FRANCISCO ROSENDE | DESDE SANTIAGO DE CHILE
Pocas semanas atrás, al comentar el magro crecimiento de un 2,1% registrado por la economía chilena en el período mayo 2008/2007, el Ministro del Interior señaló que era el momento de "apretar los dientes", reflejando la percepción de la autoridad respecto a las perspectivas para el presente año y tal vez para el próximo.
Días antes se había informado que el Índice de Precios al Consumidor creció 1,5% en junio, acumulando una variación de 9,5% en doce meses, lo que corresponde a algo más del triple del valor medio del rango objetivo que se ha planteado el Banco Central para la inflación. A esto cabe añadir que el "Índice de Inflación Subyacente" -que excluye frutas, verduras y combustibles- creció en 8,7% en el período junio 2008/2007.
Con posterioridad, la encuesta de opinión pública que realiza el Centro de Estudios Públicos -posiblemente la más reconocida en el país, por su calidad e independencia- mostró un alto grado de desaprobación al manejo económico del gobierno de la Presidente Bachelet. A estos resultados se añadió el deterioro en las expectativas de crecimiento que mostró la Encuesta de Expectativas que realiza el Banco Central, la que también muestra un nuevo incremento en la inflación esperada.
Con estos antecedentes en la mano, parece razonable preguntarse ¿qué ocurre con la economía chilena? Una respuesta sencilla a esta interrogante apunta al deterioro experimentado por el contexto internacional, especialmente en lo que se refiere al mayor costo de los combustibles, el que ha dañado la capacidad de crecimiento de corto plazo al mismo tiempo que ha elevado la inflación. Como resultado de lo anterior, se han visto afectadas las expectativas del público.
Si bien esta interpretación entrega una parte importante de la respuesta a la pregunta antes planteada, un análisis más riguroso del problema exige incorporar otros elementos. En lo esencial, es necesario hacer referencia a la pérdida de dinamismo que registra esta economía desde fines de la década pasada, por una parte; y la aplicación de un manejo monetario expansivo durante gran parte de la actual, por otra.
UN MENOR CRECIMIENTO. En el año 1997, el entonces Presidente Eduardo Frei constituyó una comisión de expertos para estudiar mecanismos de estímulo al ahorro, en un contexto en el que comenzaban a manifestarse signos de menor dinamismo de la economía chilena. Uno de los indicadores preocupantes era un alto déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos. Se formularon diferentes propuestas, algunas de las cuales se tradujeron más tarde en reformas en la normativa que regula el funcionamiento del mercado de capitales, pero en lo esencial dichos cambios no fueron sustantivos.
Poco después, el economista Robert Barro de la Universidad de Harvard publicó un estudio respecto a las perspectivas de crecimiento de mediano plazo de la economía chilena (*), cuyas conclusiones confirmaban los temores expresados por diversos analistas en el debate doméstico. En efecto, de acuerdo con dicho trabajo la tasa crecimiento de mediano plazo de la economía estaba en el orden de 4%, cifra que aparecía como modesta en consideración a las tasas observadas desde mediados de los ochenta y hasta casi fines de la década siguiente, las que promediaron cerca de un 7% anual.
Dentro de las causas que plantea Barro para explicar esta caída en las perspectivas de crecimiento, destaca un sistema educacional relativamente ineficiente, a la luz de los resultados que mostraba el rendimiento de los estudiantes chilenos en diferentes pruebas internacionales. El estudio también insinuaba problemas en el funcionamiento del mercado laboral.
El tema educacional es, sin duda, una parte importante de las causas que explican el modesto crecimiento que observa la economía chilena en la última década. No obstante, a mi juicio este no es más que el resultado de un enfoque de política que ha desatendido el objetivo del crecimiento, en beneficio de otros, esencialmente de corto plazo. Así, desde comienzos de los noventa se aprecia un fuerte crecimiento del gasto fiscal en educación, y también en otras áreas de importante impacto social, como salud, sin que ello se haya traducido en un mejoramiento apreciable en la calidad de dichos servicios.
Es importante advertir que este mayor gasto no sólo no ha estado apoyado por el diseño de una estructura de incentivos que promueva un buen uso de los recursos, sino que por el contrario, la tendencia ha sido a elevar la regulación y a limitar la competencia. Un ejemplo relacionado con el tema educacional permite ilustrar esta afirmación. A comienzos de los noventa se estableció el "Estatuto Docente", que desvincula la remuneración de los profesores del desempeño de sus estudiantes. Lo mismo ocurre con los directores de los establecimientos educacionales.
Dada la sostenida tendencia que se observa por más de una década al uso del gasto fiscal como herramienta para resolver los problemas públicos, desestimándose el diseño de una estructura adecuada de incentivos para alcanzar dicho propósito, no parece sorprendente encontrar que diferentes estudios muestren un estancamiento en los indicadores de productividad agregada.
Por otro lado, el deterioro del dinamismo de la economía, en un contexto donde el fuerte aumento experimentado por el precio del cobre en los últimos cinco años ha generado abundancia en las arcas fiscales, ha terminado acentuando la tendencia señalada. De hecho, en los últimos meses se ha apreciado una intensificación de las presiones sobre el gobierno, en la forma de un mayor gasto en determinadas áreas o subsidios en beneficios de ciertos sectores.
REGRESA LA INFLACIÓN. Durante la presente década el Banco Central de Chile pudo mantener un manejo monetario marcadamente expansivo, en el contexto de una inflación declinante. Para algunos economistas de dicha institución, ello describía el colapso de la clásica teoría cuantitativa del dinero.
Dicha lectura de los datos se ha ido probando errada en la realidad. En efecto, al igual que en numerosas economías, en Chile se observó en la primera parte de la presente década una importante presión deflacionaria, como resultado de la agresiva incorporación de China, India y otras economías, al comercio internacional. Ello permitió a los bancos centrales sostener un manejo monetario expansivo, el que resultaba coherente con el logro de ciertos objetivos inflacionarios.
Como ha mostrado la evidencia reciente de varias economías industrializadas, hubiera sido mejor dar un vistazo al comportamiento de los agregados monetarios y el crédito. En efecto, al manifestarse una presión al alza en el precio internacional de los alimentos y de los combustibles, la inflación se aceleró rápidamente. Luego, el alza experimentada por la inflación en Chile va más allá del efecto provocado por el aumento en el precio internacional del petróleo. En este sentido, cabe señalar que entre el primer trimestre del año 2006 e igual período del 2008, la demanda agregada muestra un crecimiento real promedio de 7,2%, mientras el del producto es de 4,5%.
Es poco probable que ocurran correcciones significativas en la gestión de la política a algo más de un año de las elecciones presidenciales. Desde ese punto de vista, lo más importante es perseverar en un prudente manejo de las finanzas públicas y esperar el momento propicio para implementar una nueva generación de reformas pro crecimiento. Frente a las dificultades actuales de la economía chilena -bajo dinamismo y repunte inflacionario- parece oportuno insistir en la importancia de los principios básicos de la ortodoxia económica, ya sea para crecer o para alcanzar la estabilidad.
(*) R. J. Barro (1999), "Determinants of Economic Growth: Implications of the Global Evidence for Chile", Cuadernos de Economía Nº 107, Año 36, Abril.
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CHILE
Su economía muestra un escaso dinamismo y un repunte de la inflación