JORGE CAUMONT
Recientemente se llevó a cabo un segundo canje de deuda pública. Como en la primera ocasión, la conducción económica consideró exitoso al resultado. Para ella se cumplió al menos con dos objetivos: extender los plazos de vencimientos y "desdolarizar" la deuda. Tal vez un tercero -el monto que se pensaba aceptar-, también fue logrado, a juzgar por declaraciones públicas de jerarcas, pero no podemos ratificarlo pues no se conocía de antemano el monto que se estimaba lograr con la propuesta. Si se alcanzó efectivamente lo que se deseaba canjear a partir de los títulos elegibles o no, es algo que no se puede contestar inequívocamente. Para el gobierno sí, para algunos analistas e incluso para la prensa, lo finalmente aceptado por el mercado -acreedores-, no ha sido importante.
PRESUPUESTO EQUILIBRADO. De las declaraciones de quienes conducen la economía y en especial a la política fiscal, se desprende que un presupuesto equilibrado y un gasto público que crece menos que el aumento del PIB, son condiciones necesarias para la estabilidad macroeconómica. Y fiel con esa postura, su actuación ha sido el Can Cerbero del equilibrio presupuestal. Se ha decidido un comportamiento del gasto público similar al de los ingresos de la Tesorería y menor al aumento de la producción de bienes y de servicios. En la mente de los conductores flota la convicción que mientras se gaste desde el ámbito público lo que se recauda y por un monto menor al aumento del producto, no hay razones para pensar que la política fiscal es desatinada. Es por ello que mientras los ingresos del gobierno central han aumentado 1.189 millones de dólares en los doce meses hasta mayo en relación con los doce meses hasta mayo de 2006, (5,1% del PIB), el gasto -excluido el pago de intereses de la deuda- ha subido 1.204 millones de dólares (5,2% del PIB). El crecimiento del gasto no tiene precedentes en la historia de las últimas décadas aún cuando se hace a un ritmo menor al del crecimiento de la economía.
En la teoría económica no está saldada la discusión sobre el efecto multiplicador que tiene, sobre el comportamiento de la economía, el aumento del gasto público. Numerosos economistas piensan que tiene un multiplicador unitario, es decir, que provoca un aumento similar de la producción de bienes y servicios o del ingreso. Otros son más optimistas y ven un multiplicador mayor: un aumento de un peso en el gasto provocaría -según ellos-, una expansión mayor de la producción de bienes y de servicios. Pero existen otros -respaldados por evidencia empírica-- que afirman que el multiplicador del aumento del gasto público es menor a la unidad y por lo tanto la extracción de ingresos tributarios de los particulares restringe más su bienestar y la producción de bienes y de servicios de la economía, que lo que las aumenta el gasto público. Éstos afirman, en definitiva, que el incremento del gasto público para estimular a la economía es menos eficaz que mantenerle al sector privado sus recursos sin transferirlos al gobierno central vía impuestos.
Pero cualquiera sea la realidad uruguaya en ese sentido -creo que es la tercera posibilidad la que más aplica aquí por el alto costo que tiene la recaudación en términos de recursos de los contribuyentes y del país- lo más notable en el accionar de la conducción económica es la imponente expansión de las erogaciones del gobierno central. Justificadas por la necesidad de saldar una supuesta "deuda social" que como barril sin fondo no se sabe cuándo se balanceará, se ha despreciado el tantas veces divulgado objetivo de integrantes de la administración de llevar adelante políticas de ahorro en momentos de expansión para emplearlo en los momentos de declinación.
EL CANJE. Un hecho económico se da cuando se debe decidir entre lo que se quiere y lo que se puede. Toda elección de alternativas tiene un costo y es por ello que se debe evaluar lo que significa dejar de hacer algo para hacer otra cosa. Es lo que en la jerga de los economistas se denomina el "costo de oportunidad". En el canje de deuda se logra extender los plazos de los vencimientos de la deuda y pasar una parte más amplia y en expansión, a instrumentos en moneda nacional indexados a la inflación. Aunque los resultados se presenten como muy favorables, conviene señalar sin embargo, dos grandes temas que al considerarlos limitan la euforia y nos hacen pensar que ni los resultados del canje ni la política de endeudamiento que con la tributaria y la de gasto público son componentes de la política fiscal, sean tan favorables para nuestro país.
La "desdolarización" de deuda supone cambiar pasivos financieros en moneda extranjera por otros en la local, ajustados o no por la inflación y en estos casos con una rentabilidad real adicional. La experiencia en ese sentido está mostrando que el costo de esta política es notablemente más alto para el erario público que el costo de mantener los pasivos en moneda extranjera. El interés que se pagaría por un instrumento en unidades indexadas a un año que se contrajo en el comienzo de 2008 resultaría en una tasa en dólares superior al 25% y que podría llegar hasta 30%. El "costo de oportunidad", es decir la tasa de interés por un instrumento de igual plazo en dólares que se hubiese colocado en el comienzo del año hasta finalizar 2008, habría sido del orden del 6,5%. La diferencia es sustancial y nos inclina a rechazar la afirmación de los jerarcas del Ministerio de Economía, que la administración de la deuda ha sido la mejor desde siempre.
Pero el canje de deuda ha implicado además, el corrimiento de los plazos de vencimiento, lo que también se ha celebrado como un éxito sin precedentes en la medida en que se "barre" buena parte de los compromisos financieros de corto, mediano y largo plazo del gobierno central y del Banco Central y los pone más allá de 2014. El problema que se presenta aquí, es que si bien habrá un alivio para esta administración y la siguiente, la contrapartida es la exigencia de tener que ahorrar -léase, tener superávit fiscal, gastar menos o pagar más impuestos-, que se impone sobre generaciones futuras para enfrentar esos pagos. O, en el mejor de los casos, la exigencia que se les impone, de realizar canjes futuros.
MÁS DEUDA. Administrar bien la deuda pública significa reducirla en momentos de expansión alta de la economía y reducir en lo posible el costo que se debe pagar por ella. Las reestructuras temporales reflejan debilidades financieras y no fortalezas económicas o de solvencia. En los doce meses que han transcurrido hasta marzo de este año, la deuda pública aumentó en 2.864 millones de dólares, 19,8%, de 14.473 millones de dólares a 17.337 millones. Se trata de un hecho que, como el del aumento del gasto público y como el del costo de mantener la deuda "desdolarizada", es impresionante, pocas veces visto. Es indudable que la economía cuenta con una conducción que si bien puede destacar el crecimiento de la producción de bienes y servicios, al menos por el momento, no debe -como lo hace-, decir que su combinación de políticas macroeconómica es adecuada: el aumento del gasto público, el de la deuda pública, el costo exagerado que ella tiene, la inflación que crece apuntalada por una gestión de gastos impropia y la presión bajista que se imprime al dólar por la administración de la deuda, son las contrapartidas que no debemos pasar por alto al evaluar sus consecuencias para el futuro.