Después de las retenciones argentinas

JULIO PREVE FOLLE

Quienes tenemos un inmenso cariño a la Argentina, hemos recibido un fuerte impacto emocional por todo lo vivido la semana de las discusiones legislativas y los actos masivos. Contemplar un país empeñado en profundizar todas las fracturas que lo aquejan desde 1810, no puede generar más que sorpresa y dolor. Baste para ello con leer los considerandos del decreto 1.176, que deroga la famosa resolución 125, objeto de la discusión en el parlamento argentino. El mismo reitera casi todos los agravios en un momento que quizás debió prevalecer una serenidad cada vez más lejana en unos y otros.

Por cierto la discusión ha trascendido largamente el tema de las retenciones. No obstante me ha llamado la atención la ausencia absoluta, en el gobierno y la oposición, de referencias a efectos muy claros, consecuencia de las retenciones, que no obstante no aparecieron en las polémicas. Parecería como si este tema en lo estrictamente tributario se hubiera limitado a discutir sobre la aplicación de un impuesto a las exportaciones de soja que pagarían los productores de esta oleaginosa, para algunos a una tasa confiscatoria, para otros justa, pero no mucho más que un tema de alícuotas, a lo sumo de destinos de lo recaudado. Pero como intentaré explicar, notoriamente no es así.

Del mismo modo parecen razonar algunos miembros del gobierno uruguayo que según trascendió esta semana promovieron similares medidas que por ahora se han rechazado. La idea sin embargo puede volver, ya que es notorio que en la Administración actual hay partidarios de las detracciones, y especialmente cuando se las presenta como una forma de gravar a los grandes. Y tampoco es así.

SUBSIDIO INDUSTRIAL. Efectivamente las detracciones son impuestos a las exportaciones con efectos obvios tales como la recaudación, el descenso del precio respecto del internacional, y la carga fiscal sobre el productor del bien que se exporta, por ejemplo de soja. Pero hay otros efectos menos visibles. Uno muy importante, ausente en la discusión, es el subsidio al siguiente eslabón de la cadena productiva, en este caso al industrial del aceite. En efecto, cuando el aceitero o el molinero compran dentro de fronteras su materia prima, trigo o soja, la pagarán a un valor equivalente al que se lograría en la exportación, abatido por la detracción a la soja, que no supone de esta manera beneficio alguno al consumidor, sino al industrial.

En otras palabras, el impuesto a la exportación recauda al exportar, pero reduce el precio de toda la oferta, se exporte o no, aspecto éste que no siempre se comprende bien. Quiere decir para el caso argentino que las retenciones a la soja, utilizando el lenguaje tercermundista del momento, constituyen un subsidio a las multinacionales del aceite, instaladas todas en Argentina. Éstas compran la soja a un 50% menos -o la tasa que se aplique- que sus competidoras de otras partes del mundo. La única forma de compensar este dislate es detraer también a la exportación de aceite. En este caso, el resultado final para la industria va a depender de la tasa de la detracción en la materia prima, la tasa en el producto industrial, y cuánto pese aquélla en éste; o dicho más precisamente, del valor agregado industrial.

Lo anterior implica además que los impuestos a la exportación de soja no tienen nada que ver con la mesa de los argentinos, como no lo tendrían en el caso de los uruguayos. Esto es así únicamente cuando el eslabón siguiente de la cadena es el público consumidor; es decir cuando la detracción se aplica sobre el producto final, el aceite o el pan, no la harina ni la soja. Cuando se aplican a la exportación de la materia prima, esto sólo significa que la industria puede, solamente es una posibilidad, vender el producto final más barato, en especial si es presionada por la policía de precios. Estos se forman por la oferta y la demanda final de aceite y pan, la que, por ser relativamente inelástica respecto del precio, es probable que no cambie en presencia de detracciones a la materia prima.

EFECTOS COMERCIALES. Tampoco se han mencionado y son relevantes. Cuando un industrial dispone de la materia prima subsidiada, por ejemplo harina o aceite argentinos, es obvio que compite mejor que un industrial uruguayo o brasileño en el mercado propio o en terceros mercados. Esto generó en nuestro gobierno la necesidad de imponer restricciones a las importaciones argentinas precisamente de harina y aceite. Pero lo peor es en mi opinión el deterioro que ocurre en las posiciones internacionales. Argentina al igual que Uruguay son países defensores de un mercado agrícola mundial más libre, sin subsidios a la producción o las exportaciones. Y tenemos -tiene la Argentina- que poner la cara para reclamar que Estados Unidos o Europa reduzcan sus ayudas domésticas, cuando su política es exactamente igual. No me imagino a Uruguay en Cairns o en el G 20, con un régimen de detracciones.

Además está el efecto de barrera al acceso o agravio a la libre circulación. Es claro que si dentro del espacio aduanero único hay productores -de aceite, de harina- que pueden comprar su materia prima más barata, será imposible entrar a ese país a productores que la compran sin subsidios. Todo lo demás constante, sería imposible vender en Argentina productos que compitieran con los elaborados subsidiando la materia prima. En definitiva, lo que quiero afirmar es que la política argentina es también un agravio al Mercosur por afectar el acceso desde el subsidio a la industria.

LA RENTA "PARÁSITA". Sin dar crédito a lo que estaba oyendo, escuché a un senador argentino hablar de la renta parásita de la soja, fruto de manejos espurios de la especulación internacional. Sin llegar a aquel calificativo, aquí se ha hablado también de rentas extraordinarias y, desde el resentimiento, se ha pretendido hasta ahora sin éxito, gravarlas. Ya he mencionado que no se puede demostrar que el precio de 600 dólares de la soja obedezca a especulaciones financieras. Entiendo que no es así, y que hay sólidos fundamentos del lado de la escasez de la oferta y del crecimiento de la demanda, para explicar el aumento de los precios. Por otra parte los costos también han crecido, y el impuesto a la renta que grava a toda la economía a tasas progresivas, se encarga de recaudar sobre todas las rentas. No hay ninguna razón para establecer tributos diferentes a la actividad agropecuaria, industrial o financiera; ello sería retroceder conceptualmente décadas.

AYUDA A LOS CHICOS. Este es otro mito. El crecimiento económico necesita de los productores grandes, para que estos arrastren a los más chicos, generen empresas de servicios, aprovechen escalas, apliquen tecnologías de punta, etc. Pensar que un país, o un sector agropecuario, se puedan desarrollar sin los grandes, sin capital, sólo con productores familiares es ridículo. Como olvidarse de estos últimos, injusto. Pero enfrentar a unos contra otros, quitar rentas a los primeros para distribuir entre los segundos es una locura. Esta parece haber sido la forma de intentar sin éxito convencer a los productores chicos para defender el sistema de retenciones móviles: que de lo recaudado una parte les retornaría, luego de trámites ante oficinas públicas. Y otra cosa más. Las grandes empresas agrícolas están totalmente globalizadas y se mueven ya no sólo en la región sino aún más allá. Si las condiciones son adversas en un país se van a otro sin más.

DOS CONDICIONES. Las retenciones han buscado en Argentina desacoplar, así se dice, el precio internacional del interno. Para el caso uruguayo, lejos de desacoplar, nuestro país debe bregar siempre por alineamiento absoluto entre ambos precios en insumos y productos, como corresponde a un país de vocación exportadora. Ello no quiere decir que no se deban implementar ahora y siempre mecanismos de ayuda a los más desfavorecidos en su alimentación, como siempre se ha hecho en el país, pero con dos condiciones básicas: sin tocar precios, lo que condicionaría la asignación de recursos, y sin cargar esta obligación social en el productor de alimentos sino en la sociedad en su conjunto.

Que la difícil situación de la producción argentina, paradójicamente en el mejor momento de la historia de los mercados agrícolas mundiales, sirva de freno para los impulsos que quizás sobrevengan en nuestro país en los próximos meses.

Economía & mercado

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar