Derroteros de la crisis internacional

CARLOS STENERI | DESDE WASHINGTON DC

Cumpliéndose el año del comienzo de la primera crisis de alcances globales del siglo, todavía hay lecturas disímiles sobre cómo salir del atolladero. Una visión optimista interpreta los hechos como un resfrío pasajero del sistema promovido por algunos excesos en el sector financiero. Dosis de liquidez abundante y expansión fiscal son para esta óptica, su antídoto necesario, aceptando como costo niveles de inflación al alza que entienden serán temporales.

La otra visión, más realista y a la cual nos afiliamos, interpreta los hechos actuales como el resultado de un exceso de demanda de bienes a escala mundial -en particular materias primas- que enfrenta una oferta rígida en el corto plazo junto a un exceso de liquidez que el mayor banco central del mundo -la FED- estuvo renuente en esterilizar.

La potencia de estas dos fuerzas motrices fue engarzando hechos cuyas dinámicas gatillaron rondas de falencias en los mercados financieros, exponiendo excesos que más allá de su importancia económica son la consecuencia y no la causa de lo que está sucediendo.

Si esto es cierto, estamos ante un exceso de crecimiento a escala mundial donde todos son renuentes a ponerle freno. Es comprensible, pues las mieles del crecimiento ahora también están derramadas en el mundo en desarrollo, en particular en parcelas largamente postergadas durante la historia reciente. Es así que, los riesgos de la inflación y su combate pasan a ser un tema de la agenda del mañana, privilegiando el consumo de corto plazo, recurriendo incluso a los subsidios. Basta dar una mirada por nuestra región aledaña, o en horizontes más lejanos para confirmar que hay una tendencia generalizada que considera que estamos ante alzas temporales de precios que no obedecen a razones estructurales profundas. A lo cual se agrega una postura fiscal que ignora que el mundo está en una fase de expansión extrema de su ciclo económico que no es sostenible, pues se ha topado con rigideces importantes en la oferta de energía, materias primas y alimentos.

En política y en particular en la económica hay cuatro palabras fatídicas: "esta vez es diferente". Parecería ser que no se ha aprendido de los años setenta, cuando el mundo desarrollado se embriagó de euforia, invitando a la fiesta a su contraparte en desarrollo a través del reciclaje de los petrodólares. Aquellos excesos dieron lugar a un período caracterizado por inflación y contracción económica diseminado a lo largo y ancho del mundo. El ajuste al fin vino, caracterizado por un aumento sideral de las tasas de interés reales, anclando nuevamente las expectativas inflacionarias pero sumiendo al mundo en desarrollo en una grave crisis de endeudamiento.

Y esa es la gran disyuntiva: o el mundo ajusta de una manera ordenada su exceso de demanda actual logrando re anclar expectativas inflacionarias, o podemos entrar en una vorágine de sucesos que a la larga siempre terminan en ajustes abruptos dictados por las urgencias de los hechos.

PANORAMA PREOCUPANTE. El panorama se complica pues en el centro de la crisis actual se encuentra la inestabilidad del sistema financiero, del cual no se ha podido determinar la profundidad de sus males. La experiencia dice que para recuperarlo es necesario inyectarle liquidez, aunque eso vaya a contrapelo de lo indicado para contener el exceso de demanda. Es una clara opción entre el menor de dos males. Pero eso siempre tiene límites, cuando el funcionamiento global del sistema puede resquebrajarse.

Lo cierto es que hoy en Estados Unidos por estas u otras causas imperan ideas asentadas en rebajas impositivas, bajas en la tasa de interés y programas de rescate de instituciones financieras mediante la inyección directa de liquidez u otras medidas de efecto equivalente. De cierta manera, todo el espectro político con grados diferenciales participa de la visión de ir corriendo la arruga para adelante, usando la inflación como mecanismo para ir licuando los costos de la crisis. En ello, la caída del dólar ayuda a ese proceso de descarga de los costos hacia el resto del mundo.

China, parece haber abandonado sus propósitos de permitir la revaluación de su moneda como forma de anclar la inflación, continuando su política habitual de seguir comprando reservas y subsidiar artículos claves de la canasta de consumo incluyendo la energía.

La otra pata del trípode, los países del área dólar -donde sobresalen los exportadores netos de petróleo-, expanden su consumo y mantienen sus monedas pegadas al dólar permitiendo que la inflación se les infiltre.

Y el resto del mundo, entre ellos nosotros, acompañamos la marcha con la expectativa que estamos ante una coyuntura sostenible que atraviesa una zona de turbulencia pasajera.

Hasta el momento, la variable que ha posibilitado esa trayectoria de crecimiento global extraordinario con inflación baja fue la cantera de mano de obra no calificada con bajos salarios que aportó China. Hoy ese proceso da muestras de agotamiento, haciendo que desaparezca el ancla final del sistema de precios cuyas reverberaciones tienen escala mundial. En ese país, mantener una caída permanente del salario real como variable de ajuste ya dejó de ser factible. La apertura política, aunada a la escasez de oferta de trabajo no calificado, es la antesala de ajustes salariales que coadyuvarán a irradiar inflación a escala mundial.

UNA SALIDA COMPLEJA. El desafío de la política económica es balancear los costos de un ajuste severo fuera de control, por haber demorado medidas de enfriamiento de la tasa de crecimiento, con los costos de acentuar la crisis financiera al aplicar medidas contractivas, entre ellas la suba de la tasa de interés y restringir la liquidez para apoyar a instituciones en dificultades.

Para tener una noción del punto de partida, vale la pena tener en cuenta que las fuerzas que dinamizan los desequilibrios actuales todavía siguen presentes en todo su vigor. El FMI proyecta para el 2008 que el saldo positivo de la cuenta corriente de los países excedentarios -aquellos que tienen exceso de ahorro- llegará a ser 1.900 billones de dólares. En otras palabras, hay una masa de poder de compra en manos de pocos países cuya reabsorción o distribución a nivel mundial puede tener impactos diferenciales de importancia. Lo más complejo, es que esas decisiones no están hoy en manos de una sola tesorería y menos aun en manos de una institución rectora, como el FMI, para buscar una salida ordenada que incluye reducir el exceso de demanda global respecto a la oferta rígida de recursos en el corto plazo.

Si para muestra sirve el grado de fragmentación existente a nivel internacional, el fracaso de la Ronda de Doha es una demostración. Frente a los desafíos actuales, las diferencias comerciales que impidieron avanzar en el acuerdo parecen un detalle. Lo que sucede es que la falta de avances en esta materia puede permanecer aletargada sin consecuencias dramáticas. Los otros no, pues por su especie adquieren dinámicas propias que indefectiblemente se auto equilibran, sin mediar en ese momento motivos que busquen evitar efectos colaterales.

Sobre este panorama, no está resuelto qué hacer con los sectores financieros, en particular el norteamericano. Hasta el momento impera la idea de ir consolidando instituciones que presentan problemas. Mediante la ayuda estatal y recapitalizaciones se ha logrado paliar el problema. La pregunta es si esto es suficiente. Pues hasta el momento lo que ha habido es más de ayuda financiera, tratando de salvar lo más posible del viejo edificio, que de reestructura de instituciones que lleven a la consolidación final del sector.

Esto último, máxime en estos momentos, es un paso osado. Pero quizás sea inevitable, pues instituciones financieras con fracturas, sobre extendidas o inadecuadas para actuar en los nuevos tiempos, son un llamador para la recaída de los problemas. No se debe olvidar que mejores regulaciones son un complemento necesario, pero no suficiente, para la actividad lozana de una actividad donde la confianza es el canal principal por el que fluye su actividad.

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