La crisis supera a los Kirchner

ROBERTO CACHANOSKY | DESDE BUENOS AIRES

Muchos de los analistas económicos y políticos suelen argumentar que la nueva crisis económica, política y social que está atravesando Argentina es totalmente gratuita. Según este argumento, las condiciones macroeconómicas no son malas y sólo el empecinamiento del gobierno por establecer las llamadas retenciones móviles generó una crisis perfectamente evitable.

Mi visión es bastante diferente.

La política económica del gobierno, lejos de tener fundamentos sólidos, está basada en una emisión monetaria muy alta, una importante distorsión de precios relativos, un creciente mecanismo de subsidios para compensar, en parte, la mencionada distorsión de precios, un clima de negocios adverso a las inversiones y una política fiscal que impulsa el gasto público junto con impuestos distorsivos.

Como lo señalé en la nota publicada el 31 de marzo ("Para evitar otra crisis económica Kirchner debe dejar de ser Kirchner"), el corazón de la política económica del gobierno consiste en sostener un tipo de cambio alto. Es decir, un tipo de cambio por encima de lo que cotizaría el dólar en condiciones de libre competencia. Respecto a esta política, uno puede estar de acuerdo o no como la mejor alternativa para el crecimiento, personalmente disiento con ella, pero si el gobierno quiere aplicar esa política cambiaria, necesariamente tiene que tener un superávit fiscal lo suficientemente alto como para intervenir en el mercado de cambios en la punta compradora para evitar que baje el tipo de cambio. En ausencia de ingreso y egresos de capitales, en principio el gobierno debería tener un superávit fiscal equivalente al saldo de balance comercial. Es decir, un superávit fiscal equivalente a la diferencia entre exportaciones e importaciones para comprar las divisas excedentes con recursos genuinos. En ningún momento el gobierno consiguió ese superávit y tuvo que recurrir a la expansión monetaria (un 26% anual sólo durante 2007) para mantener el dólar alto. Esa emisión generó inflación y esta deterioró el tipo de cambio real. Con lo cual, ya a mediados del año pasado los precios mayoristas habían subido más que el dólar desde la devaluación en enero del 2002. El tipo de cambio alto dejo de serlo y volvimos a la época del 1 a 1.

Si por alguna extraña razón la política económica de los Kirchner hubiese generado ingreso de capitales, la expansión monetaria hubiese sido mucho más grande, con lo cual se llega al absurdo que este modelo sólo cierra con fuga de capitales que eleve el tipo de cambio y evite que el Banco Central tenga que cobrar el impuesto inflacionario para sostener alto el tipo de cambio. ¡Todo un hallazgo en materia de teoría económica!

Ahora bien, la mencionada expansión monetaria generó inflación. Para combatir esa inflación el gobierno recurrió a métodos tan primitivos como son los controles de precios, las prohibiciones de exportación, los cupos y las retenciones y, no conforme con todo esto, intervino el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos para "dibujar" la inflación. La destrucción de la actividad ganadera y láctea es consecuencia directa de las políticas adoptadas para "combatir" la inflación, por más que inicialmente el gobierno haya argumentado que aumentaba el impuesto a las exportaciones de soja para diversificar la producción agropecuaria. Y remarco inicialmente, porque Cristina Fernández de Kirchner primero dijo que estas retenciones eran para diversificar la producción agropecuaria. Luego para defender la mesa de los argentinos evitando que pagaran los alimentos a precios internacionales. A los noventa días se acordó de avisar que ese dinero iba a ser destinado a planes sociales y, finalmente, su esposo dijo que si no se cobraban esas retenciones no se podían pagar los compromisos de la deuda pública.

La realidad es que el incremento de las retenciones no busca defender la mesa de los argentinos (la soja no se consume internamente), ni serán utilizados para planes sociales y mucho menos para diversificar la producción agropecuaria. El objetivo es recuperar un superávit que en el 2007 se desplomó. El fuerte aumento del gasto público dejó sin mucho margen al gobierno para seguir importando energía a precios internacionales y venderla en el mercado interno a precios menores. Es decir, cada vez tiene menos caja para sostener artificialmente bajas las tarifas de los servicios públicos y de los combustibles. Por otro lado, los vencimientos de deuda pública en lo que resta del 2008 y los que tenemos el próximo año son lo suficientemente importantes como para que el gobierno entre en pánico. Es que sin acceso a los mercados financieros internacionales, la sombra de un nuevo default está a la vuelta de la esquina.

El gasto público se ha disparado por cuatro razones fundamentales: a) la incorporación de más de un millón de nuevos jubilados al sistema previsional sin que en el pasado hubiesen aportado al mismo, b) los crecientes subsidios a la energía y el transporte público, c) el fuerte aumento en obras públicas de más que dudosa eficiencia y transparencia y d) la creciente deuda pública.

Si hasta ahora no se han desbordado del todo los números fiscales es por la existencia de dos impuestos altamente distorsivos. Uno, los derechos de exportación, que representan el 13% del total de la recaudación impositiva y dos, el impuesto a los créditos y débitos bancarios que representan el 8% de los ingresos fiscales. Sin estos dos impuestos el superávit fiscal de los últimos años no hubiese existido. Por lo tanto, desde mi punto de vista, no puede afirmarse que la situación fiscal era sólida cuando estaba basada en dos impuestos tan distorsivos como los mencionados y, encima, con un gasto público creciendo más rápido que la recaudación.

De todo lo anterior se desprende que lejos de ser gratuita, esta crisis es la consecuencia de una serie de errores que terminaron en el impuestazo al campo, pero cualquier otro factor podría haber sido el detonante de la crisis.

Con una impresionante caída en la confianza en el gobierno y de los consumidores, los Kirchner tienen por delante una economía sin inversiones, con la imperiosa necesidad de reestructurar los precios relativos y una crisis energética que está al acecho.

Para recomponer toda esta situación se requiere de un fuerte apoyo político, apoyo que hoy en día los Kirchner no tienen. Por el contrario, la caída de la imagen del matrimonio es estruendosa y, encima, les crece la imagen negativa dada la soberbia con que se mueven y las constantes incitaciones a la confrontación social.

Tal vez tanta incitación al conflicto social esconda un profundo deseo por dejarles la resolución de la crisis a otros, dado que la tarea que hay por delante los supera ampliamente en su capacidad de gestión.

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