KEVIN HASSETT | BLOOMBERG
La crisis de Fannie Mae y Freddie Mac asestó otro golpe más a la ya tambaleante economía de Estados Unidos. Como tanta gente teme que la economía se encamine a una recesión, ha comenzado la búsqueda de un chivo expiatorio.
Muchos apuntan un dedo acusador a un sospechoso improbable: el mercado libre. Una nueva enfermedad se ha apoderado de los expertos de Estados Unidos: el capitalismo de los tiempos buenos.
Peter Gosselin describió el estado de ánimo fielmente en el Los Angeles Times. "La nación y sus dirigentes políticos", escribió, "han empezado a rechazar la idea de que el actual sistema de mercado es la clave de una sociedad justa, estable y eficiente".
Aun cuando no es seguro que la mayoría del público esté de acuerdo con Gosselin, hay que tomar en serio esa idea. El concepto de que los mercados ya no funcionan, de ser cierto, pondría patas arriba el pensamiento económico y sería una importante victoria intelectual para la izquierda estadounidense. La aceptación general del concepto tendría profundas consecuencias en el futuro de las economías de mercado y abriría la puerta a una gigantesca expansión del gobierno.
Luego, ¿nos han fallado los mercados?
Hace dos años, si uno le preguntaba a cualquier estadounidense que no fuera un activista de la extrema izquierda por qué Estados Unidos ha tenido un desempeño superior al de las economías de Europa y Japón, de tendencia más socialista, le habría contestado que por nuestra mayor dependencia de los mercados libres.
Los estadounidenses no son los únicos que han aprendido esa lección. Los europeos han reducido considerablemente sus altas tasas de impuestos y cuantiosos reglamentos, y el antiguo bloque soviético en particular parece haber sido ungido para el sacerdocio "reaganómico".
ABUNDANTE EVIDENCIA. ¿A qué se debe la victoria intelectual de los pensadores del mercado libre? No es porque hayan convencido a todo el mundo en los seminarios económicos; el ambiente académico no ha sido muy acogedor que digamos para los economistas conservadores. No, la victoria se produjo porque los hechos hablaron por sí mismos.
Hay numerosos estudios que demuestran la relación empírica entre los mercados libres y el crecimiento económico. En uno de ellos, el economista Robert Barro, profesor de la Universidad de Harvard, halló que el derecho a la propiedad y los mercados libres eran los elementos institucionales más importantes para fomentar el crecimiento económico.
Igualmente, en el informe del 2004 sobre libertad económica mundial publicado por el Fraser Institute se documentó que la receta capitalista de competencia, iniciativa e inversión es la clave para fomentar el crecimiento económico. Según dicho estudio: "Los países con mayor libertad económica atraen más inversiones y producen más con sus recursos. Por tanto, crecen más velozmente y alcanzan niveles de vida más altos".
NORMATIVA PERJUDICIAL. También hay estudios en que se demuestra el efecto negativo de la normativa en el crecimiento económico. La economista Silvia Ardagna, de Harvard, y Annamaria Lusardi, del Dartmouth College, concluyeron que los entornos normativos estrictos desalientan a los empresarios que se sienten motivados por las nuevas ideas mercantiles.
El poderío económico de Estados Unidos ayudó a ganar la Guerra Fría, y los países que han copiado e incluso mejorado el sistema de Estados Unidos han visto cambiar sus perspectivas espectacularmente. Naciones desde Irlanda a Estonia han abrazado la ideología del libre mercado y han tenido una inusitada transformación económica.
Importa apuntar que esta victoria ha sido sobre tendencias de largo plazo. Hace dos años, el apoyo al mercado libre estaba acaso en su apogeo. La acogida general del punto de vista de que los mercados libres son la mejor senda hacia la prosperidad se basaba en decenios de experiencia. Aun así, es cierto que hubo grandes altibajos.
PROFUNDA RECESIÓN. Tuvimos la crisis petrolera de 1973, cuando los precios se cuadruplicaron, la turbulencia iraní de 1979, que también devastó los mercados de crudo, y la debacle de las cajas de ahorro de Estados Unidos, cuando más de 700 bancos quebraron. Hasta la gloriosa revolución de Ronald Reagan padeció fluctuaciones: una de las más hondas recesiones desde la Segunda Guerra Mundial tuvo lugar durante el primer cuatrienio de Reagan.
Con todo y estos reveses, el sistema de mercado libre salió ganando porque los otros métodos no solo produjeron vaivenes, sino una pobreza constante.
Entonces, ¿qué ha pasado esta vez que sea mucho peor que nunca antes? La respuesta es que nada.
Ciertas cosas nuevas han salido mal y los estrategas económicos deben idear nuevas fórmulas al respecto. Pero los mercados en sí no son la raíz del problema.
Abordemos cada uno de los elementos negativos:
PETRÓLEO CARO. Primero, los precios del petróleo. Están altos porque la demanda mundial se ha disparado conforme países como China y la India han abrazado el mercado libre, y empezado a crecer rápidamente y a consumir más combustibles.
Por tanto, los precios del petróleo se han puesto por las nubes porque los mercados libres funcionan, y no lo contrario.
En la vivienda, el asunto es más complejo. Está claro que las entidades financieras hicieron unas pésimas apuestas a que los precios seguirían subiendo, y esto puso a la economía en peligro. Los titulares de viviendas trataron de realizar sus sueños, sólo para verlos tronchados al ajustarse al alza las tasas de interés de las hipotecas de tasa variable y caer los precios.
Estas personas están padeciendo de verdad, y está bien que el Congreso haga algo para ayudarlos.
Pero ¿basta la crisis de la vivienda para deshacer decenas de años de experiencia en el sentido de que los mercados libres funcionan? La verdad es que los precios fluctúan, a veces la gente acierta al adivinar, y a veces no. Siempre ha sido así, y esto fue aún más cierto durante el plazo que convenció al mundo de que el sistema de mercado libre era el mejor.
JÚBILO Y TENSIÓN. Considérenlo de está forma. Casi el 68 por ciento de los estadounidenses poseen sus hogares. En Alemania es solo un 40 por ciento.
Esos números son tan distintos principalmente porque Estados Unidos es más libre en términos económicos que Alemania. El mayor aumento de los ingresos y el mayor acceso al crédito han dado lugar a unos mayores índices de titularidad residencial en Estados Unidos, y a condiciones que son más difíciles de predecir. Esto allana el terreno tanto para el júbilo como para la tensión.
Pero cuando pase la crisis, los estadounidenses aún estarán mucho mejor que en los demás países. Nadie podrá argumentar que nos habría convenido adoptar un sistema enteramente distinto.
Sin duda, estaríamos mejor si la normativa bancaria fuese más racional, y si las normas de zonificación no hubieran contribuido tanto al pronunciado aumento de los precios inmobiliarios. No cabe duda que será necesario cambiar algunas cosas de nuestro sistema.
Uno puede casi garantizar que dentro de un tiempo habrá otro embrollo. Los estadounidenses siempre han aceptado eso como parte del trato con el mercado libre, y pueden apostar a que volverán a hacerlo esta vez.