránsito hacia una fase nueva de equilibrio. Maniobras apresuradas o descoordinadas pueden desembocar en otro tipo de desequilibrios con consecuencias peores a las que se pretende evitar.

Es en esta materia, más que en otras que los economistas profesionales pierden o ganan sus galones. Y es también aquí, donde la política económica y sus responsables juegan sus prestigios. Pero más allá de las peripecias particulares, es aquí donde los errores se pagan con precios altos.

Sólo basta recordar lo que aconteció en la década del treinta, donde un error de diagnóstico dio lugar a que la FED instrumentara políticas monetarias contractivas, profundizando la recesión estadounidense con consecuencias globales.

Hoy, esas lecciones integran el bagaje de lo que hay que hacer en circunstancias similares. Así, la Reserva Federal ha actuado aplicando una batería de medidas que buscan diluir el espectro de una recesión generalizada activada por los excesos en el mercado inmobiliario norteamericano, hecho que se mutó luego en fragilidades en su sistema financiero, caída del nivel de actividad y el sentimiento creciente que una década de crecimiento sin parangón, desparramado por el todo el mundo, había llegado a su fin.

Por el camino aparecieron nuevos actores de calibre, principalmente China, y también fenómenos inesperados. El alza del precio de las materias primas y el petróleo a los niveles actuales, hace apenas un quinquenio atrás estaban fuera del radar de cualquier analista.

A su vez, estos cambios estructurales modificaron el sentido y volumen de los flujos financieros. El mundo en desarrollo, incluidos los exportadores netos de petróleo, se convirtió en el financista de última instancia de los países desarrollados, principalmente Estados Unidos. La mayoría de estos países pasaron a integrar el área monetaria del dólar, pegando sus numerarios a esa divisa a un nivel que los subvaluaba. Su resultado fue una acumulación incesante de reservas reinvertidas, a su vez, en gran parte en papeles de deuda norteamericanos. Aún permanece abierto el debate de si tal opción de política respondió a una decisión explícita de sus autoridades o simplemente es una decisión obligada ante la falta de alternativas.

Este pantallazo traza las dificultades de los problemas a resolver. Cualquier cambio en la política tendrá repercusiones que trascienden el ámbito de su incidencia. Más aún cuando esos cambios provienen desde las naciones de mayor tamaño, fundamentalmente China.

Además, con un mundo altamente interrelacionado se comprobará que la "independencia" de las políticas económicas nacionales se diluye, constituyendo más una utopía que una realidad.

Con este telón de fondo, vamos hacia la búsqueda de una baja de precios ordenada, o lo menos traumática posible. En este terreno es donde se probará la destreza de los hacedores de la política económica, aflorará bajo otra luz la interdependencia entre naciones que limita los grados de libertad, y se desnudarán errores o excesos arropados por la extraordinaria bonanza que declina.

LOS SÍNTOMAS. El fortalecimiento del dólar frente al euro, la caída del precio del petróleo y el descenso de la cotización de la mayoría de las materias primas, incluidos los alimentos, son la manifestación de fenómenos entrelazados resultantes de la caída del nivel de actividad global que confluyen para deprimir los índices de precios a lo largo y ancho del mundo. En particular, en los países emergentes donde explican en promedio más del 30% del comportamiento de ese índice.

La política de contracción monetaria del Banco Central Europeo ha llegado a su fin dado el crecimiento pobre o nulo del PIB de los países europeos. Sin duda, el nivel actual del dólar, apreciado casi 10% respecto al euro en poco más de un mes, constituye el factor relevante del escenario más probable para los próximos doce meses.

Los precios de las materias primas en promedio cayeron casi 15%, aunque es imposible predecir cuáles serán los niveles finales, y menos por categoría de producto.

En lo que hay consenso, es que será difícil que en el corto plazo se repliquen los niveles récord del pasado reciente.

LOS DESAFÍOS. En el ámbito de la práctica de qué hacer desde ahora en más, es donde imperan los mayores disensos.

En el mundo desarrollado, el debate se aglutina en dos campos opuestos cuyos heraldos respectivos son los siguientes.

Dejar todo como está en materia de política monetaria a la espera del efecto antiinflacionario que tendrá la tendencia reciente observada en los precios del petróleo y las materias primas. A su vez, confiar que el fortalecimiento necesario del dólar se dará por las expectativas de laxitud en la política monetaria del Banco Central Europeo. Hacer más sería una forma de sobre reaccionar, exponiéndose a que el sistema entre en una espiral deflacionaria innecesaria.

La postura antagónica entiende que todavía se está lejos de ese umbral y que un mayor activismo con subas de tasas es necesario para controlar la inflación. Nuevamente aquí el debate se afinca en el arte de hacer política económica bajo el lema de prueba y error más que en el determinismo de los modelos.

El tema es más complicado para el caso de los países emergentes. Y más complicado aún para países como Uruguay, de escaso tamaño y con una alta dependencia regional. Nuevamente, en sus efectos se hace presente el paradigma de aquellos países que tienen como referencia dos restos del mundo: el que responde a la definición tradicional y que explica tendencias globales, y aquel otro que se explica por los eventos de la región aledaña, en el caso de nuestro país dado por la alta interdependencia canalizada en su mayor parte por los servicios. Su expresión máxima es el turismo y el comercio transfronterizo.

NUESTRO CASO. La bonanza internacional se tradujo en robustecer las tasas de crecimiento de nuestro PIB a niveles impensados un lustro atrás. También en aumentar el ingreso nacional, particularmente en sectores conectados con el sector exportador, aunque con la penalidad de absorber costos crecientes en materia de energía. Ese desempeño también se afincó en las cuentas del Estado, facilitando cierres fiscales más estrictos que en el pasado junto a mejoras de los salarios públicos.

Al igual que en la mayoría de los países emergentes, el tipo de cambio se revaluó al mismo tiempo que acumuló reservas en niveles impensados. El debate sobre su pertinencia se agota en una cuestión de grados, pues hasta ahora no explica la esencia de un fenómeno que en otros países generó los mismos resultados y que tampoco pudieron revertir.

Aquí hay dos preguntas cuyas respuestas, si las hay, son dominio del arte de hacer política económica, y en particular la referida a la desinflación de precios.

La primera se refiere al reconocimiento de si la economía mundial en expansión nos dio una mano en materia de crecimiento; entonces corresponde responder o estimar cómo nos afectará cuando esa fase del ciclo mundial se revierta. No porque estemos bajo el riesgo de un cataclismo. Sino simplemente porque en términos de dinámica, cambios en los niveles de variables tales como los precios internacionales y tipo de cambio por citar algunos, generan modificaciones sustanciales en la sustentabilidad de la trayectoria de variables domésticas como el gasto público, incluyendo la política salarial.

En segundo lugar, la política económica debe responder a la pregunta de cómo el ámbito regional, nuestro segundo resto del mundo, nos afectará. Entendemos que no tienen efectos neutros sobre el diseño de nuestras políticas, en particular la postura que en materia cambiaria adoptan nuestros vecinos. Pertenecemos a una sub área monetaria compuesta por Brasil en primer lugar y por Argentina luego, que en gran parte determina la paridad de nuestra moneda respecto al dólar. En este caso, nuestra dependencia en la determinación del tipo de cambio real es casi total, siendo el canal de transmisión la alta composición de los servicios en nuestro PIB, los cuales transamos intensamente con nuestros vecinos.

Ya hemos transitado situaciones similares a mediados de los noventa, con la diferencia que en este caso la movilización del proceso desinflacionario comienza en el mundo desarrollado, incidiendo en los países de la región. Y de ahí, ambos efectos recaen sobre nosotros.

Si la historia sirve de consejera, ésta indicaría que los nuevos tiempos tienen que surcarse con la posibilidad de que todas las variables, incluidas las salariales, den pasos al unísono para reacomodarse al proceso de baja de la inflación. Aunque parezca paradójico, los niveles bajos de inflación estrechan los márgenes de maniobra para disimular rigideces que dificultan ir por el camino sin tropiezos. En estas circunstancias, el mayor aporte de la política económica es dotar de flexibilidad a los reacomodamientos necesarios, pues es la mejor manera de disminuir costos sociales.

Todo ello confirma que la política económica, bajo estas circunstancias, adquiere la categoría de arte, en su mejor acepción.

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