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Las semejanzas de las crisis

CARLOS STENERI | DESDE WASHINGTON DC

Las semanas pasadas atestiguaron hechos en Estados Unidos que parecían sacados de la historia reciente de las crisis financieras en los mercados emergentes. Derrumbe de los balances bancarios por caída del valor de los activos, astringencia del crédito entre bancos, inyecciones de liquidez por parte de la FED para recapitalizar instituciones en dificultades usando mecanismos heterodoxos, desplome de la cotización de la moneda -en este caso el dólar- han sido los ingredientes clásicos en casi todos los casos.

Lo que hasta el momento parecía patrimonio exclusivo de sistemas financieros endebles, escasamente regulados y sujetos a los embates de los impactos externos negativos amplificados por el contagio, hoy se hace presente con efectos y desafíos similares en el mundo financiero desarrollado.

Observando lo que se viene haciendo y lo que resta resolver, puede visualizarse que hay un paralelismo estrecho entre ambas situaciones y por ende en las características de las políticas necesarias. Algunas economías emergentes, y en particular nuestro país recientemente, recorrieron ese camino aprendiendo sobre la marcha lecciones valiosas en el manejo de crisis bancarias que vale la pena replantear.

La primera lección es que a las crisis financieras, una vez desatadas, no se las puede correr de atrás buscando dominarlas con rescates parciales o medidas incrementales siguiendo la ruta de los acontecimientos. Esta manera de actuar consume tiempo y por tanto aumenta los costos de una salida.

Eso conduce a que autoridades deban actuar en los extremos del marco legal habilitante, estirando su accionar con medidas noveles, y a veces cruzar ciertas líneas que por principios entendían sacrosantas. Aquí el objetivo es diseñar políticas con los menores daños colaterales, y con la capacidad de respuesta más rápida.

A la presteza del accionar y la calidad de las políticas se les debe acompañar de un marco operativo con objetivos claros de qué es lo que se quiere preservar y hacia dónde se va. En el caso de una economía pequeña, el propósito final es la preservación de su cadena de pagos, incluso la canalizada a través de instituciones insolventes. En una economía madura como Estados Unidos, el objetivo primordial es evitar el desplome del precio de los activos inmobiliarios por un proceso de liquidación indiscriminada, pues son las garantías que apalancan otras cadenas de créditos a las cuales están atados los consumidores y otras instituciones financieras. Una implosión generalizada de sus valores tiene necesariamente efectos contractivos de dimensiones incalculables sobre el sector real.

QUÉ VIENE PASANDO. De manera acelerada, mucho de esto ha dicho presente en los días pasados. La FED ha entrado en una fase netamente proactiva que trasciende sus papeles habituales de controlar la inflación y velar por el crecimiento económico. Ahora se ha vestido de agente cuyo cometido es el rescate de instituciones financieras en problemas. Y en ese nuevo cometido, como generalmente sucede, se encuentra que el rey está desnudo. El marco institucional vigente luce escaso o imperfecto para cumplir el objetivo. Los mecanismos de resolución de crisis bancarias o no existen, o cuando están presentes son superados por la dimensión de los hechos.

Es entonces cuando la imaginación se hace presente, generando el estado mental necesario que posibilita instrumentar políticas que a veces traspasan mojones que hasta hace poco parecían infranqueables.

En esto vale rescatar dos episodios. El primero se conecta con la saga de acontecimientos que llevaron a la absorción de Bear Stearns por parte de JP Morgan, ayudado por la FED con una línea de crédito de 30.000 millones de dólares, lo que confirma que la estabilidad del sistema financiero se ha convertido en una prioridad ineludible. Se usó a un banco (JPM) para canalizar dinero público y "rescatar" de la quiebra a una institución financiera que no calificaba para este tipo de ayuda. Obviamente, que hubo un costo ejemplar para los accionistas del rescatado, pues el valor de compra fue poco más que el 10 por ciento de su valor de precrisis. De todas maneras, marca una flexibilidad impensada meses atrás.

El segundo, hace referencia a que consideramos que la FED ha comenzado el camino de exponer su balance al riesgo del mercado hipotecario, para lo cual irá a la compra directa de esos títulos. Los pasos previos de otorgar líneas de crédito para redescontar papeles con respaldo hipotecario no han servido para dar una noción de cierto piso en la valoración de los inmuebles, nivel que obviamente debe ser menor al de su valor de mercado pero superior al de liquidación. Esa operativa es imprescindible para facilitar la transacción de esos instrumentos, generando liquidez en las hojas de balances sobrecargadas de esos activos.

Ese paso también resuelve el problema de respetar la inviolabilidad de los contratos de muchas operaciones hipotecarias que debieran ir a la liquidación forzosa, acentuando el problema y que por esta vía son rescatadas. Pero implica aceptar el riesgo moral de rescatar al insolvente con dinero público, y agregar en el mediano plazo presiones inflacionarias. En un mundo de alternativas, sin duda es la que presenta la mejor relación costo-beneficio.

Es interesante mencionar, la solicitud explícita del Banco de Japón para que la FED actúe rápidamente en este sentido, citando su experiencia negativa de la década del noventa propulsada por el derrumbe de su mercado inmobiliario.

QUÉ SE PUEDE ESPERAR. Una premisa fundamental que todavía no ha sido explicitada, es el anuncio de la conducción política de los países desarrollados, de que se actuará de ser necesario de forma preventiva. Es la única manera de atemperar los instintos del mercado cargados de incertidumbre que se expresan en altos niveles de volatilidad.

Todo hace suponer que el rescate de Bear Stearns es la primera manifestación de un accionar concertado para rescatar instituciones con capacidad de generar riesgo sistémico, bajo el acápite de un programa operando bajo ciertas reglas. El desafío es obtener los mayores efectos usando la menor cantidad de dinero público y castigando lo más posible a quienes tuvieron prácticas financieras displicentes.

Esto hace prever una reestructuración del sistema financiero a través de fusiones, la concentración de actividades a nivel de institución y mayor transparencia operativa.

Un tema importante pendiente a resolver, es qué sucedería si el problema del riesgo sistémico tiene el potencial de trascender fronteras. Por ahí andan comentarios de conversaciones sobre acciones concertadas de los principales bancos centrales. Nuevamente en el mundo globalizado financiero de hoy queda expuesta la carencia de actuar multilateralmente en forma concertada para resolver esos aspectos críticos. Como ha acontecido hasta ahora, reuniones informales de los bancos centrales del G7 actuarán de paliativo. Pero no es suficiente. Hace falta el mensaje explícito.

La crisis financiera ha derramado efectos negativos sobre el sector real, lo cual obliga a la política monetaria y fiscal a actuar en consecuencia. Sería un error que los sucesos presentes escondieran los efectos sobre el sector real. Si estamos en lo cierto, la política monetaria y fiscal deberán indicar exactamente hacia dónde se va. En este campo no es suficiente solo manipular la tasa de interés. El paquete de fortalecimiento del sector financiero debe estar acompañado de señales claras sobre el sector real. Es la única forma de restarle volatilidad a un mercado accionario que amplifica la inestabilidad proveniente del sector financiero.

El dólar en caída libre va en detrimento de todas las partes. Irradia inflación quitándole potencia a la política monetaria, genera presión al alza en las tasas de interés de largo plazo de Estados Unidos, y aplica presión excesiva al ajuste necesario de las cuentas corrientes de países importantes, en particular los de la Unión Europea.

Nuevamente es necesaria una acción concertada de los bancos centrales para señalarle a los mercados que la caída del dólar no es una apuesta en un solo sentido.

Por último, las regulaciones de Basilea II que obligan a valorar los activos en los balances a precios de mercados deben ser repensadas. En momentos de crisis, la vigencia de la transparencia total obligando a valuar activos prácticamente a tiempo real se convierte en la profecía auto cumplida, pues modifica instantáneamente los requerimientos de capital necesarios en momentos de astringencia financiera.

CONCLUSIÓN. Es difícil aventurar cuánto tiempo demandará aventar los efectos de esta crisis. También es aun difícil predecir su profundidad y su capacidad de difusión. Pero sí entendemos que marcó un jalón en la historia contemporánea del mundo: las crisis y en particular las financieras son patrimonio de todos, tienen rasgos comunes y presentan desafíos similares.

Una vez más ha quedado patente que la capacidad de prevenirlas es escasa, y que también es pobre el herramental para resolverlas. Quizás nos tengamos que convencer que ambos son objetivos inalcanzables. Por tanto el único antídoto, aunque imperfecto, es pensar que hay una probabilidad cierta no menor que de tanto en tanto ocurran y estar preparados. Esa es quizás la lección más relevante para nuestras economías.



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