MICHAEL R. SESIT | BLOOMBERG
¿A quién llamo si quiero llamar a Europa?, preguntó una vez el ex secretario de Estado de Estados Unidos, Henry Kissinger. Ahora que los irlandeses rechazaron el Tratado de Lisboa en un referendo realizado a mediados del mes pasado, la pregunta continúa sin respuesta.
En lugar de ser un incidente aislado, el referendo irlandés -en el que el no al Tratado de Lisboa ganó con el 53,4 por ciento de los votos, contra el 46,6 por ciento que votaron a favor- es la evidencia más reciente de que el nacionalismo está vivo y activo en Europa, pese a los repetidos intentos de las élites del continente de convertir a la Unión Europea (UE) en un órgano político mejorado, destinado a desempeñar un papel más importante en los asuntos mundiales.
Los ciudadanos europeos están a favor del libre movimiento de productos y capitales y, en menor grado, de personas en la unión de 27 países. Sin embargo, no están dispuestos a renunciar a sus tradiciones legales, a cambiar sus estructuras fiscales o a alterar otras partes de su identidad nacional.
En el año 2001, los electores irlandeses derrotaron una propuesta relacionada con la expansión de la unión, entonces conformada por 15 países, hacia Europa Oriental. El acuerdo fue aprobado posteriormente en un segundo referendo, luego de que la neutralidad de Irlanda fue asegurada. Pero no son sólo los irlandeses.
Un plebiscito danés en 1992 votó inicialmente en contra del Tratado de Maastricht, que estableció los criterios de elegibilidad para adoptar la moneda común europea. Los daneses dijeron que sí al año siguiente, tras obtener concesiones que los exceptuaban de un sistema legal, política migratoria, ciudadanía, estructura de defensa y moneda comunes.
RECHAZO DANÉS. En el año 2000, los daneses votaron en contra de adoptar el euro. Los suecos hicieron lo propio en 2003. Los electores franceses dijeron que sí a Maastricht, pero el margen del 50,5 por ciento contra el 48,5 por ciento no fue precisamente un apoyo abrumador. El gobierno alemán ni siquiera dio a sus ciudadanos la oportunidad de elegir. Si lo hubieran hecho, de ninguna manera habrían abandonado el marco alemán para compartir una moneda con Italia, España, Portugal y Grecia.
Referendos en Francia y los Países Bajos mataron la constitución europea en 2005. Como no están dispuestos a arriesgarse a que el sucesor de Lisboa sea derrotado, los políticos franceses y holandeses están dejando la ratificación a las legislaturas nacionales. Y se cree que si el Reino Unido hubiera dado a los ingleses la oportunidad de votar al respecto, el no habría sido rotundo.
Puesto de otra manera, los europeos no quieren ser parte de los Estados Unidos de Europa.
Los 27 miembros de la Unión Europea deben ratificar por unanimidad el Tratado de Lisboa para que sea adoptado. Por lo tanto, el rechazo de Irlanda lo matará.
Sin embargo, en otra maniobra que refleja claramente su respeto por los plebiscitos, los líderes de la Unión Europea están hablando sobre cómo recomponer la situación de Irlanda, posiblemente garantizando la soberanía de Irlanda sobre áreas específicas de política exterior, impuestos, agricultura y ley familiar.
IMPOTENCIA POLÍTICA. Europa no se colapsará si el no de Irlanda persiste. "Pero la UE estará congelada en una atmósfera de impotencia política", dice Bob McKee, economista jefe de Independent Strategy en Londres.
La meta del Tratado de Lisboa es mejorar la eficiencia operativa de la UE. Pide una presidencia semipermanente no electiva que reemplace el sistema actual en el que los gobiernos individuales encabezan la unión rotativamente por turnos de seis meses. El tratado también incluye una política exterior y aparato de defensa expandidos, y pide que se tomen más decisiones por votación de mayoría ponderada, en lugar del requisito de unanimidad que tiende a prevalecer.
Los líderes europeos son culpables del estancamiento político. El Tratado de Lisboa es un documento denso de 277 páginas colmado de legalismos. "Ninguna persona en su sano juicio" lo leería, dijo a fines de mayo Charlie McCreevy, actual comisario para la UE de Irlanda.
LECCIONES DE POLONIA. La historia europea también ofrece dolorosas lecciones sobre el poder de veto. A partir del siglo XVI, el llamado veto liberum dio a cada miembro de la nobleza polaca el derecho a disolver el Parlamento y nulificar leyes. El resultado fue un estancamiento político. Polonia dejó de existir tras ser repartida entre sus vecinos Rusia, Prusia y Austria a fines del siglo XVIII.
Las consecuencias económicas y para el mercado a corto plazo del estancamiento de la UE inducido por Irlanda han sido desdeñables. El euro se debilitó brevemente contra el dólar el 13 de junio, el día que los resultados del referendo del 12 de junio fueron anunciados. Pero en los dos días de operación siguientes, la moneda recuperó todas sus pérdidas y más.
No obstante, si a largo plazo la UE sigue demostrando que no es capaz de ponerse de acuerdo, la organización y sus miembros corren el riesgo de ser marginados. Será más difícil aplicar una disciplina fiscal y mejorar la costosa Política Agrícola Común reduciendo los subsidios agrícolas. También podría abrir paso a nuevos retos a la independencia del Banco Central Europeo.
PERSPECTIVAS DEL EURO. Los activos financieros europeos podrían pagar un precio, especialmente si los inversores internacionales diferencian más entre los países centrales -como Alemania, Francia y Países Bajos- y otros, principalmente España, Portugal y Grecia. Y lo que es más, una UE a la deriva retardará las posibilidades del euro de competir con el dólar como la moneda de reserva del mundo.
Y aunque los líderes europeos consigan atender las sensibilidades irlandesas, la división entre los ciudadanos de la unión y sus políticos no desaparecerá. Eso se debe a que la gente común no quiere ceder su herencia a una autoridad central que no es elegida y que está conformada por burócratas europeos.
Si la UE ha de ganar estatura en la escena mundial, no debería sorprenderle si China, India, Rusia y Brasil empiezan a hacerse la misma pregunta que Kissinger. Si no, un bloque comercial multinacional sin grandes aspiraciones políticas también funciona.