ROBERTO CACHANOSKY, DESDE BUENOS AIRES
Según el gobierno, la inflación en Argentina está bajo control y, de acuerdo a las declaraciones de algunos funcionarios públicos, no hay inflación, sino que lo que tiene la gente es la sensación de que hay inflación.
Frente a semejantes afirmaciones, la realidad contrasta con las facturas que se reciben de la medicina privada, los colegios privados, los seguros de los autos o los precios en los supermercados con aumentos anuales cercanos al 35-40%. Por otro lado, si la inflación es del 8,8% anual, ¿por qué los sindicatos aliados al oficialismo piden aumentos superiores al 25%?
El problema de fondo es que el corazón de la política económica está basado en el denominado tipo de cambio competitivo, un eufemismo para mantener artificialmente alto el dólar y, de esta manera, esconder las ineficiencias de la economía detrás de un dólar sobrevaluado.
Dicho en otras palabras, en vez de implementar reformas estructurales en el campo del sistema tributario, la legislación laboral o la reestructuración del Estado, se opta por dejar estas ineficiencias y evitar la competencia externa vía un dólar caro.
Lo cierto es que, a lo largo de los últimos seis años, la política económica se ha concentrado en sostener el famoso tipo de cambio competitivo.
¿Cómo ha conseguido el gobierno mantener el tipo de cambio por encima del valor de mercado? Obviamente comprando los dólares excedentes para evitar que la mayor oferta de divisas derivada de un saldo de balance comercial positivo (exportaciones menos importaciones) hiciera bajar el tipo de cambio nominal.
Ahora bien, ¿con qué recursos compró el Estado esos dólares excedentes? Tomemos el caso del año 2007. El Banco Central de la República Argentina (BCRA) incrementó sus reservas en 14.139 millones de dólares entre diciembre 2006 y diciembre 2007. Paralelamente, en el mismo período, el tesoro obtuvo un superávit fiscal equivalente a 5.500 millones de dólares.
¿De dónde salieron los recursos para adquirir la diferencia de 8.639 millones de dólares? De la emisión monetaria que hizo el BCRA. Esta institución viene expandiendo el circulante a una tasa anual del 26% anual. Para que esta emisión monetaria no tuviera efecto sobre el nivel de precios, la oferta de bienes y servicios debería crecer a la misma tasa que aumenta la expansión monetaria, algo que no está ocurriendo.
Lo que está sucediendo es que el BCRA produce moneda a una tasa muy alta generando una caída en el poder adquisitivo de la propia moneda, por eso siempre sostengo que no es que los precios suban, sino que la moneda se desvaloriza. Y es por esta razón que el trabajo del secretario de Comercio -Guillermo Moreno- de controlar los precios resulta totalmente infructuoso.
En definitiva, si el gobierno opta por aplicar una política de tipo de cambio competitivo, más allá de que nos guste o no la estrategia, debe generar el superávit fiscal necesario para poder adquirir los dólares que permitan mantener el tipo de cambio en el nivel deseado.
Como esta situación no ocurre, el esquema termina siendo el siguiente: el gobierno aplica el impuesto inflacionario al conjunto de la población para mantener alto el tipo de cambio lo cual genera conflictos por la distribución del ingreso, dado que los sindicatos descreen de la inflación que informa el Indec y presionan por obtener aumentos de salarios como los mencionados precedentemente, incrementos que solo pueden ser financiados con menores utilidades en las empresas.
La inconsistencia del modelo es tan fuerte que se llega a una situación tan paradójica como la siguiente. Supongamos que, por cualquier razón, Argentina se transformara en un país atractivo para los inversores.
Esto implicaría un ingreso de capitales que, inevitablemente, forzaría a la baja el tipo de cambio, algo que iría en contra del tipo de cambio competitivo que defiende el gobierno. En ese contexto, el BCRA tendría que hacer más esfuerzos de emisión monetaria para comprar los dólares excedentes. Lo curioso, entonces, es que todo ingreso de capitales por confianza en la economía argentina jugaría contra el modelo del gobierno o, si se prefiere, este modelo cierra con fuga de capitales. ¡Todo un descubrimiento de teoría económica! Cuanto menos capitales ingresen y menos confianza genere el país en los inversores mejor estamos para el modelo en vigencia.
Pero hay otro dato a tener en consideración. Lo relevante para una política de tipo de cambio competitivo, es el tipo de cambio real. Dicho en otras palabras, el dólar tiene que subir más que los precios internos.
En el gráfico adjunto muestro la evolución del dólar frente a los precios mayoristas desde diciembre de 2001, cuando todavía precariamente se mantenía la convertibilidad, hasta febrero de este año. Como puede verse, a partir de septiembre del año pasado las curvas se cruzan, es decir, los precios mayoristas aumentaron más que el tipo de cambio nominal. A febrero de este año los precios mayoristas aumentaron un 4,5% más que el tipo de cambio nominal, lo que significa que, si tomamos los precios mayoristas, la devaluación del 2002 se evaporó. Así, con un tipo de cambio casi fijo en torno a los 3 pesos desde hace cinco años y los precios internos subiendo por la expansión monetaria que hace el BCRA, el tipo de cambio competitivo está dejando de serlo. En este contexto, el gobierno estaría obligado a seguir emitiendo para aumentar el precio del dólar y entraríamos en una carrera de precios, salarios y tipo de cambio que los argentinos sabemos muy bien cómo termina.
Claro, el tema del tipo de cambio competitivo también tiene que ver con los ingresos fiscales. Los impuestos a las exportaciones representan el 17% del total de los ingresos tributarios. Sin él, el superávit fiscal desaparecería. El dato relevante es que este impuesto lo maneja la Nación y no tiene que compartirlo con las provincias. En nuestra jerga es no coparticipable. De aquí surge la famosa caja con la cual el gobierno disciplina a gobernadores e intendentes.
El modelo económico está subordinado a las necesidades de construcción política del kirchnerismo.
La apuesta del gobierno no pasa por establecer una política de largo plazo que genere inversiones competitivas que haga sostenible el crecimiento, sino que se limita a políticas de muy corto plazo.
En síntesis, para que la política económica cambie y evitar la crisis, Kirchner debería dejar de ser Kirchner.