Buscando las salidas de la crisis

CARLOS STENERI | DESDE WASHINGTON DC

Agosto de 2008 se despide de manera inusual. Por un lado consensuando que el mundo ha entrado en una fase de realineamiento a escala global, y por otro con diferencias sobre el grado del ajuste. Algunos opinando que se llegará al extremo de una recesión con connotaciones de crisis, y otros más moderados, que será un proceso ordenado de contracción con una duración menor a los 24 meses y que sólo percutirá a ciertas áreas del mundo. De todas maneras, las opiniones confirman que no es un episodio aislado, circunscrito a pocos sectores, y catapultado por excesos financieros en alguna jurisdicción.

Por donde campean los disensos, es en qué hacer para mitigar los efectos del proceso de ajuste, si es que algo en la materia puede ser instrumentado. Por ahora los navegantes solitarios en medio de la tormenta son el gobernador de la FED Ben Bernanke y el presidente del Banco Central Europeo Jean-Claude Trichet. Ambos, con objetivos diferentes, han puesto en la línea de fuego a sus instituciones, exponiendo sus balances y su prestigio. El primero capeando una crisis financiera no vista desde la década del treinta a costa de sacrificar el objetivo antiinflacionario, en tanto que el segundo intenta anclar las expectativas inflacionarias de una Europa que muestra señales de decaimiento en su crecimiento. Se repite como forma de arenga que los países están importando inflación por una u otra vía. Pero eso no puede ser un proceso generalizado a escala global, pues el mundo en su conjunto no puede importar inflación. Se trata simplemente de un exceso de demanda agregada que no puede satisfacer una oferta rígida. En síntesis, el freno a los excesos se resolverá por el lado fiscal. Y aquí es donde pulula una variedad de alternativas, incluyendo el no hacer nada con la expectativa de encontrarnos ante una tormenta de verano.

Y como si fuera poco, el mes se despide con cierto espíritu rampante en el aislacionismo y el sálvese quien pueda. El fracaso de la Ronda de Doha es aleccionante en la materia. Sus negociadores se ahogaron cerca de la orilla después de trabajosas negociaciones que insumieron años, pues lo que faltaba laudar para cerrar el acuerdo era menos del diez por ciento de todo lo que estaba sobre la mesa. Y en este caso, entre los aguafiestas hubo países en desarrollo con poder económico, como China e India. Mas allá de los resultados positivos que se perdieron con ese fracaso sobre el bienestar global, lo que importa rescatar es la actitud alimentada por intereses nacionales que primaron sobre los globales. Y en esta oportunidad los costos de no acordar recayeron sobre los países más pobres del mundo, que una vez más pierden la oportunidad de disminuir su miseria mediante la expansión de sus sectores rurales. Obviamente triunfaron quienes tienen una visión parcial de la globalización, entre ellos también varios países europeos liderados por Francia, que la entienden como un proceso mercantilista de una sola vía: un conducto para acceder a nuevos mercados ayudado por la protección de su mercado doméstico, en particular el de productos agropecuarios.

Con esta trilogía de situaciones poco auspiciosas, estamos entrando en una fase descendente del ciclo económico mundial que es y será caldo de cultivo de propuestas disímiles tanto en el mundo desarrollado como en el emergente. Quienes hagan lo apropiado serán recompensados a través de una disminución del costo del ajuste. Quienes se equivoquen recibirán al latigazo inexorable disparado por los hechos.

ALGUNOS INDICADORES. Comenzando por Europa, el gobernador del Banco de Inglaterra de manera cándida ha señalado que la inflación se ha disparado (5% anual) al doble de lo esperado, augurando un par de trimestres de crecimiento económico negativo. Estados Unidos navega ya con un alza anual de precios (5,6%) no vista desde 1991 y con proyecciones de aceleración a menos que el freno monetario empiece a aplicarse rápidamente. Salvo Norteamérica, el resto de los países del G7 tuvieron tasas de crecimiento de su PIB negativas en el segundo trimestre del año. Aquí importa destacar a Japón, quien muestra su primera caída del producto en siete años.

En este ámbito, el mundo desarrollado está atenazado por un doble impacto simultáneo: una crisis financiera en jurisdicciones claves (Estados Unidos, Reino Unido, España), y un alza del precio de insumos claves, en particular la energía.

Un indicador esperanzador es la caída del precio del petróleo (disminuyó un 23% desde su pico de julio), aunque a los niveles actuales (US$ 115) sólo salva al mundo desarrollado de una recesión severa, pero no de una contracción.

Donde imperan las presunciones, es sobre qué pasará con el mundo en desarrollo. La gran prueba, sobre la cual no hay aun indicadores elocuentes, es saber si su ritmo de crecimiento se ha desenganchado del resto del mundo. Si la globalización es un proceso de dos vías que posibilitó que China, como tantos otros, creciera a guarismos impensados apenas dos décadas atrás, arrastrada por la economía más grande del mundo, es difícil creer que la marejada en contra canalizada a través del comercio no genere el efecto contrario. Y ahí casi sin excepciones van todos los países, pues para muchas materias primas China actúa como entre puerto de procesamiento para reexportar o consumidor final financiado por su saldo comercial positivo.

Una vez más consideramos que el desafío es conocer la profundidad del realineamiento, quedando ya fuera de discusión la dirección de los acontecimientos futuros.

EL GASTO FISCAL. Con estos episodios en mano, hay una tentación natural a detectar si la política económica tiene grados de libertad para mitigar los efectos de ese redireccionamiento, inclusive de eventualmente sacarle provecho.

En esta arista, las políticas orientadas hacia el gasto, y en particular la fiscal son cruciales. Aquí surge un fino balance entre los objetivos de largo y corto plazo que, conjugados adecuadamente, se potencian mutuamente.

El primer capítulo reside en aceptar que un combate genuino de la inflación requiere limar los excesos de demanda. Por consiguiente, el freno fiscal deberá complementar decididamente a los esfuerzos de la política monetaria contractiva. En la profesión hay ya consenso y pruebas suficientes que los desbordes de precios sólo pueden contenerse con contracción del gasto. Como los gobiernos por definición son más eficientes en el manejo del gasto público, es sobre esta variable que deberán focalizar sus esfuerzos para lograr la consolidación fiscal en un ámbito de baja inflación.

El segundo aspecto reside en que la consolidación fiscal no puede apoyarse en la represión del gasto en inversión para dar espacio a aumentos del consumo corriente. En la esfera del gasto público eso implica trasladar más recursos hacia la inversión física. Pero también supone crear los incentivos para que el ahorro privado, tanto doméstico como externo, se canalice hacia ese destino. Y eso se justifica por una razón primordial: la posibilidad de mantener ritmos altos de crecimiento del PIB requiere necesariamente de la dilución de rigideces que presentan la infraestructura en su acepción más amplia y la disponibilidad de fuentes de energía. En la materia han surgido ya algunas luces amarillas, que plantean que la infraestructura se encuentra al máximo de su capacidad de utilización. Uruguay es un ejemplo, y en otros vecinos regionales la misma es nítidamente insuficiente en varias áreas.

LAS POLÍTICAS CAMBIARIAS. Reina en países importantes -China, los exportadores netos de petróleo- el espíritu de barrer hacia afuera el costo del ajuste, pegando sus monedas al valor del dólar. Nuevamente aflora desde otra dimensión, que los nuevos grandes jugadores en la arena económico financiera tienen una visión local del funcionamiento del mundo. Como es natural nadie quiere ajustar primero. Pero en un mundo interdependiente, aparecen responsabilidades que trascienden lo doméstico y que se acrecientan con el tamaño de las economías en cuestión.

Desde un punto de vista práctico, una apreciación del yuan facilitaría el aumento de la demanda agregada doméstica de China, reduciendo sus exportaciones netas pero manteniendo niveles de crecimiento robusto de su producto.

RESERVAS ÓPTIMAS. La pregunta que predomina al final del día es dónde está la racionalidad para esos países de acumular reservas -en definitiva gasto postergado- en activos financieros que están sujetos a los avatares de la moneda de cuenta (dólar) y en algunos casos a la calidad de los propios activos financieros.

Pero también en este tema, las generalizaciones al barrer no son válidas. Para los países con escaso ahorro doméstico, niveles altos y rígidos de gasto público, con crecimiento afincado mayoritariamente en las exportaciones, una reversión, aunque sea temporal, de los flujos de capital puede tener consecuencias serias.

En este caso y más en estos momentos de inestabilidad latente, la regla óptima es la acumulación de reservas como forma de auto seguro para enfrentar ese estado de la naturaleza adverso. Uruguay por supuesto aparece incluido en esta categoría.

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