Tres crisis de impactos diferentes

JORGE CAUMONT

Cuando observamos recientes crisis de Estados Unidos descubrimos que sus efectos sobre la economía global y, en particular, sobre Uruguay han ido variando. Generalmente, el exterior transmite señales para la actividad productiva -real- y financiera a nivel local que provienen del crecimiento mundial, de los precios internacionales, de las tasas de interés y de las paridades cambiarias. Esos factores han tenido comportamientos diferentes a partir de las crisis más recientes de la economía norteamericana, que hasta hace poco sólo aparejaban adversidades sobre la economía global. Las consecuencias de la crisis financiera desencadenada en agosto pasado no han sido como las del comienzo de los ochenta ni como la primera de este siglo debida al desplome de las acciones tecnológicas, la crisis TMT o de la "nueva economía".

El filósofo español Jorge Santayana mencionaba, en su libro "La Razón en el Sentido Común", que quienes no aprenden de la historia están condenados a repetirla. Algo similar expresó más adelante, ya entrado el siglo XX, Winston Churchill. Aldous Huxley fue quizás más preciso y afirmó que "la historia enseña solo lo enseñable". Ambos han tenido razón. Las crisis enseñan y aprender de ellas permite evitar caminos peligrosos que desemboquen en situaciones conocidas y no deseadas. Es cierto también, que las crisis enseñan lo que es enseñable -lo que no es todo- ya que la dinámica mundial, tanto por la aparición natural de ciertos factores como por la reacción de las políticas económicas de los países ante las crisis, es palpable a medida que avanza el tiempo.

LA CRISIS DE LOS OCHENTA. Tras el segundo choque petrolero provocado en 1979 por la revolución iraní que llevó al precio del barril de 10 a 20 dólares y que a inicios de 1981 la guerra Irán-Iraq lo hizo trepar a 40 dólares -120 a precios actuales- la economía de Estados Unidos entró en un período de receso que contagió al mundo. Las tasas de interés mundiales relevantes treparon a niveles hasta hoy no igualados; los precios internacionales de las materias primas se desplomaron a menos de la mitad; el precio del oro pasó de más de 830 dólares la onza a algo más de 200 dólares y el dólar se fortaleció notablemente sobre las monedas de países desarrollados y de los países antes denominados subdesarrollados, hoy emergentes. La recesión mundial, el altísimo precio del petróleo, la fulminante caída de los precios de las materias primas y el insoportable nivel de las tasas de interés, tanto de la Libor como el de la relevante de Estados Unidos -que llegaron a 20%- internó a Uruguay, a nuestros vecinos y a América Latina, en una situación de fuerte receso económico, de altas devaluaciones y de una gran pobreza. Transcurridos diez años, se pudo recuperar el nivel productivo perdido, una década que como se recordará, se denominó "la década perdida".

LA PRIMERA DEL SIGLO. En el 2000 ocurrió la primera crisis de Estados Unidos de este siglo por la profunda caída de la riqueza financiera al desplomarse el valor de las acciones tecnológicas. El índice Nasdaq disminuyó 60% y arrastró al índice Dow Jones y a los de las demás bolsas relevantes en el mundo. La situación la agravó la caída de la confianza de los consumidores de Estados Unidos provocada por los atentados terroristas de septiembre de 2001. Ante la crisis norteamericana la economía mundial que crecía a un ritmo cercano al 4% en los dos años previos a 2001, redujo su expansión a 1.5%; los precios internacionales de los productos primarios tanto del agro como los minerales, se mantuvieron estables excepto el del oro que amagó cierta alza; las tasas de interés internacionales relevantes se contrajeron y las paridades cambiarias mostraron la depreciación incipiente del dólar frente a las monedas más relevantes: euro, libra y yen.

La recuperación de la economía norteamericana fue rápida debido a una combinación de políticas monetaria y fiscal expansivas -recortes de impuestos y bajas de las tasas de interés a 1%- a las que siguieron medidas similares en la eurozona. En 2003 el mundo estaba nuevamente en crecimiento. Nuestro país y los latinoamericanos sintieron de todos modos los cimbronazos de la situación mundial hasta el 2002 aunque fueran más importantes, entonces, los problemas que se sucedieron por las crisis propias de la región -la de Brasil primero y la Argentina después- así como, en el caso uruguayo, por sus propios problemas de conducción macroeconómica y por la aftosa.

LA CRISIS HIPOTECARIA. La bajísima tasa de interés relevante en Estados Unidos para inducir el consumo y salir de la crisis anterior, provocó un gran auge de nuevos productos financieros por parte de administradores de fondos de inversión para mejorar su oferta a inversores. A los fondos en títulos de renta fija y variable, se sumaron los de títulos respaldados por créditos hipotecarios en gran expansión por la baja tasa de interés sobre créditos para la compra de inmuebles, y los fondos en monedas y commodities. A esa explosión de instrumentos de inversión, apuntalados por importantes cambios tecnológicos (desarrollo de las telecomunicaciones y de la informática) se han sumado los cambios institucionales en muchos países -mayor apertura comercial, financiera y laboral- que han globalizado mercados e inducido conducciones fiscales y monetarias más serias en los países emergentes. La progresiva aparición de más de 300 millones de consumidores en poco menos de cuatro años sólo por la expansión de China, India y Rusia, ha contribuido adicionalmente para que la economía mundial viviera una expansión del 3,7% promedio entre 2003 y 2007 y para que ningún país del mundo tuviera recesión. Los precios internacionales de los commodities agrícolas y minerales, empujados por razones más allá de las tradicionales, treparon a niveles que han más que duplicado los promedios históricos; el precio del petróleo ha tenido una escalada impresionante y el oro ha vuelto a los niveles de 1980 pero en dólares de hoy. El dólar ha declinado frente a las principales monedas del mundo y de muchas de los países emergentes, mientras las bolsas internacionales recuperaban niveles anteriores. Esta situación, que se vivía hasta agosto de 2007 cuando estalló la crisis de las hipotecas ante una política monetaria más restrictiva en Estados Unidos, no varió mucho la situación mundial. La crisis afectó a muchas instituciones bancarias de ese país que asistieron a "corridas" de depositantes y que decidieron aprietes crediticios que hicieron más restrictiva la liquidez del sistema. La economía norteamericana se ha enlentecido significativamente y el dólar ha caído más, frente a las monedas en general. Pero a diferencia de crisis americanas anteriores, el oro ha mantenido un alto precio; los valores de los commodities agrícolas y minerales han persistido sostenidos e incluso han subido desde enero y el precio del petróleo se ha exacerbado y por primera vez ha superado su valor de 1980 a precios constantes. La economía mundial no se ha frenado y continúa creciendo a ritmo levemente menor al anterior al estallido de la crisis hipotecaria. Lo que ocurre en Estados Unidos ya no afecta como antes, ni al mundo en general, ni a los países emergentes ni a Uruguay.

Con la economía norteamericana en el umbral de una nueva etapa de lento crecimiento, es altamente probable que en los trimestres que vienen las condiciones actuales de los mercados se mantengan firmes; que la economía mundial siga mostrando a todos los países en expansión; que las bolsas principales recuperen sus niveles de mediados del año anterior y que el dólar no suba ante las monedas fuertes. Y en ese caso, con factores favorables al menos en los próximos doce meses -bajas tasas de interés, crecimiento mundial alto, dólar bajo, precios de commodities agrícolas sostenidos- y solo con la contra del precio del petróleo que debería bajar por sustitución en el consumo, por aparición de sustitutos y por otras razones por el estilo, nuestro país seguirá teniendo buenas noticias externas. Dependerá solamente de la mezcla de sus políticas fiscal, monetaria y laboral, que las presiones inflacionarias internas y que la continua baja de la competitividad, se puedan sobrellevar. Por razones externas no estamos, como pensaba Soros hace unos meses y como Huxley reflexionara en algún momento, en "el infierno de otro planeta".

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